Una de las expresiones, al menos en Argentina, para referirse al sexo oral que se le brinda a la mujer.

A REZAR A LA IGLESIA
Recuerdo desde chica, que la iglesia se consideraba un lugar sagrado, y el cuerpo humano debía ser un templo de santidad. En la capilla no decíamos malas palabras, y de ningún modo le faltábamos el respeto al prójimo. Ser egoísta, era pecado y no virtud. El coito extramatrimonial, y más aún si objetivo no era la concepción de nuevos hijos de Dios, era verdaderamente indecoroso y penado. Inclusive una lectura, decía metafóricamente hablando del semen que estas semillas no deberían tirarse ni desaprovecharse. Las semillas deben sembrarse en suelo fértil, para obtener su cosecha, y nunca ser malgastadas arrojándolas al costado del camino.
Años de lecciones de represión, en pos de esconder el deseo sexual bajo un tapete.
En mi adolescencia, me sentí las más hereje al excitarme sobremanera cuando vi en una película a un monaguillo dándole la hostia en la boca a una joven, la cámara subjetiva mostraba a ese santo muchacho, delirar de deseo ante la lengua ensalivada que asomaba de la boca entreabierta de la comulgante.
¿Cómo excusarse y negar la excitación que culposa invadió mi cuerpo cuando al leer el pasaje de "en el nombre de la rosa" un monje forzaba a tener sexo a una mujer a cambio de un pedazo de carne cruda?
Y ahí estaba yo, vistiéndome para mi cita con ese flaco que tanto me gustaba. Con 20 años, o casi, y muy lejos de ser la niña virgen que esperaba el santo sacramento del matrimonio, para conocerle la cara del Señor.
Las hormonas, el verano y la juventud en la carne, me llevaron a escoger un vestidito solero, de tiras finas, espalda descubierta y faldita muy corta. Recuerdo aún la frescura de la tela, color azul marino con unas flores grandes color verde agua. Bajé a la calle, y me tomé un taxi desde Caballito a Flores, a la plaza para dirigirme a nuestro punto de encuentro, la iglesia.
En esos años, plaza Flores, no era el antro de antaño, lleno de putas, chorros y faloperos pero tampoco era el sitio iluminado y custodiado que es hoy día. Era de tarde, llegué temprano, y al sentarme en las escaleras de mármol, sentí el calor de la piedra casi quemando en mis muslos, porque por causa del largo de mi pollerita el contacto fue directo. Me daba gracias imaginar que iba a estar "caliente" mucho antes de encontrarme con mi cita.
Me resultaba bastante difícil estar sentada en las escalinatas sin que se viera mi ropa interior, y no pretendía de ningún modo dar un espectáculo público tan indebido. Entonces me puse de pie, y me apoye contra un costadito sobre la baranda. A pesar de mis intentos de recato, el cielo rojo del atardecer anticipaba el pecado, y Lucifer soplo una brisa fuerte, que luchaba por levantar mi ropa y dejarme desnuda y pudorosa con mi hojita cual Eva en el Paraíso.
En breve llego el flaco, sonriendo desde lejos, también veraniego, con sandalias franciscanas, unos bermudas amplios y remera chomba. Morocho de pelo corto y barba candado, no se asusten, "gracias a Dios, en nada se parecía a Jesucristo", era tan solo un lindo chabón, que por cierto me calentaba bastante.
Su nombre verdadero ya no importa, pero recuerdo que en nuestra cita anterior, se presentó como Martín, ¡Martín Fierro! haciendo alusión a lo duro que se había puesto después de nuestra caliente transada en el paso a nivel de las vías.
A los 20, coger no era una cosa tan fácil y accesible. Si no tenías plata para el telo, te quedabas caliente y punto. Los flacos con la leche hasta los ojos, aguantando hasta llegar a sus casas para descargarse unas pajas y las chicas con las chuchis enmieladas, preguntándose cómo se dejaron llevar así y suponiendo que la próxima vez resistirían más que esa.
Pero aquel no era mi caso, después de pasear, besarnos, tomar algo y volver a transar, en el pasajito del costado de la iglesia cuando cayó la noche, yo quería más. Tenía toda la convicción y el atuendo necesario para lograrlo.
Pasó poco tiempo, entre los primeros besos de lengua con las caricias suaves y sugerentes y la apoyada fogosa contra el paredón lateral. Justo a la altura de mi cola la pared tenía una protuberancia, que me servía de apoyo para descargar mi peso. Además de la pared, se amoldaron a mis curvas las manos de "Martín". Su boca mordisqueaba mi cuello. Su mano acariciaba mis tetas, luego las apretaba mas fuerte y con el dedo abría paso entre el vestido y mi piel para escarbar con su lengua hasta llegar a mi pezón. Su cuerpo estaba volcado contra el mío, apretándose fuerte, los botones de su bragueta presionaban entre su bulto y mi pubis a riesgo de dejar marcas. Yo estaba entregada y encendida, mis piernas entre abiertas le daban espacio a las suyas para que se dispusieran entre medio. Cero quietud. Cero calma. Los movimientos de vaivén se hacían cada vez más evidentes. Daba igual que estuviéramos con ropa, o no, nos estábamos cogiendo.
Él se retiró un poco, para tener lugar de desabrochar sus botones. Dejó su cinto atado, para que sus lienzos no cayeran en medio de la acción. Antes de sacar nada, bajó su brazo a mi entrepierna y corrió los elásticos de mi bombacha, dejándola arrollada en un lateral. Deslizó sus yemas por mis labios vaginales, apretujó mi clítoris buscando la entrada de mi santuario y se metió ahí dentro unos instantes hasta lograr que me humedeciera. Luego, con una maniobra un tanto precipitada, sacó la cabeza de su pija al mundo exterior. Rápidamente se aproximó a mi cuerpo, para que no se viera su desnudez latiente y escondió su pija bajo mi falda. Estábamos así de cerquita, y de pronto nos quedamos quietos, alguien estaba acercándose por la callecita. Nos besamos con los cuerpos apretados e inmóviles para disimular, mientras un extraño se aproximaba a nosotros. Simultáneamente, su pija se acercaba cada vez mas a mi pesebre, sola, guiada por la sabiduría del instinto y de la excitación mutua, recorriendo el camino que se lubricaba más con cada paso del extraño. Cuando el desconocido se alejó, su cuerpo se metió en el mío. Ahh! suave pero caliente. Duro él, sedosa yo. Mojados los dos. Se movió despacito, y las ganas seguían creciendo más y más. Queríamos reventarnos ahí, con desaforo, pero no se podía. No era la culpa, ni los ojos de Dios el limitante, simplemente estábamos en medio de la calle.
No se de dónde sacó fuerzas para alejarse, sacó su pija empapada de sudores vaginales y la guardó. Yo estaba desolada, quería más, y le rogué que no fuera a dejarme así.
Tenía al demonio en el cuerpo, nada me importaba, si el podía detenerse, esa no era una opción para mí. Mis ojos inyectados de sangre latían casi tanto como mi concha, que convertida en una ostra hambrienta lo llamaba con sus aromas calientes.
El llamado no se hizo esperar, y él tuvo que responderlo arrodillándose ante mí, entre mis piernas. Su cabeza se escondió bajo mi pollera y su boca se enterró entre mis labios mayores. Su lengua, se hundió en mi argolla. Estaba devorándome. Estaba llevándome de viaje al summun del placer. Sentía que las piernas me abandonaban, por suerte podía recargarme en la saliente del muro. Apretaba mi cola y me apoyaba con las manos. Sentía que mi humedad se incrementaba con cada lamida, y cuando su lengua se agitó dentro de mi carne, mi conchita empezó a apretarse, y cada contracción de mi cuerpo era acompañada por sus manos que tironeaban de mis glúteos para penetrarme más profundo. Fue inevitable, la fuerza del orgasmo se apoderó de mí. Y sacudí mis caderas, para no desperdiciar nada de aquello que me estaban ofreciendo. Y me mordí la boca, para no gritar, y tironeé de sus pelos, para que no me fuera a soltar. Los gemidos se escaparon acompañando el placer. ¡Mmm...! ¡Ahh! Recién después de que mi concha dejó de apretar, solté su cabeza y me eché hacia atrás.
Él subió y con su barba candado humeando mi sabor, me besó. Acomodé mi tanguita y simplemente, nos fuimos caminando. ¿Inocentes o culpables? Los sabremos en el juicio final.
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