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domingo, 19 de febrero de 2012

EL TALLER DEL RESTAURADOR


La creación de Adan


Fui a buscar lo que se me había ofrecido, en un silencioso contacto de las pieles.

Llegué al taller, semanas mas tarde de haber sido invitada por uno de los mentores y artesanos de este espacio.

Una cena de amigos comunes nos había encontrado. Una charla de cómo la herramienta es la continuación de la mano del artista, del herrero, del jardinero o del restaurador de arte, comenzó a conectarnos. Una idea compartida de que la mano es la que pone en acción al pensamiento, desencadenó en una invitación mía a que él observara en  mi espalda, un tatuaje de flores que he elegido como marca. Su forma de mirar con las manos, fue el contacto que me dejó con ganas de conectar más. Como consecuencia de esta sucesión de hechos causales, decidí ir a encontrármelo.   

“Ya es tiempo de ir por esas caricias” pensé. Más tarde supe que él me estaba esperando, que me había visto lo guarro, que se quedó con el cuchillo entre los dientes en aquella cena. Y que los mensajes que yo creí sutiles, habían sido premeditados.

Fue un típico sábado porteño, cálido y denso por la humedad del ambiente. Sabía que el lugar cerraba a las 19hs, sin embargo le mandé un mensaje de texto, preguntándole a que hora cerraban y le comenté, que quería ir a visitarlo. No tuve respuesta, sin embargo fui. Llegué a las 18.50hs. En la vitrina se apreciaban antigüedades, marcos, cuadros y objetos antiguos en grandes cantidades, una oficinita en el fondo y al lado una puerta blanca. Toqué el timbre, sin saber con que iba a encontrarme. Una mujer rubia extranjera salió a abrirme y me informó que él no estaba. Se veía hacia adentro como continuaba un inmenso taller montado en un galpón.

“Bueno, me quedo mirando, vine a conocer el lugar” fue mi respuesta, pensando que las cosas por algo pasan, que a pesar de mi determinación y mi deseo, si él no estaba, era lo que debía ocurrir.
Había objetos interesantes, lámparas antiguas, cosas de hierro, espejos inmensos enmarcados en madera, muebles con pana, cuadros con predominio de imágenes de flores, paisajes y mujeres desnudas posando para sus pintores. Sentí que estaba en el lugar en donde quería estar. Todo eso también tenía que ver conmigo y con mis gustos.
Un momento más tarde, entró al local un hombre que también lo buscaba. Éste, al saber que no estaba, solicitó que lo llamaran y le pidieran que vuelva del mercado de pulgas que se encontraba a unas cuadras. Nos invitaron a pasar al fondo. Volví a sentir que las cosas por algo pasan. El haber llegado tarde, el saber esperar, el adaptarme a los cambios. Minutos mas tarde, llegó en bicicleta ingresando por la puertita de chapa de la persiana del galpón. Algo transpirado pero con ese rubor del ejercicio que me hizo tomar conciencia del torrente de sangre que podía correr por su venas, todas ellas, y de la tonicidad de sus pantorrillas. Pantorrillas de ciclista, pequeño fetiche que debo confesar, ya que al verlas siempre acuden a mi mente imágenes de mí montada en esos músculos masturbándome por la fricción contra esos tónicos gemelos.

Como decía, entró y me saludó muy alegre y cortésmente, luego atendió al proveedor que le traía unas revistas y lo despachó, más tarde me invitó a recorrer el galpón mientras resolvía otros asuntos. El fondo era también muy atractivo. Cuando me quedé a solas, mientras el despedía a sus 2 empleados (la chica extranjera y a otro muchacho) observé una mesa de trabajo, muy amplia y sucia que capturó mi atención. Cepillos de alambre, gubias, cuchillos sin mango afilados una y mil veces, espátulas, yesos endurecidos en potes plásticos que fraguaron hacia su muerte antes de ser utilizados y transformados. También había, marcos rotos, clavos y alambres, todo brillando bajo la luz fría del tubo incandescente que colgaba a metros del techo. Me apoyé en la mesa, la sacudí para ver si era firme, y me reí feliz al ver mi reflejo en otro gran espejo. Estaba apoyado en la pared entre vidrios, cartones y paspartú. Apuntando justo a ese lugar del taller, que yo había elegido como cama, para fusionarme con este intenso hombre que peina canas como yo.

Habiendo despedido a todos, me ofreció agua fresca, yo consulté si tenía compromisos de horarios y una vez más las no casualidades hicieron que él pudiera quedarse. Nos sentamos en unas banquetas cerca de la mesa de trabajo (claro que él no sabía con qué claridad yo premeditaba utilizar ese espacio) y nos pusimos a charlar.
Abrí a través de la palabra, las puertas de algunas áreas de mi intimidad, de mi pasar y me pesar por la vida, de mi deseo de transformar y de sanar, de mi determinación a no morir como el yeso en un tarrito de plástico amarillo sin haber cumplido mi tarea en esta vida y él también se mostró. Fue una conversación de alto impacto. Me encontré con una persona que de algún modo había transitado caminos similares pero desde la otra cara de la misma moneda. Fue imposible no notar la intensidad de lo expuesto, fue innegable el deseo de consumar el contacto, la conexión profunda también de las pieles. Fue necesaria la fusión momentánea de lenguas, lenguas adentrándose en las bocas, en mi vagina, en los cuellos mutuos.  Penetración de espíritus, corporizados en un pene latiendo y una vulva húmeda y receptiva aguardando.

Nuestra cama, como yo anhelaba fue esa mesa. Corrí los paspartús que tapaban una parte del espejo mientras él barría los clavitos y cositas pinchudas de la mesa con un cepillo de pelos de metal.  La sábana fue un rollo que cartón corrugado, que acolchó nuestro encuentro y absorbió hasta donde fue capaz, nuestro sudor, mi squirt y su semen.


Además del sentido del tacto que estaba invadido, varias imágenes se tallaron en mi mente.

Un abrazo en el comienzo, con la piel desnuda de ambos exponiendo el contraste de su hermosa blancura y de mi tentadora morochez. Yo sentada en la mesa con las piernas abiertas conteniéndolo entre mis extremidades, él con su pija al borde de la mesa, estirándose sola, para contactar con la complementariedad de mis genitales.  Leves movimientos del cuerpo que hacían que nuestros músculos se contrajeran, haciendo que en su espalda, sus glúteos o en la longitud de nuestras piernas, se intercalaran tensiones abultadas y relajos con sutiles depresiones en la piel. Texturas exaltadas por la tajante luz fría. Calor en abundancia, humedad en ascenso, el clima de Bs. As. sintetizado en la expresión densa de nuestros cuerpos.

Más tarde su boca, su lengua y sus ojos, juntos deleitándose en mi concha, sus dedos sumándose a la fiesta. Yo quería que me metiera el mayor y el índice con la palma hacia arriba para estimular mi punto G, quería un orgasmo con el que lo pudiera bañar. Ahí parado en el suelo entre los clavos caídos de la mesa. Ahí de espaldas al espejo en el que yo nos observaba a ambos, en particular a él, como si acabara de nacer de entre mis piernas, enganchándose con la lengua para no desaferrarse de mi ser.  Pero me metió el dedo gordo, con su palma hacia abajo, y obtuve tanto o más de lo que deseaba porque con sus dedos, índice y anular acarició mi clítoris estimulándome así por dentro y por fuera. (…Y su primavera me hacía temblar…, recitaba una canción). Más bien, sus dedos caminaban sobre mí, deslizándose en la ubicación justa entre mi monte de venus y mis labios menores. Como esquiando alegremente en un manto de piel, lubricación y saliva, sus dedos viriles, largos, fuertes, temperamentales y a la vez cuidadosos, me regalaban placer mezclado con lamidas.  No llegué a acabar, tuve que interrumpir e incorporarme para besarlo. Creo que las bocas conectan más que los mismísimos genitales. Fue un momento de esos en donde querés tener al menos tres bocas, una para los besos, otra para chupar su sexo, otra para lamerle la espalda, los tobillos y todos los surcos. 

En algún momento se subió a la mesa, (con forro de por medio porque la salud también es placer) y anunció que ya era hora de cogerme un poquito. Toda la previa preparando este momento, un instante tan solo para concretar la dichosa fusión. Como en la pintura de Miguel Angel, los dedos de Dios y de Adán  casi se tocan. Lo divino y lo terrenal a punto de encontrarse. Cómo antes de siquiera besarnos, su mano se abrió palme hacia arriba a 20 cm de mi entrepierna, y el gimió, de solo en pensar en cómo sería tocarme. Dos imanes atrayéndose en un curso inalterable. Tensión y espera. Deseo y abordaje. Coito y orgasmo desatado. Squirt delicioso y abundante estallando caudaloso desde mi vagina. Brillo de mi agua con miel amarga iluminando el taller, salpicando sus brazos, estallando en su pubis y luego en sus manos.

Sucesión de eventos, ahora en el sexo, caricias, besos, calentura, dulce ardor genital, narinas aleteando, gemidos liberándose, tocadas invadiéndose. Los roles invirtiéndose, mi costado masculino emergiendo. Él recostado boca abajo, receptivo, a mi abrazo tierno, al contacto de mi pecho en su espalda, a mi lamida provocadora, a mis palabras amenazando con un baño de squirt que iba a escurrirse entre sus nalgas. Mis manos envolviendo sus hombros, como apresándolo, mi lengua inundando los recovecos de sus orejas, mi pubis fregándose contra sus glúteos, abriéndole la carne con la fricción, sintiendo el deseo de tener con qué penetrarlo. La vulva hinchada, los labios mayores tensos, mis glándulas cargadas otra vez, listas para disparar.

 Me monté sobre su nuca en cuclillas, y seguí masturbándome pero con mis propias manos, solté unas gotitas de mi agüita en su nuca, otras más en su espalda alta, después dejé una piletita en la curva de su cintura en la espalda y finalmente montada sobre sus caderas, le largué un par de chorritos sobre sus huevos y entre la raya de su culo. “Cómo te gusta eyacular” fue su comentario, y macho interior, excitado y orgulloso, quiso regarlo también por el frente. Mágica su pija dura al penetrarme me devolvió a mi lugar de mujer, de agujero llenándose, de libro abriéndose. Se sentó quedando su cuerpo en ángulo de noventa grados y yo en el medio, me dejaba coger y hamacar por la fuerza de sus brazos. “Ahí la tenés toda, bien adentro” me siguió diciendo, y tuve que acabarme o más bien acabarle otra vez.

Más tarde fueron nuevos besos y chupadas, de todas las recibidas, la imagen que detona aún mi mente, fue la de su cara embadurnada de humedad, de jugos, de saliva y de esos hilos de lubricación, que unen como puentes a los amantes.

Cerrando esta comunión fue su paja, incentivada por mí, observada con detenimiento. “Cada persona es tan particular como lo son sus propias pajas”, le dije.  La de él tenía la particularidad, de acompañar su glande, mientras subía y bajaba, con su dedo gordo, erguido también como un tutor o un mástil en paralelo. Los cuatro dedos restantes envolviendo no muy fuerte el tronco, mas cerca de la punta que de los huevos, la cabecita descubierta, la velocidad media y constante.  ¡Me encantaba verlo! Yo todavía estaba bajo los efectos de mi anterior orgasmo, con el dique abierto que me deja fluir y repetir. Me pajée otra vez sobre él, gritándole bajito que me diera su leche, que ya no podía esperarla más. Que por favor ya, me la entregara, que me gratificara con su baño caliente. Lo mojé de nuevo y me desplomé sobre su cuerpo. Ambos acostados, él boca arriba, yo tendida a su lado, con mis piernas envolviéndole su muslo izquierdo, con todos mis músculos aún convulsionándome, con mis ojos enrojecidos mirando desde lejos la proximidad de su orgasmo. Con mi mano y mi pierna derecha, que estaban más libres, me arrimaba para recibir su semen.  Las bocas encontrándose de a ratos. El ambiente erotizándome con su inmensidad, sus aromas y sus rarezas. El sudor escurriéndose de cuerpo a cuerpo sin saber con certeza quien era su dueño. Al final, la liberación, el baño tibio, su pecho lleno, su miembro vacío y un generoso y cálido baño de leche repartido entre abdómenes, muslos y antebrazos, fue el cierre.

Un hermoso taller de objetos antiguos, dos soñadores jugando a los artesanos del placer, y un encuentro para enmarcar. 

lunes, 6 de febrero de 2012

A DOS MANOS


   
(Nota: “a dos manos” es una expresión que usamos en Bs. As. Argentina que equivale a “con todo”, “a full”, “a pleno”, “a tope”, “al máximo posible”, etc.)

No hay duda, te gusta hacerme gozar a dos manos, pero nunca tan literal como esa vez.
Que al sabor y grosor de tu verga se le iba a sumar la tu amigo, era probable y hasta predecible, pero como se desarrollaría el encuentro era un misterio. Nuestra fiestita de tres, que tenía pocas pautas pre acordadas, estaba por comenzar.

Después de conocer a tu amigo, después de la cena y de romper el hielo, después de las chupadas y las penetraciones, después de intercambiar posiciones, después de alguno de mis orgasmos y del primero tuyo, tu amigo se duchaba para tomar una pausa y relajarse. Me mandaste a bañar con él, (en realidad me lo sugeriste, pero me gusta más recordarlo como si fuera una orden a la cual acaté) y así fui.

“¿Puedo?” le pregunté, y acto seguido me metí bajo el agua y nos empezamos a besar. Inmediatamente y como si me enjabonara, pero sin el jabón, tu amigo me tocó todo el cuerpo. Sabés que todos los caminos conducen a Roma, y Roma en mi mapa, está en el nacimiento de mis piernas  (no en el medio de la bota, como en las cartas geográficas). Mi vulva todavía estaba caliente, algo hinchada y deseosa de más placer. Me puse de espaldas, dejando que el agua se escurriera por mi espalda hasta desembocar entre mis nalgas y él desde atrás me volvió a tocar, por fuera y por dentro, entrando y saliendo, masturbándome con una y dos manos.

Comencé a gemir, apoyando con fuerza mis manos contra los azulejos, arqueando la espalda, levantando los glúteos y vos llegaste, con cara de tipo que pasa por casualidad, a mear por el baño. Hiciste lo tuyo, sin desconcentrarte de tu trámite, te sonreíste y te pusiste a mirarnos.
“¿Pasa algo?” Me preguntaste, y yo esforzando la vista detrás de mis ojos achinados por el placer, te respondí:
 “Tu amigo me está tocando muy lindo”.
“Ah ¿sí?”, fue tu respuesta con cara de fresco y te quedaste paradito unos minutos para mirarnos.
Yo me giré de frente a vos, abrí la cortina para que vieras todo y quedé parada de costado a tu amigo. Levanté mi pie derecho apoyándolo en el borde de la bañera para darle más lugar a sus manos. Con la izquierda tocaba mi clítoris y se metía en mi vagina; con la derecha, me acariciaba la espalda y apretaba mis glúteos. Yo me agarraba de las canillas con la mano derecha y recargaba parte de mi peso contra la pared, para compensar la flojera de las piernas, que anunciaban un orgasmo una vez más. Con mi mano libre me sostenía del hombro o de la nuca de él.
“¿Qué pasa?” seguías preguntando. Maestro de la ironía, ya que pocas personas saben como vos, con tanta certeza, cuando me estoy por venir.
Yo me aguantaba, y después me entregaba al goce que me estaba ofreciendo tan generosamente tu amigo y soltaba algún polvo para relajar. Mi acabada se fusionaba con el agua y se iba diluida por el drenaje. Estaba muy caliente, con sus manos, con tu mirada, pero quería más.
“Quiero las dos manos”, te pedí. Vos te arrimaste un poquito y me tocaste al pasar, después te fuiste al comedor, donde nuestra fiesta (mi fiesta) había empezado. Nos dejaste a solas, sabiendo que yo tenía bastante agüita más para soltar y dejando la imagen te llevaste solamente los sonidos. No está de más decirlo, acabé como tres veces antes de salir de la ducha a secarme. Cuando llegamos el comedor, te encontré sentado, tomando algo fresco en el mismo lugar donde hacía una hora atrás estabas vestido y cenando. Me sonreí porque recordé un pensamiento que había tenido al llegar, y sabiendo que era una noche para cumplir las fantasías le pedí a tu amigo que se sentara también en el que fuera su lugar de comensal. Me prendí un pucho, pedí que me alcanzaran mi copa de vino, y desde el patio, parada contra la celosía, me puse a observar disfrutando del cigarrillo y de la concreción de la escena. La fantasía era simple, les comenté que al poco rato de llegar, había imaginado ese instante, yo fumando, los tres desnudos, así charlando. “¿Y porqué no te sacaste la ropa antes?” fue tu pregunta. No dije mucho, no hacían falta tampoco muchas respuestas.

Un rato más tarde, me integré a la mesa y en algún momento (cuya cronología exacta hoy no recuerdo) él estaba tocándome otra vez, desde atrás, casi repitiendo lo secuencia de la ducha. Esta vez yo no estaba dispuesta a perderme tu mirada, así que recliné mi cuerpo sobre la mesa, con mi cola casi a la altura de tu cara y levanté mi rodilla derecha sobre la mesa, para quedar bien abierta para las manos de él y los ojos tuyos.
“¡Mirá como me toca!” Prácticamente te grité.
 La mano de tu amigo, me masturbaba vigorosamente desde atrás, tal vez porque ya me había agarrado el ritmo, o tal vez porque yo le pedía que me diera así, más fuerte, más rápido, más, y más. Tenía mis manos contra la mesa sin mantel, con los codos doblados, como haciendo flexiones de brazos y giraba mi cabeza para el lado derecho para poderte observar. Además del calor de mi concha cargándose de squirt, lista para mojar, me quemaba tu expresión, tu pija levantándose durísima, con su piercing brillando y señalando el techo. Me incineraba la bocha toda la escena, todo ese placer, propio y compartido, toda esa libertad. Esta vez, estaba dispuesta a permitirte ser un simple espectador, y un futuro receptor de mi lluvia de fuego y agua. Pero vos, ya estabas subido a nuestra moto y metiste tu mano derecha en el pequeño espacio que había entre la mesa y mi clítoris, entre mis labios vaginales y los dedos de tu amigo que me penetraban y me empezaste a pajear.

¡Ahhh! Era justo lo que necesitaba.  Esas dos manos, con sus ritmos diferentes, de dueños distintos, de grosores desiguales. Una que me conoce en detalle y otra que me estaba conociendo. Esas que se complotaban para no dejar nada de mi concha sin estimular. Saber que cuando apretabas mi clítoris, la carne quedaba atrapada contra los dedos de tu amigo, haciendo de mi botoncito más sensorial un micro sanguchito, era fascinante. Sus dedos finos y largos, metidos de a pares en mi interior, estimulando hasta lo más profundo; tus dedos, gordos, gruesos, y firmes encontrando en la parte externa el milímetro puntual en donde al tocarme no hay retorno a la calma hasta no liberar el orgasmo.  Todo lo que quería lo tenía ahí, entonces una explosión desbordada estalló desde el corazón de mi vagina. Te bañé por completo. Te mojé el pecho, la panza y la verga. Yo gritaba, gemía, golpeaba suavecito la mesa, y entro los dos, me seguían tocando y  me hicieron volver a acabar. Tu cara dichosa, satisfecha por el baño de squirt, satisfecha porque te gusta tanto hacerme gozar, fue el moño de este regalo.
Mis piernas chorreadas, un nuevo charco en el piso y sus manos, las tuyas y las de tu amigo, acariciándome la cara interna de los muslos y el culo con mi propia acabada, fueron el cierre de este round. La contienda duró unos cuantos más. Pero este, en particular, está grabado en mi memoria.