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lunes, 6 de febrero de 2012

A DOS MANOS


   
(Nota: “a dos manos” es una expresión que usamos en Bs. As. Argentina que equivale a “con todo”, “a full”, “a pleno”, “a tope”, “al máximo posible”, etc.)

No hay duda, te gusta hacerme gozar a dos manos, pero nunca tan literal como esa vez.
Que al sabor y grosor de tu verga se le iba a sumar la tu amigo, era probable y hasta predecible, pero como se desarrollaría el encuentro era un misterio. Nuestra fiestita de tres, que tenía pocas pautas pre acordadas, estaba por comenzar.

Después de conocer a tu amigo, después de la cena y de romper el hielo, después de las chupadas y las penetraciones, después de intercambiar posiciones, después de alguno de mis orgasmos y del primero tuyo, tu amigo se duchaba para tomar una pausa y relajarse. Me mandaste a bañar con él, (en realidad me lo sugeriste, pero me gusta más recordarlo como si fuera una orden a la cual acaté) y así fui.

“¿Puedo?” le pregunté, y acto seguido me metí bajo el agua y nos empezamos a besar. Inmediatamente y como si me enjabonara, pero sin el jabón, tu amigo me tocó todo el cuerpo. Sabés que todos los caminos conducen a Roma, y Roma en mi mapa, está en el nacimiento de mis piernas  (no en el medio de la bota, como en las cartas geográficas). Mi vulva todavía estaba caliente, algo hinchada y deseosa de más placer. Me puse de espaldas, dejando que el agua se escurriera por mi espalda hasta desembocar entre mis nalgas y él desde atrás me volvió a tocar, por fuera y por dentro, entrando y saliendo, masturbándome con una y dos manos.

Comencé a gemir, apoyando con fuerza mis manos contra los azulejos, arqueando la espalda, levantando los glúteos y vos llegaste, con cara de tipo que pasa por casualidad, a mear por el baño. Hiciste lo tuyo, sin desconcentrarte de tu trámite, te sonreíste y te pusiste a mirarnos.
“¿Pasa algo?” Me preguntaste, y yo esforzando la vista detrás de mis ojos achinados por el placer, te respondí:
 “Tu amigo me está tocando muy lindo”.
“Ah ¿sí?”, fue tu respuesta con cara de fresco y te quedaste paradito unos minutos para mirarnos.
Yo me giré de frente a vos, abrí la cortina para que vieras todo y quedé parada de costado a tu amigo. Levanté mi pie derecho apoyándolo en el borde de la bañera para darle más lugar a sus manos. Con la izquierda tocaba mi clítoris y se metía en mi vagina; con la derecha, me acariciaba la espalda y apretaba mis glúteos. Yo me agarraba de las canillas con la mano derecha y recargaba parte de mi peso contra la pared, para compensar la flojera de las piernas, que anunciaban un orgasmo una vez más. Con mi mano libre me sostenía del hombro o de la nuca de él.
“¿Qué pasa?” seguías preguntando. Maestro de la ironía, ya que pocas personas saben como vos, con tanta certeza, cuando me estoy por venir.
Yo me aguantaba, y después me entregaba al goce que me estaba ofreciendo tan generosamente tu amigo y soltaba algún polvo para relajar. Mi acabada se fusionaba con el agua y se iba diluida por el drenaje. Estaba muy caliente, con sus manos, con tu mirada, pero quería más.
“Quiero las dos manos”, te pedí. Vos te arrimaste un poquito y me tocaste al pasar, después te fuiste al comedor, donde nuestra fiesta (mi fiesta) había empezado. Nos dejaste a solas, sabiendo que yo tenía bastante agüita más para soltar y dejando la imagen te llevaste solamente los sonidos. No está de más decirlo, acabé como tres veces antes de salir de la ducha a secarme. Cuando llegamos el comedor, te encontré sentado, tomando algo fresco en el mismo lugar donde hacía una hora atrás estabas vestido y cenando. Me sonreí porque recordé un pensamiento que había tenido al llegar, y sabiendo que era una noche para cumplir las fantasías le pedí a tu amigo que se sentara también en el que fuera su lugar de comensal. Me prendí un pucho, pedí que me alcanzaran mi copa de vino, y desde el patio, parada contra la celosía, me puse a observar disfrutando del cigarrillo y de la concreción de la escena. La fantasía era simple, les comenté que al poco rato de llegar, había imaginado ese instante, yo fumando, los tres desnudos, así charlando. “¿Y porqué no te sacaste la ropa antes?” fue tu pregunta. No dije mucho, no hacían falta tampoco muchas respuestas.

Un rato más tarde, me integré a la mesa y en algún momento (cuya cronología exacta hoy no recuerdo) él estaba tocándome otra vez, desde atrás, casi repitiendo lo secuencia de la ducha. Esta vez yo no estaba dispuesta a perderme tu mirada, así que recliné mi cuerpo sobre la mesa, con mi cola casi a la altura de tu cara y levanté mi rodilla derecha sobre la mesa, para quedar bien abierta para las manos de él y los ojos tuyos.
“¡Mirá como me toca!” Prácticamente te grité.
 La mano de tu amigo, me masturbaba vigorosamente desde atrás, tal vez porque ya me había agarrado el ritmo, o tal vez porque yo le pedía que me diera así, más fuerte, más rápido, más, y más. Tenía mis manos contra la mesa sin mantel, con los codos doblados, como haciendo flexiones de brazos y giraba mi cabeza para el lado derecho para poderte observar. Además del calor de mi concha cargándose de squirt, lista para mojar, me quemaba tu expresión, tu pija levantándose durísima, con su piercing brillando y señalando el techo. Me incineraba la bocha toda la escena, todo ese placer, propio y compartido, toda esa libertad. Esta vez, estaba dispuesta a permitirte ser un simple espectador, y un futuro receptor de mi lluvia de fuego y agua. Pero vos, ya estabas subido a nuestra moto y metiste tu mano derecha en el pequeño espacio que había entre la mesa y mi clítoris, entre mis labios vaginales y los dedos de tu amigo que me penetraban y me empezaste a pajear.

¡Ahhh! Era justo lo que necesitaba.  Esas dos manos, con sus ritmos diferentes, de dueños distintos, de grosores desiguales. Una que me conoce en detalle y otra que me estaba conociendo. Esas que se complotaban para no dejar nada de mi concha sin estimular. Saber que cuando apretabas mi clítoris, la carne quedaba atrapada contra los dedos de tu amigo, haciendo de mi botoncito más sensorial un micro sanguchito, era fascinante. Sus dedos finos y largos, metidos de a pares en mi interior, estimulando hasta lo más profundo; tus dedos, gordos, gruesos, y firmes encontrando en la parte externa el milímetro puntual en donde al tocarme no hay retorno a la calma hasta no liberar el orgasmo.  Todo lo que quería lo tenía ahí, entonces una explosión desbordada estalló desde el corazón de mi vagina. Te bañé por completo. Te mojé el pecho, la panza y la verga. Yo gritaba, gemía, golpeaba suavecito la mesa, y entro los dos, me seguían tocando y  me hicieron volver a acabar. Tu cara dichosa, satisfecha por el baño de squirt, satisfecha porque te gusta tanto hacerme gozar, fue el moño de este regalo.
Mis piernas chorreadas, un nuevo charco en el piso y sus manos, las tuyas y las de tu amigo, acariciándome la cara interna de los muslos y el culo con mi propia acabada, fueron el cierre de este round. La contienda duró unos cuantos más. Pero este, en particular, está grabado en mi memoria.

1 comentarios:

  1. Ojala y pudiera conocer a una mujer como tu!

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