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domingo, 4 de diciembre de 2011

AL PIE DE LA LETRA


Todo lo fantaseado lo convertiste en realidad.

Guardaba una imagen en mi mente, un fragmento de una película, que esperaba ahí, desde la pubertad o tal vez antes.
En el film, viajaban personas muy hacinadas en un colectivo, tal vez mexicano, con gente sentada en el suelo, llevando gallos enjaulados y otros bichos que ya no identifico.
Los recuerdos tienen esas cosas, a veces se conservan incompletos. Algunos algo incomprensibles, posiblemente por la falta de sentido que tenía el sexo para mí en aquellos años de casi niñez. Veía las imágenes, percibía su carga erótica, pero no entendía porque aquella mujer, se dejaba tocar así, por aquel desconocido.

La escena era corta, entre toda la gente, había una mujer con pollera sentada en el piso, en frente dos hombres, un juego de miradas. Ella con sus rodillas levantadas, sus pies en  el piso separados, con los talones cerca de sus glúteos. Uno de los tipos, se saca un zapato con una suela despegada y muy gastada, sospecho que su pie de campesino, no tenía medias y estaba bastante sucio, tal vez con tierra.  Él deslizaba su pie, y con su dedo gordo jugaba en los genitales de ella. ¿Tenía bombacha, o no? Lo desconozco, trato de saberlo al reconstruir la imagen. ¿Llegó ella al orgasmo? Mi inexperiencia de aquel entonces, no me permite saberlo siquiera hoy día. Pero recuerdo, que al parar el colectivo, en el medio del desierto, los hombres se bajaron y fueron a la parte de atrás del vehículo. Supuse que iban a hacer pis, cuando desabrocharon su pantalón. La imagen mostraba sólo sus torsos por encima del ombligo. Finalmente no mearon, pero sus brazos sacudiéndose, enérgicos y agitando algo que no se mostraba y que yo desconocía les daba mucho placer. Sólo con el tiempo entendí que se hacían la paja, una terrible y necesaria paja. Recuerdo mi excitación. Allá entonces, lo identificaba más bien como curiosidad, como un cosquilleo ansioso por mis zonas bajas, esas mismas que la mujer sentada se dejaba tocar valla uno a saber por qué.

¿Qué trajo al presente estas memorias dormidas? Sin duda vos y tu mente sin prejuicios y la siguiente escena filmándose en mi memoria emotiva y visual.

Estábamos los dos sentados al frente de la cabaña de fin de semana, noche cálida, un pollito asándose crujiente en el chulengo, (no en una jaula). Dos reposeras enfrentadas, (no en el piso). Dos vasos de vino blanco de cosecha tardía, y los pies descalzos acariciando el césped, (no tan sucios). Los arbustos del frente del terreno escondían los rostros, dejando filtrar entre sus hojas las voces cercanas, de unos jóvenes que charlaban a escasos metros de nosotros en la plaza de enfrente (no viéndonos, pero casi). Yo con pollera y debajo la piel desnuda, sin bombacha, (no de modo incierto sino concreto). Un juego de miradas provocadoras (sí, esta vez como en el film).

Fue inevitable, tu pie se apoyó en mi pubis cuando me deslicé hacia el borde de la silla, para  ofrecerte mi vulva deliberadamente.
Como un gatito amasabas mi carne, la excitación y tus ojos ajustándose, me humedecieron para facilitarte el juego. Mi clítoris comenzó a inflamarse, compitiendo con la dureza de tu dedo gordo del pie. Mis pliegues se desplegaban abriéndose a las caricias de tus deditos más pequeños. Amasabas y amasabas, suave y fuerte. La actitud de tu cuerpo parecía inmune al accionar de tus extremidades más basales, excepto por la protuberancia marcada en tus bermudas, por causa de tu extremidad media latiente que permanecía oculta. Tu espalda recostada plácidamente contra el respaldo de la reposera, tu brazo izquierdo descansando en el posa brazo y el derecho proveyéndote de a sorbos el vino.

Sentí la necesidad de contarte sobre aquella película, para que supieras cuan ansiada, desde antaño, era para mí esta fantasía. No estábamos en México, pero el calor y la sed eran intensos como si el entorno fuera el mismísimo desierto.

Mi cuerpo, en contraposición al tuyo, acusaba recibo de todas tus acciones. Los muslos de pronto se contraían casi involuntariamente y los gemidos se desbordaban de mi boca, aunque intentaba taparlos mordiéndome los dedos. Mi pollera se había subido casi hasta las ingles por el meneo y toda mi vulva estaba brillando por la abundante lubricación. Mi otra mano, bajó para terminar de abrir las puerta de mi vagina, y tu dedo gordo sin dudarlo se metió dentro. Ibas y venías cumpliendo las demandas de mi concha que necesitaba cada vez un poco más de vos. Ya nada me importaba. Las risas de la plaza no dejaban de resonar, y la brisa aunque soplaba constante no alcanzaba para enfriar tanta calentura. Tu muslo se sumó al movimiento, haciendo que tu pie se sacudiera intenso dentro de mí. Movimiento por fuera y mucho más por dentro. Mi orgasmo en camino, mi eyaculación a punto de explotar. Quería otro poco y otro tanto más.  Agarré tu pie por el arco y como su fuera un consolador de carne lo manejé a mi antojo hasta llegar al final.

Exploté, con la mente y con mis glándulas, mojándote a chorros como tanto te gusta. Recuerdo que dijiste: “Veo cómo te chorreas a través de la reposera” y seguiste masturbándome hasta que dejé de mojar. Tu pie bañado de mí, de mi squirt, se sentía delicioso, así que con la misma mano que lo sostenía lo terminé de untar para hacerlo también brillar.

Al pie de la letra, tal vez fue una mentira, porque no fuiste a masturbarte atrás de ningún vehículo. Te levantaste sin decir palabra y dándome la mano como un caballero, me invitaste a la parte de atrás de la cabaña donde estacionamos el coche. Sobre el capó del auto (no el colectivo), me cogiste desde atrás, haciéndome dejar la marca de mis manos, de mi rostro y de mi torso sobre la chapa polvorienta. Orgasmos mutuos y uno más, que extrajiste esta vez con los dedos de tus manos, untándome de paso con tu acabada.
¿Y el pollito? Ah! Estaba delicioso, como todo lo que das a probar.



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