
"EN CONCIERTO"
Cuento SIn Final Nº 13
Concurso propuesto por el programa de radio "El orden y el caos" de Rock and Pop Mendoza 104.5FM:
La consigna: Escribí el final de este cuento y mandalo al mail al programa hasta las 15hs del jueves 10. El próximo viernes 11 diremos el final ganador.
El principio del cuento:
El lugar estaba repleto, la banda llevaba media hora de retraso, la emoción era cada vez más grande, por fin se subiría al escenario el grupo favorito de todos. Ya comenzaba a respirarse la sensación de una noche agitada, banderas, remeras con el mismo logo, y por fin, la luz se apagó. Todos gritamos, todos enloquecimos, pero, algo andaba mal…
Viernes 11 de junio de 2010
Final Ganador: NACAR
Concurso propuesto por el programa de radio "El orden y el caos" de Rock and Pop Mendoza 104.5FM:
La consigna: Escribí el final de este cuento y mandalo al mail al programa hasta las 15hs del jueves 10. El próximo viernes 11 diremos el final ganador.
El principio del cuento:
El lugar estaba repleto, la banda llevaba media hora de retraso, la emoción era cada vez más grande, por fin se subiría al escenario el grupo favorito de todos. Ya comenzaba a respirarse la sensación de una noche agitada, banderas, remeras con el mismo logo, y por fin, la luz se apagó. Todos gritamos, todos enloquecimos, pero, algo andaba mal…
Viernes 11 de junio de 2010
Final Ganador: NACAR
Título: EN CONCIERTO
El cuento:
El lugar estaba repleto, la banda llevaba media hora de retraso, la emoción era cada vez más grande, por fin se subiría al escenario el grupo favorito de todos. Ya comenzaba a respirarse la sensación de una noche agitada, banderas, remeras con el mismo logo, y por fin, la luz se apagó. Todos gritamos, todos enloquecimos, pero, algo andaba mal…
Al darme vuelta para ver a mis amigas y amigos ya no estaban, nos había separado la multitud. Yo quería llegar lo más cerca posible del escenario, pero las chicas (que a diferencia de mí, no son altas) preferían mantenerse a distancia para tener mejor visual.
Creí que me iba a quedar sola, no era tan malo, pero me preocupaba un poco comerme un manotazo inesperado en el culo, si los tipos del público me veían sola en medio del campo.
Justo antes de avanzar, me alcanzó uno de los chicos (que era primo o hermano de una de las chicas, no lo sabía). Era muy alto también y muy interesado como yo en llegar hasta el borde del escenario.
En ese instante arranca el recital, y sin poder hablarnos, nos tomamos de la mano y nos mandamos para adentro. Él iba delante, pero como era grandote, la gente se mal-ondeaba para dejarlo pasar. Tiré de su mano para que me mirara y le indiqué que me dejara adelante. Así conmigo a la cabecera nos abrimos paso. El contacto con su mano cálida y robusta me confortaba. Mientras avanzábamos hubo algún momento en que con sus nudillos rozó mis muslos, y otro donde yo apoyé sobre mi espalda nuestras manos entrelazadas.
Llegamos a 5 metros de las vayas. Faltaba el aire y el calor era descomunal. La euforia de la gente a nuestro alrededor era contagiosa.
Él se paró detrás de mí. Tuvimos que soltarnos las manos, porque no teníamos excusas para seguir agarrados. Pero cada vez que la gente empezaba a saltar, era una nueva razón para tocarnos. Uno al lado del otro, agarrados de la cintura. Yo me escurría detrás de él, y apoyando las manos en sus hombros para saltar más alto, deslizaba mi pecho discretamente contra su espalda, indultada mi culpa por el pogo. El calor era brutal, como ya dije, pero mis pezones no daban cuenta de ello y estaban tan erectos que se marcaban a través de la ropa ya sudada y vaporosa.
Al volver la calma, el volvía a ofrecerme lugar delante suyo y yo aceptaba.
En los temas lentos, el oleaje de los cuerpos en masa nos envolvía, y yo creía poder sentirlo duro en sus pantalones apretándose contra mis glúteos.
Me daba gracia pensar “¡Boba! ¡Es su billetera, es su celular!, mirá si te va a estar apoyando”
Pero las dudas se me fueron yendo cuando en el siguiente pogo, él en lugar de soltarme para dejarme atrás me apretó fuerte contra su cuerpo, su mano derecha se apoyó en mi abdomen cerquita de mi ombligo y su otra mano la puso sobre mi hombro izquierdo enganchándose por debajo de mi axila. Atrapada contra él, al bajar de cada salto me fregaba contra su torso, sus muslos y sus genitales. Era difícil mantener el equilibrio, y eso fue una vez más excusa. Cuando me tambaleé al caer sobre su pie, tiré una mano para atrás para agarrarme de su cintura. Como no tenía cinto me colgué del borde de sus pantalones y pude sentir como sus glúteos se tensaron cuando él se apretó contra mí. El deseo mutuo estaba declarado aún en nuestro silencio de palabras y a la vez camuflado de la multitud.
Al rato volvió la calma, durante 2 o 3 temas tranquis, nos quedamos abrazados. No me soltaba. Sus manos comenzaron a deslizarse debajo de mi remera, yo levanté mis brazos para darle vía libre copiando a la multitud que prendía sus encendedores y los bailaba al viento.

Al bajar mis brazos, aflojé mi cinturón y cuando él vio la maniobra, no dudó en deslizarse dentro de mi ropa. La humedad y la transpiración, el vapor y los olores, emanaban mezclándose con los vahos de la multitud enardecida. Pero la jugosa miel de mi entrepierna rendía cuenta de mi excitación. La excitación que él me producía. Ni su nombre sabía, “¿Era el primo de Mari o de Lore?”
Esta duda no impidió que me entregara al placer que me produjeron sus caricias y mientras pensaba que en la incomodidad de la postura jamás lograría llegar al orgasmo, instantes más tarde tuve que aceptar que me equivoqué. La sumatoria de sensaciones, el contacto prohibido, el riesgo de ser vista, la conjunción de nuestros cuerpos y de los otros miles que nos acompañaban sin saberlo, hicieron que mí cabeza explotara y que mis genitales se contrajeran con tal fuerza que me arrancó un gemido. (Por suerte la gente estaba gritando y no me oyó). Podía imaginarnos a los dos solos en el estadio, yo aferrada a las vayas y el aferrado a mis caderas, la banda tocando y él penetrándome desde atrás, dándome al ritmo de la música. Las banderas flameando al viento, los reflectores cegándonos, quemando con su luz cada curva y lugar escondido. Pero esta fantasía era irreal, yo en verdad estaba allí en medio del gentío mientras él me masturbaba.
Este concierto estaba llegando a su final como yo, un verdadero espectáculo, con un cierre inesperado y a la vez perfecto, pero incompleto aún.
El calor era supremo, nubes de humo humano subían al cielo en columnas blancas, y la gente pedía agua a gritos mientras seguía cantando. Los de seguridad, cansados de revolear botellitas sacaron 2 mangueras y empezaron a regarnos a diestra y siniestra.
Todo estaba a tope, y él se me fregaba con tanta calentura y alevosía que cuando lo sentir cambiar de ritmo supe que también iba a acabar. Sentí cuando con su mano abrió su bragueta para liberar su miembro y apoyarlo sobre mi parte desnuda de la espalda, ahí entre la cintura y la cola. Casi mágicamente, como suele ser en los grandes recitales para el recuerdo, llegó a mi cuerpo al unísono, el agua fría de las mangueras y su cálida lluvia de leche contra mi espalda. Ahhh!

Con la misma precisión, explotaron los fuegos artificiales que cerraban el concierto y la abrumadora experiencia de sentidos exacerbados a fondo, llegaron a su fin.
Próxima función: entradas agotadas
Al darme vuelta para ver a mis amigas y amigos ya no estaban, nos había separado la multitud. Yo quería llegar lo más cerca posible del escenario, pero las chicas (que a diferencia de mí, no son altas) preferían mantenerse a distancia para tener mejor visual.
Creí que me iba a quedar sola, no era tan malo, pero me preocupaba un poco comerme un manotazo inesperado en el culo, si los tipos del público me veían sola en medio del campo.
Justo antes de avanzar, me alcanzó uno de los chicos (que era primo o hermano de una de las chicas, no lo sabía). Era muy alto también y muy interesado como yo en llegar hasta el borde del escenario.
En ese instante arranca el recital, y sin poder hablarnos, nos tomamos de la mano y nos mandamos para adentro. Él iba delante, pero como era grandote, la gente se mal-ondeaba para dejarlo pasar. Tiré de su mano para que me mirara y le indiqué que me dejara adelante. Así conmigo a la cabecera nos abrimos paso. El contacto con su mano cálida y robusta me confortaba. Mientras avanzábamos hubo algún momento en que con sus nudillos rozó mis muslos, y otro donde yo apoyé sobre mi espalda nuestras manos entrelazadas.
Llegamos a 5 metros de las vayas. Faltaba el aire y el calor era descomunal. La euforia de la gente a nuestro alrededor era contagiosa.
Él se paró detrás de mí. Tuvimos que soltarnos las manos, porque no teníamos excusas para seguir agarrados. Pero cada vez que la gente empezaba a saltar, era una nueva razón para tocarnos. Uno al lado del otro, agarrados de la cintura. Yo me escurría detrás de él, y apoyando las manos en sus hombros para saltar más alto, deslizaba mi pecho discretamente contra su espalda, indultada mi culpa por el pogo. El calor era brutal, como ya dije, pero mis pezones no daban cuenta de ello y estaban tan erectos que se marcaban a través de la ropa ya sudada y vaporosa.
Al volver la calma, el volvía a ofrecerme lugar delante suyo y yo aceptaba.
En los temas lentos, el oleaje de los cuerpos en masa nos envolvía, y yo creía poder sentirlo duro en sus pantalones apretándose contra mis glúteos.
Me daba gracia pensar “¡Boba! ¡Es su billetera, es su celular!, mirá si te va a estar apoyando”
Pero las dudas se me fueron yendo cuando en el siguiente pogo, él en lugar de soltarme para dejarme atrás me apretó fuerte contra su cuerpo, su mano derecha se apoyó en mi abdomen cerquita de mi ombligo y su otra mano la puso sobre mi hombro izquierdo enganchándose por debajo de mi axila. Atrapada contra él, al bajar de cada salto me fregaba contra su torso, sus muslos y sus genitales. Era difícil mantener el equilibrio, y eso fue una vez más excusa. Cuando me tambaleé al caer sobre su pie, tiré una mano para atrás para agarrarme de su cintura. Como no tenía cinto me colgué del borde de sus pantalones y pude sentir como sus glúteos se tensaron cuando él se apretó contra mí. El deseo mutuo estaba declarado aún en nuestro silencio de palabras y a la vez camuflado de la multitud.
Al rato volvió la calma, durante 2 o 3 temas tranquis, nos quedamos abrazados. No me soltaba. Sus manos comenzaron a deslizarse debajo de mi remera, yo levanté mis brazos para darle vía libre copiando a la multitud que prendía sus encendedores y los bailaba al viento.

Al bajar mis brazos, aflojé mi cinturón y cuando él vio la maniobra, no dudó en deslizarse dentro de mi ropa. La humedad y la transpiración, el vapor y los olores, emanaban mezclándose con los vahos de la multitud enardecida. Pero la jugosa miel de mi entrepierna rendía cuenta de mi excitación. La excitación que él me producía. Ni su nombre sabía, “¿Era el primo de Mari o de Lore?”
Esta duda no impidió que me entregara al placer que me produjeron sus caricias y mientras pensaba que en la incomodidad de la postura jamás lograría llegar al orgasmo, instantes más tarde tuve que aceptar que me equivoqué. La sumatoria de sensaciones, el contacto prohibido, el riesgo de ser vista, la conjunción de nuestros cuerpos y de los otros miles que nos acompañaban sin saberlo, hicieron que mí cabeza explotara y que mis genitales se contrajeran con tal fuerza que me arrancó un gemido. (Por suerte la gente estaba gritando y no me oyó). Podía imaginarnos a los dos solos en el estadio, yo aferrada a las vayas y el aferrado a mis caderas, la banda tocando y él penetrándome desde atrás, dándome al ritmo de la música. Las banderas flameando al viento, los reflectores cegándonos, quemando con su luz cada curva y lugar escondido. Pero esta fantasía era irreal, yo en verdad estaba allí en medio del gentío mientras él me masturbaba.
Este concierto estaba llegando a su final como yo, un verdadero espectáculo, con un cierre inesperado y a la vez perfecto, pero incompleto aún.
El calor era supremo, nubes de humo humano subían al cielo en columnas blancas, y la gente pedía agua a gritos mientras seguía cantando. Los de seguridad, cansados de revolear botellitas sacaron 2 mangueras y empezaron a regarnos a diestra y siniestra.
Todo estaba a tope, y él se me fregaba con tanta calentura y alevosía que cuando lo sentir cambiar de ritmo supe que también iba a acabar. Sentí cuando con su mano abrió su bragueta para liberar su miembro y apoyarlo sobre mi parte desnuda de la espalda, ahí entre la cintura y la cola. Casi mágicamente, como suele ser en los grandes recitales para el recuerdo, llegó a mi cuerpo al unísono, el agua fría de las mangueras y su cálida lluvia de leche contra mi espalda. Ahhh!

Con la misma precisión, explotaron los fuegos artificiales que cerraban el concierto y la abrumadora experiencia de sentidos exacerbados a fondo, llegaron a su fin.
Próxima función: entradas agotadas
jooooder,que subidoon!!!
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