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miércoles, 17 de febrero de 2010

ESPIANDOLO EN LA DUCHA


Estaba de vacaciones con unas amigas en una popular playa de Buenos Aires.

Parábamos en un simpático hotelito, de pocas habitaciones que se conectaban por pasillos, escaleras y algunos recovecos sin mucho sentido arquitectónico.

Una tarde, mientras volvía a la habitación, me detuve en un balcón, cuya vista daba a un pequeño patio con algunas ventanas.

Corría una linda brisa, me prendí un cigarrillo como excusa para permanecer un rato a disfrutarla. Fue allí, en ese instante, que mi vista se posó en una ventana en particular. El vidrio era esmerilado. Podía ver dentro el contorno de una persona, aparentemente desnuda pero no podía distinguir si se trataba de un dormitorio o de un toilette.

Luego de un momento de observación mi duda se disipó. No sólo supe que era un baño, sino que el hombre que estaba allí se estaba duchando, y el vidrio no era esmerilado sino que estaba empañado por el vapor.

Había terminado ya mi cigarrillo, pero sin duda, ahora los motivos para quedarse eran más contundentes que antes.

Enjuagó su cabello, comenzó a enjabonar su pecho, pasando una esponja jabonosa por sus pectorales y abdomen. Su bajo vientre, sus ingles, y naturalmente, sus genitales.


Moría por ver con más detalle, ¡mis sueños se hicieron realidad! Aparentemente el exceso de vapor, lo obligó a abrir esa dichosa ventana. Tras la espesa nube de blanco vapor, apareció nítida su desnudez. Yo me escondí un poco para no ser vista. Quería meterme en su intimidad, pero sin que el lo sepa. Quería hurtar esas imágenes prohibidas. Violar su privacidad. Ser testigo mudo.

Me complacía el espectáculo, de este hombre duchándose, pero como si esto fuera poco, debo adelantar que su ducha, dejó de ser solamente un baño en pos de la higiene, para convertirse en un momento de autosatisfacción.

Yo estaba ahí, estratégicamente ubicada para verlo ¡todo!

El agua y el jabón recorrían su cuerpo, se anticipaban al recorrido de sus manos, que intercaladamente, entre limpieza de brazos, hombros y otras partes tocaban sus genitales, por más tiempo del necesario. Iba y venía. Cada vez había más espuma sobre su sexo. Seguía con sus muslos, sus rodillas, sus nalgas y Ufff retomaba el contacto de su pene.

Lo sostenía con la mano derecha, mientras con la otra acariciaba sus testículos.

Era una fiesta de espuma.


Se tocaba lento, muy lento. La mano de abajo subió por el tronco de su miembro y la otra atrapó su glande. Desde la cima, se deslizaron lentamente hacia abajo. Recostó su espalda sobre la pared. Se relamía mientras el movimiento de sus manos recorría su virilidad.

Yo había agudizado tanto mi mirada que podía apreciar el detalle de la leve curvatura de sus partes nobles. Desconozco si era la subjetividad de mi excitación o la gracia de la naturaleza, pero su pija se veía tan gorda y larga. ¿Sería tal vez, como dije antes, mis sueños convertidos en realidad?

Él continuaba estimulándose, soltándose de a ratos, para recorrer sus muslos y tu torso. ¡Qué delicia! ¡Qué visual! No quería ni pestañar, no quería perderme de nada. Sentí el ardor de una gota salada de sudor que cayo desde mi frente a mi ojo abierto. Me reí pensando que opinaría de mí un tercero si me observara, sin que me de cuenta tan absorta en mi voayerismo. Casador casado. Pero no había nadie más que yo, mis ojos, y ese hombre desnudo y excitado tocándose sin saberlo para mí.


Al volver mi mirada a la escena, noté como la velocidad de sus movimientos se incrementaba más y más. Estaba segura de que ya no habría nuevas pausas. El desenlace se aproximaba. Su mano se agitaba vigorosamente, mientras la otra recorría sus ingles y huevos. Luego apretaba la base del tronco de su pene, la otra, la más activa, se clavaba fuerte, cada vez más fuerte. Se estaba dando a full. La intensidad lo tenía fuera de control, pude visualizarlo en mi mente, cogiéndome así de duro, desde atrás, en esa misma ducha con sus bolas golpeando en mis genitales mientras me penetraba locamente….Ufff!

Se masturbaba con tanta pasión. Se relamía. No podía dejar de mirarlo, moría por ver salir su leche de una vez. Verla saltar. Que enchastrara toooooooodo. Así fue. Un torrente de semen brotó de su cuerpo, su mano apretaba el tronco y tironeaba hacia arriba ayudándola a saltar. Mancho toda la pared lateral, mezclándose con el agua caliente que seguía corriendo. Su cuerpo se escurrió por la pared quedando en cuclillas. Desde ahí abajo, él observaba el producto de su orgasmo y antes de lavarse la mano, se olío. Un escalofrío me recorrió al imaginarme sus aromas…

Después se lavó. Cerró la ducha, lamentablemente también la ventana y vi como envuelto con su toalla se iba del cuarto de baño al dormitorio.

La función terminó. Con final feliz, al menos para el protagonista. ¡Calurosos aplausos!

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