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martes, 21 de julio de 2009

DULCE FRUTA DE VERANO

“SE ABRIO SU BOCA EN UN BESO COMO UN DAMASCO LLENO DE MIEL” decía una zamba popular.


Vio caer la fruta madura del árbol. Se acercó a tomarla antes que la humedad del suelo pudiera estropear ese delicioso durazno. Levantó sus polleras, para no ensuciarlas con la tierra al recorrer el campo, pero ya el rocío había mojado sus pies descalzos. Llego al árbol y se sentó, respaldada por el tronco a disfrutar de la sombra y de su cosecha. El sol despuntaba la calurosa mañana.

Probó aquel aromático duraznito, al morderlo su jugo desbordó en su boca deslizándose una dulce y pegajosa gota, desde la comisura de sus labios pasando por su mentón hasta caer pícaramente en sus pechos. Ella sonrío y con la yema de su dedo índice levanto la gota. Más bien la levanto luego de untarla en su piel y llevo su mano a la boca para degustar la fusión entre la deliciosa fruta y su piel. Ese sabor agridulce entre la fruta y su sudor; sudor suave y matutino que humedecía su frente, la parte de la boca entre el labio superior y su nariz, la suave curva entre sus pechos y sus ingles.

También sudaba el hueco posterior de sus rodillas, porque estaba apoyada en el árbol con los pies en el piso y las rodillas apuntando al cielo las piernas levemente entre abiertas. Bamboleaba sus rodillas de lado a lado como bailando, meneándose, haciendo danzar la falda de su camisón blanco de algodón y moviendo una brisa fresca para sus piernas donde las gotitas de sudor corrían desde el hueco de sus rodillas, trazando 2 caminos: 1 hasta sus pies desnudos que descansaban en el suelo, sintiendo la tierra; y otro camino, recorriendo la parte posterior de sus muslos hasta sus glúteos, que se anclaban a la tierra sobre el contacto de las raíces del añejo duraznero.

Esta conexión con la naturaleza le recordó el manjar que tenia en su boca, jugosa fruta, cargada de sorpresas en su textura y como adora ella, todo aquello que su boca puede probar! Apoyó el durazno en su boca y entreabriéndola rozó sus labios contra la velluda piel de éste, cerró los ojos, inspiró fuerte y el aroma frutal la penetró. Congeló su aliento, lo detuvo adrede para contener en sus pulmones ese placer. Y soltó luego un suspiro hondo y denso, como un perfume que además de dulce, también sabía a profundo, a caliente, a mojado, a su boca, a su pecho, a sus pensamientos.

Acaso él querría sorber su aliento?

Comerla a ella con la misma pasión que ella a su fruta?

Querría él, rozar sus labios por su piel, erizar sus vellos con sus soplidos?

Lamer sus sudores?

Comer su fruta hasta hacerla chorrear sus mieles y que estas desborden su boca?

Lamer los más sabrosos rincones de esta fémina?

Si. El querría.

Querría además susurrarle al oído, mientras sus manos recorren la piel tensa y sudorosa y sus dedos se esgrimen entre sus piernas y su lengua busca su boca, para luego salir a recorrer mordiendo y lamiendo mientras sus dedos se impregnan de los líquenes de la fémina. Hambriento, pero controlado, como si de verdad quisiera comerla, meterla dentro de sí. Poseerla. Tenerla. Unirse en un solo cuerpo caliente y hermoso.

Y a que saben esos dedos impregnados de mujer?

Va a probarlos para anticipar el sabor, el aroma y la temperatura de su cuerpo?

Saben a una dulzura amarga, dice él, luego de lamerlos y sacarlos de su boca para dárselos de probar a ella. Otra deliciosa fusión, no es ahora, la fruta y el sudor, son sus jugos, con los dedos de él, la saliva, la humedad de ella en la boca de él. Quedando su lengua tibia y gustosa, él la besa, uniendo sus lenguas e introduciendo los dedos también en su boquita deseosa.

Es tan rico! Ella siente el latido de su vagina, golpeando como un tambor, un redoblante, los dedos de él le acarician la lengua y los labios, mientras con su masculina boca, baja a probar el elixir.

Sentirlo recorriéndola hace que todo su cuerpo se contraiga y se tense, para luego soltarse en la entrega hacia su boca, a sentir los besos, el juego.

El, como un pintor con pincel de lengua usa el voluptuoso cuerpo de ella como un lienzo para recorrerlo y pintarlo, para investigarlo, para desmenuzarlo y luego rearmarlo y así entenderlo, estudiarlo, consumirlo. Dedicadamente pinta con besos a esta dama entregada y dispuesta, tibia y ardiente, suave y tensa que abre sus faldas para recibir el placer de su boca, no hay más ropa que su camisón blanco, que se abre y arremolina en su cintura.

Ella desliza su cuerpo por el tronco del árbol, descendiendo hasta el suelo, quedando acostada, sus piernas siguen recogidas y abiertas, conteniendo la cabeza de él. Este se gira, para alimentarla a ella, que ya no se conforma con la fruta, ni se consuela solo con su dulce. Ella necesita, el aroma ardiente de ese hombre, la textura rústica de su piel, la dureza de su miembro que tan maduro como el durazno quiere explotar en su boca. Y lo toma. Lo come. Lo succiona. Lo saborea. Lo disfruta.

No amaina el calor la brisa de la mañana sobre sus cuerpos transpirados.

Parece que el sol va a derretirlos uno sobro otro, y sin duda, los está fundiendo, porque los jugos de ambos, comienzan a emanar. Se llenan ambas bocas, de deliciosos fluidos sexuales. Mientras entre sonidos de campo, los gritos, gemidos y suspiros se arremolinan en el cielo de placeres de esta calurosa mañana de verano.

Con los deseos consumados, los orgasmos liberados, las carnes consumidas, solo queda de testigo el carozo del durazno. Dulce fruta de verano.

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