
1. Los betacarotenos, son precursores de la Vitamina A, ayudan a la buena visión, previenen algunos cánceres. Están presentes en verduras y frutas de color naranja fuerte como las zanahorias.
2. El fumar es perjudicial para la salud. Ley Nº 23.344
3. Recientemente se ha descrito que la masturbación diaria entre los 20 y 50 años reduce el riesgo de cáncer de próstata.
4. El sexo previene el cáncer de útero y quistes en los ovarios en las mujeres.
Conjugando esta información, quién podría imaginar, que ese, fue uno de los encuentros más calientes.
Solo voy a decir que el comentario final de mi amante fue:
-Hay gente que se masturba imaginando apenas, un cuarto de lo que nosotros hacemos.
Parece que en nuestras vidas ajetreadas, nunca hay tiempo. Es habitual chatear entre semanas, por la mañana durante el laburo y terminar tocándonos por separado, él en su oficina a escondidas de los clientes y yo postergando brevemente mis compromisos. Esta vez, el sábado trajo un chat inesperado, una charla telefónica aún más efervescente y un improvisado encuentro en mi casa.
Yo tenía apenas 3 horas y él supuestamente tenía que atender a los pintores en casa de su hermano.
Pero nos quema tanto el deseo de vernos cuando es posible, que cuando le dije que viniera, decidió colgar a los señores pintores en un largo almuerzo y voló por la autopista hasta mi hogar.
Yo ordené la casa a las corridas, suspendí la preparación de mi almuerzo que constaría de una ensalada y algún churrasquito, y me di una ducha muy rápida. Aproveché el acelere, para tener la excusa de no tener tiempo de vestirme ni secar mi pelo y lo recibí así: cabello mojado, vestido de ceda fría, sandalias y sin ropa interior.
Se estacionó. Al oírlo llegar salí a recibirlo, no dimos un breve besito en la calle. Supe que el instante que tuvo para verme, al cruzar la calle, le permitió descifrar mi aroma de recién bañada y mi desnudez semioculta.
En cuanto atravesamos el portal, casi sin hablar, me dio una apretada fogosa, besándome con bastante desenfreno mientras apretaba mis nalgas y verificaba la ausencia de bombachita. Instantes después, y apenas 3 metros más en el interior de la sala, me desnudé. Pude ver sus ojos paseándose por las curvas de mi abdomen, pechos e ingles, mientras me decía:
-¡Qué linda estas, carajo! ¿Porqué no vengo más seguido?
A continuación levantó mi pierna derecha, haciéndome apoyarla en la silla de la computadora, y se puso a besar mis genitales. Sus ojos incendiados, decían que podía comerme a mordiscos, mientras que su mesurada lengua, acariciaba suave y precavida mis labios vaginales y mi clítoris. Esas miradas, y sus acciones, contraponiéndose hicieron que me moje automáticamente. Sus manos extendidas desde abajo, trepaban hasta mis pechos que pedían ser amasados. De a ratos sus dedos subían aún más hasta meterse en mi boca, que también pedía ser penetrada en su dialecto de gemidos.
Sentía la lubricación caliente de mi excitación y su lengua, y no podía creer que hacía apenas unos instantes yo estaba barriendo la cocina. Tampoco podía creer, que el siguiera con ropa, mas cuando su abdomen, sus dorsales, sus brazos, y todo tu torso, poseen curvas dignas de ver. Para remediar esta situación le pedí que se desvistiera para mí, y mientras el sacaba su remera, yo desabroché su pantalón y sin demoras fui con mi lengua al encuentro de su tieso y duro pene.
Toda la escena era propicia para que nos partiéramos ahí mismo, ya sea en cuatro patas sobre el sillón, sobre la tarima al costado de la compu, o en el suelo mismo, pero era injusto para ambos incinerar en un segundo lo que podía durar al menos 2 horas.
Lo invité a subir al cuarto y como buen caballero me dejó ir por delante, en 2 pasos rápidos llegué al quinto escalón y ahí me desaceleré para dejarlo proseguir con su cunnilingus. Él subió un poco más. Yo apoyé mis manos en los escalones, quedando a gatas y continué mi ascenso. Él se despegó y antes de que pudiera reclamarle la falta de contacto, me metió los dedos en la vagina, como guiándome o empujándome hacia arriba. Al terminar la escalera no me incorporé, sino que seguí gateando hasta la cama, y me trepé hasta la superficie del colchón. El seguía ahí, conectado a mi interior através de sus dedos, y a mi exterior através de su mirada.
Yo me tendí en la cama y rotando sobre mi cuerpo, me puse boca arriba haciendo pasar mi pierna izquierda por encima de su cabeza y su brazo, que no se desprendían de mí.
Cuando contacté con sus ojos, esa mirada enrojecida brillaba como una sirena de alarma indicando que entre sus piernas, había más cosas al rojo vivo. Me incorporé y fui al encuentro de esa latiente carne que se endureció más y más para mí al entrar otra vez en mi boca. Todo se desarrollaba bien y rodaba sobre sus rieles. La calentura en incremento, de forma exponencial, casi explosiva. Pero este hijo de puta, tiene una pizca de sadismo que desata mis demonios y me hace querer mucho, muchísimo más. Cuando yo muy contenta saciaba mis deseos de llenar mi boca con su miembro, él se salió, me tiró otra vez sobre la cama, y te tendió arriba mío, para llenar mi clítoris de chirlos con el tronco de su pija:
-¡¡¡Ahhh!!! ¡Dame duro! Sí, sí.- bastó que se lo pidiera, para que me lo negara.
Claro que su maldad es fingida y pasajera, y aunque me negó su pija unos instantes, su lengua vino en su reemplazo. Fue su lengua también, la que subió por mi pubis, haciendo su debida estación en mis pezones, recorriendo las lomaditas de mis clavículas y los túneles de mis orejas hasta la parada final en mi boca. En el mismo instante que las lenguas se conectaron, los genitales también lo hicieron, lento, en cámara lenta, casi congelados, su fierro de fuego me penetró, y mi vagina ardió un poco más todavía.
Así funcionan nuestros cuerpos: como un iceberg gigante y cristalino al que se le clava un metal al rojo vivo, una grieta se abre y la dureza del hielo se derrite, transformándose en un fluido manantial de agua. Este manantial que es mi orgasmo, brota bañándolo. Y este cambio de estado natural, se traduce en más calor, en más fricción y en más agua de fuego.
En medio de mis gritos de placer él se separó sin dejar de penetrarme, lo máximo posible, aprovechando la vasta longitud de su pene. Se acercó más hacia mi rostro, doblando su miembro hacia atrás, casi al borde de quebrarlo, casi al borde de exprimir sus propios testículos entre su pija y su perineo. Dándome así una mayor fricción en el clítoris y en mi punto G.
-Me la voy a partir, pero te voy a hacer seguir acabando hasta que digas basta- me dijo.
Obediente volví a acabar. Esta vez la distancia entre nuestros pubis y nuestros torsos nos permitió ver como el líquido salía a chorros, brillantes y mágicos chorros que fluyeron hacia arriba bañando el nacimiento de nuestros muslos y luego chorreándose entre mis nalgas, lubricando mi ano.
Mojada, caliente y parcialmente satisfecha, le veo salirse y acostarse a mi lado para tomar un corto descanso. Todavía al palo, se que le queda mucho para darme.
Decidió fumar un cigarrillo. Él sabe que en mi casa no se fuma, de modo que me informó que iba a bajar al patio trasero. Antes de irse, me dejó la siguiente indicación:
-Quiero que te hagas una paja. Quiero que grites más fuerte que antes Quiero tener que apagar mi pucho para venir a cogerte. Quemame la cabeza y encargate vos de que la pija no se me baje, no pienso tocármela.
Mientras se iba, yo me arrodillé en la cama, colocando un toallón entre mis piernas para despacharme sin reparos en su ausencia y comencé a tocarme.
No podía escuchar lo que él hacía, pero sabía que estaba atento a mis gemidos, y el saber que me escuchaba me incentivaba a levantar mi voz. No necesitaría mucho tiempo, mis manos expertas y mi cabeza explotando de ratones estaban por detonar en cualquier momento. Camino al éxtasis, lo escuché subir. Venía refunfuñando insultos y quejas donde reclamaba que la calentura le había ganado al vicio del tabaco por mi culpa.
–Cómo me hacés calentar yegua, ni siquiera me dejaste terminar mi cigarrillo. ¡No te toqués más!
Obligada a parar saqué mis manos, pero aún sin tocarme, sentía el bombeo de mi corazón inyectando de sangre con cada latido mis genitales. No podía pensar en otra cosa que acabar. Acabar ya.
Él se arrodilló frente a mí, apoyo sus partes sobre mi muslo izquierdo y colocó a su vez su pierna derecha entre las mías, sin tocarme. Con sus manos, una en mi espalda y otra en mi pecho, comenzó a deslizarse sobre mi piel. Como escurriendo mi sudor con sus manos, deslizó las gotas de mi transpiración desde mi nuca hasta el nacimiento de la raya de mi cola y desde mi esternón hasta mi Monte de Venus. Las gotitas saladas y algo tibias me provocaron un escalofrío que erectó más mis pezones. Él comenzó a moverse, fregando su pene contra mi muslo, como cogiendo mi pierna.
Arta de obedecer le grité:
-¡Meteme algo ya!
No hubo palabras, solo sentí sus lengua clavarse en el agujero de mi boca, como violándome. Sentí los dedos de su mano derecha, sumergiéndose en mi vagina. Sentí el dedo meñique de su mano izquierda abriéndose paso en mi ano. Estaba llenando todos mis agujeros, pero yo quería más. Y volví a pedir.
En lo que tarda un chasquido de dedos el bajó a la cocina, y entre los vegetales abandonados para hacer mi almuerzo, rescató una zanahoria que subió al cuarto.
Seguimos sin necesidad de más comentarios. Yo me puse en cuatro patas, el metió la cabeza de su pene en mi vagina, y desde arriba dejo correr un hilo de saliva para humectar mi ano. Yo estaba quieta y expectante. Él jugaba con la puntita de la zanahoria, su saliva y mi cola. Mi asterisco se abría paso a paso. La zanahoria entraba un centímetro más. Su pija se metía otro centímetro al compás. Yo lo miré. Él me miró. Él frenó. Yo seguí. La parte ancha de la verdura, hacia tope contra su abdomen, de modo que cuando yo retrocedía contra su cuerpo, esta se clavaba un poquito más. Entonces fue su pubis el que hizo tope contra mi vulva y sus huevos contra mi clítoris. Los dos sincronizados, comenzamos a movernos rítmicamente. Esta ensalada sin duda era mucho más nutritiva y sabrosa de lo que yo había planeado. El ritmo se puso fuerte.
-¿Dónde querés la leche?- me preguntó.
-Bañame – respondí.
Entonces sacó su pija, dejando mi concha abierta y al borde del orgasmo. Y comenzó a masturbarse.
Yo, que seguía en cuatro patas, recliné mi pecho contra el colchón, poniendo la cabeza de lado, para liberar mis brazos. Esto dejo mi cola más arriba y más expuesta que antes. Con la mano izquierda, saque la zanahoria de mi culo, la di vuelta para que la parte más ancha saciara la urgente demanda de mi concha y me la metí de una. Con la mano derecha, comencé a pajearme desde el exterior estimulando mi clítoris. Sabía que mi ano había quedado, dilatado y abierto, y que él deseaba inundarlo con su leche. El sonido de su mojada pija estrangulándose entre sus manos era cada vez más frenético y descontrolado. Yo estaba a punto. Él también. Y no se quien empezó primero, pero si recuerdo como la lluvia de leche estalló contra mi espalda, como si un espejo cayera a la acera desde un quinto piso y su cristal se hiciera añicos en el asfalto, las gotas de su semen se desperdigaron por mi espalda. Y mi orgasmo, casi seco, ya deshidratado, explotó también como un eco del suyo. Contrajo mi vagina en un delicioso y exhausto final.
Con mi rostro en la sábana, dejé que mis piernas se deslizaran hacia atrás para poder descansar boca abajo. Él hizo lo propio, recostándose sobre mí, empastando los sudores de nuestros torsos y su leche. Así nos quedamos un rato.
Tic-Tac.
Tic-Tac.
Acelere.
Pintores.
Compromisos.
Un ducha rápida.
Un pico.
-Dale, te abro.
-Bueno chau.
-OK
-Hablamos.
-No, para, quiero un abrazo.
-Si preciosa.
Y durante un minuto, que duró mas que esas 2 horas, su mano acarició mi pelo, su corazón se arritmó con el mi mío mas pausado. Suspiramos. Conectamos. Y una vez más, no pudimos evitar notar lo intenso y equilibrados que son nuestros encuentros improvisados. Hielo, fuego, agua, tibieza, pasión y ternura.
Yo tenía apenas 3 horas y él supuestamente tenía que atender a los pintores en casa de su hermano.
Pero nos quema tanto el deseo de vernos cuando es posible, que cuando le dije que viniera, decidió colgar a los señores pintores en un largo almuerzo y voló por la autopista hasta mi hogar.
Yo ordené la casa a las corridas, suspendí la preparación de mi almuerzo que constaría de una ensalada y algún churrasquito, y me di una ducha muy rápida. Aproveché el acelere, para tener la excusa de no tener tiempo de vestirme ni secar mi pelo y lo recibí así: cabello mojado, vestido de ceda fría, sandalias y sin ropa interior.
Se estacionó. Al oírlo llegar salí a recibirlo, no dimos un breve besito en la calle. Supe que el instante que tuvo para verme, al cruzar la calle, le permitió descifrar mi aroma de recién bañada y mi desnudez semioculta.
En cuanto atravesamos el portal, casi sin hablar, me dio una apretada fogosa, besándome con bastante desenfreno mientras apretaba mis nalgas y verificaba la ausencia de bombachita. Instantes después, y apenas 3 metros más en el interior de la sala, me desnudé. Pude ver sus ojos paseándose por las curvas de mi abdomen, pechos e ingles, mientras me decía:
-¡Qué linda estas, carajo! ¿Porqué no vengo más seguido?
A continuación levantó mi pierna derecha, haciéndome apoyarla en la silla de la computadora, y se puso a besar mis genitales. Sus ojos incendiados, decían que podía comerme a mordiscos, mientras que su mesurada lengua, acariciaba suave y precavida mis labios vaginales y mi clítoris. Esas miradas, y sus acciones, contraponiéndose hicieron que me moje automáticamente. Sus manos extendidas desde abajo, trepaban hasta mis pechos que pedían ser amasados. De a ratos sus dedos subían aún más hasta meterse en mi boca, que también pedía ser penetrada en su dialecto de gemidos.
Sentía la lubricación caliente de mi excitación y su lengua, y no podía creer que hacía apenas unos instantes yo estaba barriendo la cocina. Tampoco podía creer, que el siguiera con ropa, mas cuando su abdomen, sus dorsales, sus brazos, y todo tu torso, poseen curvas dignas de ver. Para remediar esta situación le pedí que se desvistiera para mí, y mientras el sacaba su remera, yo desabroché su pantalón y sin demoras fui con mi lengua al encuentro de su tieso y duro pene.
Toda la escena era propicia para que nos partiéramos ahí mismo, ya sea en cuatro patas sobre el sillón, sobre la tarima al costado de la compu, o en el suelo mismo, pero era injusto para ambos incinerar en un segundo lo que podía durar al menos 2 horas.
Lo invité a subir al cuarto y como buen caballero me dejó ir por delante, en 2 pasos rápidos llegué al quinto escalón y ahí me desaceleré para dejarlo proseguir con su cunnilingus. Él subió un poco más. Yo apoyé mis manos en los escalones, quedando a gatas y continué mi ascenso. Él se despegó y antes de que pudiera reclamarle la falta de contacto, me metió los dedos en la vagina, como guiándome o empujándome hacia arriba. Al terminar la escalera no me incorporé, sino que seguí gateando hasta la cama, y me trepé hasta la superficie del colchón. El seguía ahí, conectado a mi interior através de sus dedos, y a mi exterior através de su mirada.
Yo me tendí en la cama y rotando sobre mi cuerpo, me puse boca arriba haciendo pasar mi pierna izquierda por encima de su cabeza y su brazo, que no se desprendían de mí.
Cuando contacté con sus ojos, esa mirada enrojecida brillaba como una sirena de alarma indicando que entre sus piernas, había más cosas al rojo vivo. Me incorporé y fui al encuentro de esa latiente carne que se endureció más y más para mí al entrar otra vez en mi boca. Todo se desarrollaba bien y rodaba sobre sus rieles. La calentura en incremento, de forma exponencial, casi explosiva. Pero este hijo de puta, tiene una pizca de sadismo que desata mis demonios y me hace querer mucho, muchísimo más. Cuando yo muy contenta saciaba mis deseos de llenar mi boca con su miembro, él se salió, me tiró otra vez sobre la cama, y te tendió arriba mío, para llenar mi clítoris de chirlos con el tronco de su pija:
-¡¡¡Ahhh!!! ¡Dame duro! Sí, sí.- bastó que se lo pidiera, para que me lo negara.
Claro que su maldad es fingida y pasajera, y aunque me negó su pija unos instantes, su lengua vino en su reemplazo. Fue su lengua también, la que subió por mi pubis, haciendo su debida estación en mis pezones, recorriendo las lomaditas de mis clavículas y los túneles de mis orejas hasta la parada final en mi boca. En el mismo instante que las lenguas se conectaron, los genitales también lo hicieron, lento, en cámara lenta, casi congelados, su fierro de fuego me penetró, y mi vagina ardió un poco más todavía.
Así funcionan nuestros cuerpos: como un iceberg gigante y cristalino al que se le clava un metal al rojo vivo, una grieta se abre y la dureza del hielo se derrite, transformándose en un fluido manantial de agua. Este manantial que es mi orgasmo, brota bañándolo. Y este cambio de estado natural, se traduce en más calor, en más fricción y en más agua de fuego.
En medio de mis gritos de placer él se separó sin dejar de penetrarme, lo máximo posible, aprovechando la vasta longitud de su pene. Se acercó más hacia mi rostro, doblando su miembro hacia atrás, casi al borde de quebrarlo, casi al borde de exprimir sus propios testículos entre su pija y su perineo. Dándome así una mayor fricción en el clítoris y en mi punto G.
-Me la voy a partir, pero te voy a hacer seguir acabando hasta que digas basta- me dijo.
Obediente volví a acabar. Esta vez la distancia entre nuestros pubis y nuestros torsos nos permitió ver como el líquido salía a chorros, brillantes y mágicos chorros que fluyeron hacia arriba bañando el nacimiento de nuestros muslos y luego chorreándose entre mis nalgas, lubricando mi ano.
Mojada, caliente y parcialmente satisfecha, le veo salirse y acostarse a mi lado para tomar un corto descanso. Todavía al palo, se que le queda mucho para darme.
Decidió fumar un cigarrillo. Él sabe que en mi casa no se fuma, de modo que me informó que iba a bajar al patio trasero. Antes de irse, me dejó la siguiente indicación:
-Quiero que te hagas una paja. Quiero que grites más fuerte que antes Quiero tener que apagar mi pucho para venir a cogerte. Quemame la cabeza y encargate vos de que la pija no se me baje, no pienso tocármela.
Mientras se iba, yo me arrodillé en la cama, colocando un toallón entre mis piernas para despacharme sin reparos en su ausencia y comencé a tocarme.
No podía escuchar lo que él hacía, pero sabía que estaba atento a mis gemidos, y el saber que me escuchaba me incentivaba a levantar mi voz. No necesitaría mucho tiempo, mis manos expertas y mi cabeza explotando de ratones estaban por detonar en cualquier momento. Camino al éxtasis, lo escuché subir. Venía refunfuñando insultos y quejas donde reclamaba que la calentura le había ganado al vicio del tabaco por mi culpa.
–Cómo me hacés calentar yegua, ni siquiera me dejaste terminar mi cigarrillo. ¡No te toqués más!
Obligada a parar saqué mis manos, pero aún sin tocarme, sentía el bombeo de mi corazón inyectando de sangre con cada latido mis genitales. No podía pensar en otra cosa que acabar. Acabar ya.
Él se arrodilló frente a mí, apoyo sus partes sobre mi muslo izquierdo y colocó a su vez su pierna derecha entre las mías, sin tocarme. Con sus manos, una en mi espalda y otra en mi pecho, comenzó a deslizarse sobre mi piel. Como escurriendo mi sudor con sus manos, deslizó las gotas de mi transpiración desde mi nuca hasta el nacimiento de la raya de mi cola y desde mi esternón hasta mi Monte de Venus. Las gotitas saladas y algo tibias me provocaron un escalofrío que erectó más mis pezones. Él comenzó a moverse, fregando su pene contra mi muslo, como cogiendo mi pierna.
Arta de obedecer le grité:
-¡Meteme algo ya!
No hubo palabras, solo sentí sus lengua clavarse en el agujero de mi boca, como violándome. Sentí los dedos de su mano derecha, sumergiéndose en mi vagina. Sentí el dedo meñique de su mano izquierda abriéndose paso en mi ano. Estaba llenando todos mis agujeros, pero yo quería más. Y volví a pedir.
En lo que tarda un chasquido de dedos el bajó a la cocina, y entre los vegetales abandonados para hacer mi almuerzo, rescató una zanahoria que subió al cuarto.
Seguimos sin necesidad de más comentarios. Yo me puse en cuatro patas, el metió la cabeza de su pene en mi vagina, y desde arriba dejo correr un hilo de saliva para humectar mi ano. Yo estaba quieta y expectante. Él jugaba con la puntita de la zanahoria, su saliva y mi cola. Mi asterisco se abría paso a paso. La zanahoria entraba un centímetro más. Su pija se metía otro centímetro al compás. Yo lo miré. Él me miró. Él frenó. Yo seguí. La parte ancha de la verdura, hacia tope contra su abdomen, de modo que cuando yo retrocedía contra su cuerpo, esta se clavaba un poquito más. Entonces fue su pubis el que hizo tope contra mi vulva y sus huevos contra mi clítoris. Los dos sincronizados, comenzamos a movernos rítmicamente. Esta ensalada sin duda era mucho más nutritiva y sabrosa de lo que yo había planeado. El ritmo se puso fuerte.
-¿Dónde querés la leche?- me preguntó.
-Bañame – respondí.
Entonces sacó su pija, dejando mi concha abierta y al borde del orgasmo. Y comenzó a masturbarse.
Yo, que seguía en cuatro patas, recliné mi pecho contra el colchón, poniendo la cabeza de lado, para liberar mis brazos. Esto dejo mi cola más arriba y más expuesta que antes. Con la mano izquierda, saque la zanahoria de mi culo, la di vuelta para que la parte más ancha saciara la urgente demanda de mi concha y me la metí de una. Con la mano derecha, comencé a pajearme desde el exterior estimulando mi clítoris. Sabía que mi ano había quedado, dilatado y abierto, y que él deseaba inundarlo con su leche. El sonido de su mojada pija estrangulándose entre sus manos era cada vez más frenético y descontrolado. Yo estaba a punto. Él también. Y no se quien empezó primero, pero si recuerdo como la lluvia de leche estalló contra mi espalda, como si un espejo cayera a la acera desde un quinto piso y su cristal se hiciera añicos en el asfalto, las gotas de su semen se desperdigaron por mi espalda. Y mi orgasmo, casi seco, ya deshidratado, explotó también como un eco del suyo. Contrajo mi vagina en un delicioso y exhausto final.
Con mi rostro en la sábana, dejé que mis piernas se deslizaran hacia atrás para poder descansar boca abajo. Él hizo lo propio, recostándose sobre mí, empastando los sudores de nuestros torsos y su leche. Así nos quedamos un rato.
Tic-Tac.
Tic-Tac.
Acelere.
Pintores.
Compromisos.
Un ducha rápida.
Un pico.
-Dale, te abro.
-Bueno chau.
-OK
-Hablamos.
-No, para, quiero un abrazo.
-Si preciosa.
Y durante un minuto, que duró mas que esas 2 horas, su mano acarició mi pelo, su corazón se arritmó con el mi mío mas pausado. Suspiramos. Conectamos. Y una vez más, no pudimos evitar notar lo intenso y equilibrados que son nuestros encuentros improvisados. Hielo, fuego, agua, tibieza, pasión y ternura.
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