Todo lo fantaseado lo convertiste en realidad.
Guardaba una imagen en mi mente, un fragmento de una
película, que esperaba ahí, desde la pubertad o tal vez antes.
En el film, viajaban personas muy hacinadas en un
colectivo, tal vez mexicano, con gente sentada en el suelo, llevando gallos
enjaulados y otros bichos que ya no identifico.
Los recuerdos tienen esas cosas, a veces se conservan
incompletos. Algunos algo incomprensibles, posiblemente por la falta de sentido
que tenía el sexo para mí en aquellos años de casi niñez. Veía las imágenes,
percibía su carga erótica, pero no entendía porque aquella mujer, se dejaba
tocar así, por aquel desconocido.
La escena era corta, entre toda la gente, había una mujer
con pollera sentada en el piso, en frente dos hombres, un juego de miradas.
Ella con sus rodillas levantadas, sus pies en el piso separados, con los talones cerca de
sus glúteos. Uno de los tipos, se saca un zapato con una suela despegada y muy
gastada, sospecho que su pie de campesino, no tenía medias y estaba bastante
sucio, tal vez con tierra. Él deslizaba
su pie, y con su dedo gordo jugaba en los genitales de ella. ¿Tenía bombacha, o
no? Lo desconozco, trato de saberlo al reconstruir la imagen. ¿Llegó ella al
orgasmo? Mi inexperiencia de aquel entonces, no me permite saberlo siquiera hoy
día. Pero recuerdo, que al parar el colectivo, en el medio del desierto, los
hombres se bajaron y fueron a la parte de atrás del vehículo. Supuse que iban a
hacer pis, cuando desabrocharon su pantalón. La imagen mostraba sólo sus torsos
por encima del ombligo. Finalmente no mearon, pero sus brazos sacudiéndose,
enérgicos y agitando algo que no se mostraba y que yo desconocía les daba mucho
placer. Sólo con el tiempo entendí que se hacían la paja, una terrible y
necesaria paja. Recuerdo mi excitación. Allá entonces, lo identificaba más bien
como curiosidad, como un cosquilleo ansioso por mis zonas bajas, esas mismas
que la mujer sentada se dejaba tocar valla uno a saber por qué.
¿Qué trajo al presente estas memorias dormidas? Sin duda
vos y tu mente sin prejuicios y la siguiente escena filmándose en mi memoria
emotiva y visual.
Estábamos los dos sentados al frente de la cabaña de fin
de semana, noche cálida, un pollito asándose crujiente en el chulengo, (no en una
jaula). Dos reposeras enfrentadas, (no en el piso). Dos vasos de vino blanco de
cosecha tardía, y los pies descalzos acariciando el césped, (no tan sucios). Los
arbustos del frente del terreno escondían los rostros, dejando filtrar entre
sus hojas las voces cercanas, de unos jóvenes que charlaban a escasos metros de
nosotros en la plaza de enfrente (no viéndonos, pero casi). Yo con pollera y
debajo la piel desnuda, sin bombacha, (no de modo incierto sino concreto). Un
juego de miradas provocadoras (sí, esta vez como en el film).
Fue inevitable, tu pie se apoyó en mi pubis cuando me
deslicé hacia el borde de la silla, para
ofrecerte mi vulva deliberadamente.
Como un gatito amasabas mi carne, la excitación y tus
ojos ajustándose, me humedecieron para facilitarte el juego. Mi clítoris
comenzó a inflamarse, compitiendo con la dureza de tu dedo gordo del pie. Mis
pliegues se desplegaban abriéndose a las caricias de tus deditos más pequeños.
Amasabas y amasabas, suave y fuerte. La actitud de tu cuerpo parecía inmune al
accionar de tus extremidades más basales, excepto por la protuberancia marcada
en tus bermudas, por causa de tu extremidad media latiente que permanecía
oculta. Tu espalda recostada plácidamente contra el respaldo de la reposera, tu
brazo izquierdo descansando en el posa brazo y el derecho proveyéndote de a
sorbos el vino.
Sentí la necesidad de contarte sobre aquella película,
para que supieras cuan ansiada, desde antaño, era para mí esta fantasía. No
estábamos en México, pero el calor y la sed eran intensos como si el entorno
fuera el mismísimo desierto.
Mi cuerpo, en contraposición al tuyo, acusaba recibo de
todas tus acciones. Los muslos de pronto se contraían casi involuntariamente y
los gemidos se desbordaban de mi boca, aunque intentaba taparlos mordiéndome
los dedos. Mi pollera se había subido casi hasta las ingles por el meneo y toda
mi vulva estaba brillando por la abundante lubricación. Mi otra mano, bajó para
terminar de abrir las puerta de mi vagina, y tu dedo gordo sin dudarlo se metió
dentro. Ibas y venías cumpliendo las demandas de mi concha que necesitaba cada
vez un poco más de vos. Ya nada me importaba. Las risas de la plaza no dejaban
de resonar, y la brisa aunque soplaba constante no alcanzaba para enfriar tanta
calentura. Tu muslo se sumó al movimiento, haciendo que tu pie se sacudiera
intenso dentro de mí. Movimiento por fuera y mucho más por dentro. Mi orgasmo
en camino, mi eyaculación a punto de explotar. Quería otro poco y otro tanto
más. Agarré tu pie por el arco y como su
fuera un consolador de carne lo manejé a mi antojo hasta llegar al final.
Exploté, con la mente y con mis glándulas, mojándote a
chorros como tanto te gusta. Recuerdo que dijiste: “Veo cómo te chorreas a
través de la reposera” y seguiste masturbándome hasta que dejé de mojar. Tu pie
bañado de mí, de mi squirt, se sentía delicioso, así que con la misma mano que
lo sostenía lo terminé de untar para hacerlo también brillar.
Al pie de la letra, tal vez fue una mentira, porque no
fuiste a masturbarte atrás de ningún vehículo. Te levantaste sin decir palabra
y dándome la mano como un caballero, me invitaste a la parte de atrás de la
cabaña donde estacionamos el coche. Sobre el capó del auto (no el colectivo),
me cogiste desde atrás, haciéndome dejar la marca de mis manos, de mi rostro y
de mi torso sobre la chapa polvorienta. Orgasmos mutuos y uno más, que
extrajiste esta vez con los dedos de tus manos, untándome de paso con tu
acabada.
¿Y el pollito? Ah! Estaba delicioso, como todo lo que das
a probar.


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