Sus labios, colorida carne con el aroma de la canela, de tinte ocre, guinda y borravino. Como si se tratara de un buen vino: "...Un toque de pimienta negra picante se desliza por el encantador sabor a cereza, sorprendiendo al paladar, mientras que los taninos suaves y el delicioso gusto en la boca le hacen querer más, más y más..."
Saben los gourmet que la carne roja debe acompañarse de un buen tinto. Su cuerpo es sin duda un plato principal que requiere ser consumido con mesura, y digerirlo lentamente con el néctar embriagador su boca, lleno de notas frutales.
Levemente añejado en roble, sus treinta años lo han madurado al punto justo del máximo sabor, siendo todos sus fluidos una bebida de reyes. Mi roble sedoso, mi Grevillea robusta.
Imagino una fiesta romana, de mujeres de pies desnudos pisando uvas que estallan derramando su contenido, desbordando de los barriles, al igual que el día en que su miembro, hundido en mi boca, sintió las lamidas y las succiones de mi lengua. Cargado de jugo, finalmente comenzó a contorsionarse y a latir para volcar su contenido. El espectáculo era tan vistoso que dejé de chuparlo sin dejar de tocarlo para poder verlo. Mis ojos bebieron en reemplazo de mi boca aquel néctar que brillante desbordaba de su fruto maduro. Recorriendo la trayectoria de cada gota de su semen que emanaba dichoso desbordando luego de pequeños e interrumpidos saltos, sobre mi mano, sobre sus muslos, cerquita de mi rostro que lo contemplaba, tan cerquita que podía olerlo, y beberlo también con mi nariz.
El poder liberador de su orgasmo se desparramaba desde su pubis hacia sus otras extremidades. Lento pero implacable, como el vino derramado sobre el mantel blanco, recorría cada hebra del tejido de su epidermis dejando su imborrable marca.
Verlo temblar y sacudiendo su cuerpo y su abdomen en forma involuntaria, es una imagen embriagadora que se completa con la frescura del sonido de sus gemidos. Una mezcla de suspiros y sonrisas, cargadas de sorpresa. Como si ese orgasmo hubiera sido el primero de su vida, o tal vez el último.
Yo soy la copa de fino cristal que quiere contenerlo. Frágil y transparente. Queda sobre mi cuerpo cada marca de sus acciones. El rastro del toque de sus manos y la humedad de su boca. Una gota de semen, un rastro de saliva y el salitre de transpiración evaporada.
Cuando moja mis bordes, deslizando sobre estos la yema de sus dedos puede sacarme sonidos agudos, como cantos de sirenas, capaces de romper otros cristales. Contagiando su vibración a cada membrana que la rodee.
Soy el receptáculo de su valioso zumo.
Tal como el cristal, he nacido de la fusión del Sílice y el oxígeno. Convertida en lava sílca en el fuego de mis pasiones. Reencarnada desde la montaña a la piedra, luego a la arena, hasta la mujer alada de cristal de hoy. Se que en algún milenio próximo, me reencarnaré en un fluido rojo carmín pero no seré vino, sino la sangre que cabalgue en sus venas. Estaré tan dentro de él que seré yo misma quien pigmente sus labios y quien sonroje su rostro cada vez que algo le apasione.
NC

No hay comentarios:
Publicar un comentario