Contame misterioso cuerpo,
¿Qué es lo que despierta tu deseo?
¿Cuáles son los latidos de la tierra que te hacen germinar?
¿Con cuántas caricias deben regarte para invitarte a brotar?
¿Cómo hago para no caer presa de tu mandato hormonal?







Hace instantes era tan solo una semilla, diminuta, muda y silenciosa. Como un pequeño grano de arena. Pera ahora me despierto abrazada por un templado suelo. ¿Son acaso las caricias de un hombre? ¿Es su sonrisa? ¿Son sus miradas cómplices las que me hacen tentar?
Noto que no soy de piedra, sino materia viva, y que en este suelo hay vida llamando a mí alrededor.
Desconozco si fue una gota de agua de la humedad de sus besos la que me despertó. No se si fue la temperatura de su carne, de barro y sudor, la que me avisó que el invierno acababa de terminar. Pero acá estoy, germinando, anclándome a este mundo de pasiones, queriendo nutrirme de lo que generosamente me ofrece.
Saco mis raíces y comienzo a beber, a alimentarme, a contactarme con mi partener.
Me siento tímida pero alentada a seguir.
Creo que voy a atreverme a brotar, a sacar mi primera hoja, a subir poco a poco hasta emerger. Sí, subir abriéndome camino, mientras la tierra que me acompaña, me deja transitar hasta la superficie, expectante de mis movimientos, pasiva observadora que me permite ser.
Siento el calor, que crece a cada instante. El sol ardiente está ahí nomás, a centímetros. Sólo debo despojarme de la prisión de pensamientos negativos que me frenan y seguir.
Y estoy acá asomándome a la luz. El suelo va quedando debajo, a mis pies, alejándose de mí al igual que un vestido se desliza por la piel hasta caer al borde de la cama.
Estoy desnuda en este nuevo mar de nitrógeno, oxígeno y dióxido de carbono, envuelta de aire.
Soy un brote al ras del suelo. Tejido virgen, turgente y expectante como un pezón que se contrae con el frío, que se deslumbra con cada brisa y que se estremece con el rocío matinal de su saliva.
Desde aquí hasta ser flor, el camino será vertiginoso y acelerado.
Ya siento mis hojas abrirse, como velas de un barco, mis brazos se despliegan al viento. Mi cuello se elonga, exaltándose las curvas de mis clavículas. Mis pómulos se sonrojan con el sol.
El pimpollo del deseo ya está creciendo, escondido en mi Monte de Venus comienza a hincharse, a demandar la sangre de mis venas que como savia acuden a él. Botón floral que es altamente sensible. Es frágil y al mismo tiempo tan vigoroso, que una vez que comienza a crecer nada lo para. Es como el césped que se cuela en las grietas del asfalto, poderoso e implacable es capaz de romper hasta el concreto.
Así, mi vulva, mi clítoris, y mi vagina están determinados a florecer.
Todo indica que es el momento apropiado, con la temperatura en aumento y la humedad necesaria. Todo el entorno parece necesitar mi floración. Los pájaros trinan, es su voz masculina, pidiendo escuchar el sonido del capullo al rajarse para abrir sus pétalos. Las nubes más altas y difusas están quietas en lo alto del firmamento, son sus ojos, que me observan. Las nubes más bajas se agitan, se arremolinan, es su mano estimulando su miembro, generando turbulencias y vibraciones. Erecta y bailando al viento, su espiga de trigo, dorada y explosiva, es su pene, a punto de desgranarse.
Anonadada en el paisaje, comienzo a abrirme, en realidad a contraerme. Las sensaciones de exacerban mientras mi vagina se ciñe. Rabioso y elegante el primer pétalo asoma. Brillante y fulguroso el segundo lo sigue, y de su mano los dos pétalos faltantes se despliegan carmesíes y encendidos para completar el clímax de esta flor.
Cuando creo que no puedo ir más allá de la belleza de este instante de floración orgásmica. Una brisa me sorprende, se convierte en viento y me desarma. Me despoja de colores, arrancando mis rojos pétalos, dejándome más desnuda que antes. A la vez mi planeta partener, me salpica con su lluvia tormentosa de semen. Así me roba los últimos latidos, se lleva mi aliento, mi squirt (mi eyaculación femenina) y mis gemidos.
Me quedo otra vez, tan sólo verde, liviana y fresca. El ciclo está cumplido. Ahora soy fruto. Ya puedo morir y hacerme semilla una vez más, para volver a comenzar.

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