(Nota: “a dos manos” es una expresión que usamos en Bs.
As. Argentina que equivale a “con todo”, “a full”, “a pleno”, “a tope”, “al máximo
posible”, etc.)
No hay duda, te gusta hacerme gozar a dos manos, pero nunca
tan literal como esa vez.
Que al sabor y grosor de tu verga se le iba a sumar la tu
amigo, era probable y hasta predecible, pero como se desarrollaría el encuentro
era un misterio. Nuestra fiestita de tres, que tenía pocas pautas pre acordadas,
estaba por comenzar.
Después de conocer a tu amigo, después de la cena y de
romper el hielo, después de las chupadas y las penetraciones, después de
intercambiar posiciones, después de alguno de mis orgasmos y del primero tuyo,
tu amigo se duchaba para tomar una pausa y relajarse. Me mandaste a bañar con
él, (en realidad me lo sugeriste, pero me gusta más recordarlo como si fuera
una orden a la cual acaté) y así fui.
“¿Puedo?” le pregunté, y acto seguido me metí bajo el
agua y nos empezamos a besar. Inmediatamente y como si me enjabonara, pero sin
el jabón, tu amigo me tocó todo el cuerpo. Sabés que todos los caminos conducen
a Roma, y Roma en mi mapa, está en el nacimiento de mis piernas (no en el medio de la bota, como en las cartas
geográficas). Mi vulva todavía estaba caliente, algo hinchada y deseosa de más
placer. Me puse de espaldas, dejando que el agua se escurriera por mi espalda
hasta desembocar entre mis nalgas y él desde atrás me volvió a tocar, por fuera
y por dentro, entrando y saliendo, masturbándome con una y dos manos.
Comencé a gemir, apoyando con fuerza mis manos contra los
azulejos, arqueando la espalda, levantando los glúteos y vos llegaste, con cara
de tipo que pasa por casualidad, a mear por el baño. Hiciste lo tuyo, sin
desconcentrarte de tu trámite, te sonreíste y te pusiste a mirarnos.
“¿Pasa algo?” Me preguntaste, y yo esforzando la vista
detrás de mis ojos achinados por el placer, te respondí:
“Tu amigo me está
tocando muy lindo”.
“Ah ¿sí?”, fue tu respuesta con cara de fresco y te
quedaste paradito unos minutos para mirarnos.
Yo me giré de frente a vos, abrí la cortina para que
vieras todo y quedé parada de costado a tu amigo. Levanté mi pie derecho apoyándolo
en el borde de la bañera para darle más lugar a sus manos. Con la izquierda
tocaba mi clítoris y se metía en mi vagina; con la derecha, me acariciaba la
espalda y apretaba mis glúteos. Yo me agarraba de las canillas con la mano
derecha y recargaba parte de mi peso contra la pared, para compensar la flojera
de las piernas, que anunciaban un orgasmo una vez más. Con mi mano libre me
sostenía del hombro o de la nuca de él.
“¿Qué pasa?” seguías preguntando. Maestro de la ironía,
ya que pocas personas saben como vos, con tanta certeza, cuando me estoy por
venir.
Yo me aguantaba, y después me entregaba al goce que me
estaba ofreciendo tan generosamente tu amigo y soltaba algún polvo para
relajar. Mi acabada se fusionaba con el agua y se iba diluida por el drenaje. Estaba
muy caliente, con sus manos, con tu mirada, pero quería más.
“Quiero las dos manos”, te pedí. Vos te arrimaste un
poquito y me tocaste al pasar, después te fuiste al comedor, donde nuestra
fiesta (mi fiesta) había empezado. Nos dejaste a solas, sabiendo que yo tenía
bastante agüita más para soltar y dejando la imagen te llevaste solamente los
sonidos. No está de más decirlo, acabé como tres veces antes de salir de la
ducha a secarme. Cuando llegamos el comedor, te encontré sentado, tomando algo
fresco en el mismo lugar donde hacía una hora atrás estabas vestido y cenando. Me
sonreí porque recordé un pensamiento que había tenido al llegar, y sabiendo que
era una noche para cumplir las fantasías le pedí a tu amigo que se sentara
también en el que fuera su lugar de comensal. Me prendí un pucho, pedí que me
alcanzaran mi copa de vino, y desde el patio, parada contra la celosía, me puse
a observar disfrutando del cigarrillo y de la concreción de la escena. La fantasía
era simple, les comenté que al poco rato de llegar, había imaginado ese
instante, yo fumando, los tres desnudos, así charlando. “¿Y porqué no te
sacaste la ropa antes?” fue tu pregunta. No dije mucho, no hacían falta tampoco
muchas respuestas.
Un rato más tarde, me integré a la mesa y en algún
momento (cuya cronología exacta hoy no recuerdo) él estaba tocándome otra vez,
desde atrás, casi repitiendo lo secuencia de la ducha. Esta vez yo no estaba
dispuesta a perderme tu mirada, así que recliné mi cuerpo sobre la mesa, con mi
cola casi a la altura de tu cara y levanté mi rodilla derecha sobre la mesa,
para quedar bien abierta para las manos de él y los ojos tuyos.
“¡Mirá como me toca!” Prácticamente te grité.
La mano de tu
amigo, me masturbaba vigorosamente desde atrás, tal vez porque ya me había
agarrado el ritmo, o tal vez porque yo le pedía que me diera así, más fuerte, más
rápido, más, y más. Tenía mis manos contra la mesa sin mantel, con los codos
doblados, como haciendo flexiones de brazos y giraba mi cabeza para el lado
derecho para poderte observar. Además del calor de mi concha cargándose de
squirt, lista para mojar, me quemaba tu expresión, tu pija levantándose durísima,
con su piercing brillando y señalando el techo. Me incineraba la bocha toda la
escena, todo ese placer, propio y compartido, toda esa libertad. Esta vez,
estaba dispuesta a permitirte ser un simple espectador, y un futuro receptor de
mi lluvia de fuego y agua. Pero vos, ya estabas subido a nuestra moto y metiste
tu mano derecha en el pequeño espacio que había entre la mesa y mi clítoris,
entre mis labios vaginales y los dedos de tu amigo que me penetraban y me
empezaste a pajear.
¡Ahhh! Era justo lo que necesitaba. Esas dos manos, con sus ritmos diferentes, de
dueños distintos, de grosores desiguales. Una que me conoce en detalle y otra
que me estaba conociendo. Esas que se complotaban para no dejar nada de mi
concha sin estimular. Saber que cuando apretabas mi clítoris, la carne quedaba
atrapada contra los dedos de tu amigo, haciendo de mi botoncito más sensorial
un micro sanguchito, era fascinante. Sus dedos finos y largos, metidos de a pares
en mi interior, estimulando hasta lo más profundo; tus dedos, gordos, gruesos,
y firmes encontrando en la parte externa el milímetro puntual en donde al tocarme
no hay retorno a la calma hasta no liberar el orgasmo. Todo lo que quería lo tenía ahí, entonces una
explosión desbordada estalló desde el corazón de mi vagina. Te bañé por
completo. Te mojé el pecho, la panza y la verga. Yo gritaba, gemía, golpeaba
suavecito la mesa, y entro los dos, me seguían tocando y me hicieron volver a acabar. Tu cara dichosa,
satisfecha por el baño de squirt, satisfecha porque te gusta tanto hacerme
gozar, fue el moño de este regalo.
Mis piernas chorreadas, un nuevo charco en el piso y sus
manos, las tuyas y las de tu amigo, acariciándome la cara interna de los muslos
y el culo con mi propia acabada, fueron el cierre de este round. La contienda
duró unos cuantos más. Pero este, en particular, está grabado en mi memoria.


Ojala y pudiera conocer a una mujer como tu!
ResponderSuprimir