Así
lo cantaba Soda Estereo, una banda que en los 80 se metió en la piel de todos
los argentinos.
Quién
hubiera imaginado que esa letra además se me iba a hacer carne y darle tanta
fidelidad. “…de aquel amor de música ligera, nada nos libra, nada más queda…”
Esa
noche pensaba que si mi blog no fuese estrictamente de historias eróticas, Bs.
As, y su variedad de ambientes y personas se merecerían un cuento. Pero tuve
que ver a ese tipo, tentarme y no dejarlo pasar, tenía la excusa que necesitaba
para ponerme a escribir.
…..
El
domingo comenzó con un paseo por la Costanera Sur, haciendo yoga frente al río.
Después una merienda en Puerto Madero. Finalmente, cerré la noche en Plaza Dorrego.
Las personas a mi alrededor fueron mutando, grupos de familias tomando mate,
deportistas corriendo y en bici, luego manadas de ciudadanos en rollers
(demasiado rápidos como para pensar en un levante) y finalmente el mosaico de
razas fusionadas en San Telmo, un lugar en donde sí se busca, se encuentra,
desde antigüedades bizarras hasta amantes de lo más diversos.
San
Telmo me ha ofrecido en este último año, un artesano fusión con fotógrafo, un
percusionista del candombe uruguayo y un músico de jazz. Casi, y digo casi
porque las energías o los astros se desviaron y no me permitieron concretar, un
amigo de la astronomía que se para en una esquina a ofrecer a los transeúntes
una mirada a la luna en su telescopio.
De
algún modo, todos conectan con las sensaciones, lo táctil, lo visual, lo
auditivo. Artes en las que yo sin duda me expreso y desde las cuáles me encanta
percibir al mundo masculino.
El
candombe y la murga callejera ya habían terminado su show para esa hora, las
esquinas donde suele haber tango ya habían cambiado también de estilo, así que
después de una recorrida a la plaza acepté la oferta ambulante de entrar a un
bar donde a cambio de la consumición se podía disfrutar de jazz en vivo.
Mi
destino elegido entonces, fue un barcito lleno de gente entrando y saliendo.
Conversando entre las mesas y en la vereda cuando pintaba fumar.
Me
elegí una mesa, al lado de una pared, con el lateral de la barra de fondo y con
vista hacia el mini escenario y hacia la calle también. Cerca de mí reconocí la
canasta de mimbre de unas chicas que media hora atrás me habían vendido un rico
pan caliente relleno de queso. Tenía me computadora en el bolso y un café en
camino (una lágrima en jarrito en realidad). Antes de asilarme en mi burbuja de
escritora me dispuse a mirar, y fue en ese momento, que lo vi entrar con una
pandereta en la mano. Un tipo sencillo y discreto, algo más bajo que yo, que entró
saludando a los amigos y se paseó de mesa en mesa. Cuando la banda se dispuso a
tocar, este tipo que había capturado mi atención subió a tocar la batería.
Tengo
un fetiche con los músicos en general, y con los bateristas en particular. No
puedo dejar de pensar en sus capacidades para desdoblar sus miembros y tocar
distintas cosas, con distintos ritmos y a su vez estar ejecutando la misma
melodía. Buena música, con cosas entretenidas para mirar y el clima necesario
para descolgar mi mente y ponerme a trabajar en un nuevo texto. Los músicos se
intercambiaban, cuando el salió a fumar, lo seguí con discreción buscando la oportunidad
de charlar, pero había mucha gente afuera y la cosa, por culpa del destino u
otra vez de los astros se volvió a desviar. No pude hablarle, pero aproveché
para mirarlo de más cerca y en más detalle. Le hice una escaneada a su cuerpo y
su lindo trasero que se insinuaba bajo su jean, me dio más ganas de desnudarlo.
Entró antes que yo, y me aseguré de buscar su mirada y que la mía no quedara
sin ser vista. Supuse que él me había percibido. Más tarde otra pausa, uno de
los tantos músicos se sentó en mi mesa, en la que sobraban sillas libres y
cuando él casualmente pasó a nuestro lado, lo invité a sentarse a mi lado.
Hablamos
algunas boludeces, me preguntó que hacía con la compu y yo respodí, pergunté
con qué frecuencia tocaban y él respondió, pero más que nada lo olí. No sé si
exactamente con las narinas, o con mi sexto sentido, con esa parte intuitiva de
mi cerebro que me dice con certeza si un tipo desea cogerme y si además es de
esos que lo hacen con esmero.
No
dejé muchos minutos hasta que casualmente también la conversación grupal se
redujo solo a nosotros dos. No dejé muchos instantes hasta hacerle saber, que
había llamado mi atención pero que temía que esa noche, al menos, él estuviera
acompañado. Lamentablemente él confirmó todas mis presunciones, la del deseo
con ojos receptivos, sorprendidos y halagados; y la de su compromiso, de largo
plazo, con ojos impotentes o tal vez levemente frustrados. Igual que al otro
músico yo le había dado mi tarjeta de publicidad del blog de cuentos eróticos y
le dije: “No te preocupes, suele pasarme que mis fantasías alimenten a otros y
eso también me satisface, tal vez esta noche te eches un polvo salvaje pensando
en mí, aunque no conmigo.” Pretendía liberarlo de culpas con mi frase y dejarlo
ir, pero sin embargo se quedó ahí, y mientras su boca pedía que no lo torturara
con las posibles fantasías que había imaginado, su palabra remarcaba sus
capacidades musicales/corporales apuntando justo a la cueva donde se escondían
mis ratones.
Me
miraba y resoplaba, como quien está enojado y refunfuñando, supuse que por la
imposibilidad moral de concretar un encuentro. Creo que también me olía porque
se movía lento, cuando se me acercaba un poco, o se reclinaba suave sobre la
mesa. Fue entonces él quien no dejó pasar el tiempo y apoyó sus piernas contra
las mías y empezó a mecerse suave acariciándome con sus rodillas. Más allá de
la osadía del contacto, se mordía los labios y yo sospeché, que eso sería todo,
que estaba decidido a contenerse.
Siguió
una tanda más de música, volvió a subir al escenario, yo me esforzaba por mirar
a la totalidad de los músicos, para que la gente a mi alrededor no sospechara
ninguna intención secundaria. Debo admitir que me entregué al placer de mis
oídos, convencida de que ese sería el único sentido que saldría satisfecho esa
noche. Es necesario decir, que los vientos sonaban de la putísima hostia, y que
bailando y sonriendo como muchos a mi lado, la desilusión que tenía se fue
disipando.
Más
tarde volvió a sentarse a mi lado.
Retomamos el roce de las piernas. Él bajó su mano, de forma que nadie pudiera
verlo y empezó a acariciar mi pantorrilla. Yo apoyaba mi muslo más fuerte
contra el suyo, aceptando la caricia. Él metió sus dedos en el pliega de mi
rodilla, y los movió suavemente. Este rincón de mi cuerpo me excita mucho,
además de ser muy sensible, veo un paralelo con mi entrepierna, con sus
pliegues y calor concentrados entre los fuertes músculos. Después me deslicé
hacia adelante en la silla, como si mi intención fuera apoyarme cómodamente en
el respaldo, él aprovechó la disponibilidad de mi muslo y también me tocó. Sin
duda yo quería que siguiera, que subiera, pero no había modo de ir más allá sin
que la gente del lugar nos viera.
Abrí
un nuevo documento de Word y escribí:
“ESTOY PENSANDO SERIAMENTE EN INVITARTE AL BAÑO…”, le señale la pantalla, él se
arrimó a leer y respondió con un suave cabeceo asintiendo y diciendo: “Bueno,
vamos, pero ¿a cuál?”. Coordinamos los detalles como, que él se levantaba
primero, que yo guardaba mi net book y pagaba mi cuenta, que me metía al baño
de chicas, que le hacía una seña y sin más él se dirigió al fondo.
No
fue tan simple como lo planeamos, o más bien lo improvisamos, porque apenas
llegué al baño entro una chica y segundos después otra más, ocupando ambos
cuartitos, yo hice tiempo lavándome las manos, me temblaban, estaba nerviosa. Me
asomé al pasillo común de los toilletes y él me dijo que también había un
chabón en el baño. Se volvió al salón, yo temí por un instante que se
arrepintiera, que se fuera en medio del aturdimiento de mi propuesta, de lo
inesperado, de los pequeños inconvenientes técnicos. En el baño de damas, se
desocuparon simultáneamente ambos compartimentos y yo entré a hacer pis, más
que por ganas por disimular. Al salir, estaba vacío, al asomarme otra vez al
pasillo, lo vi a él haciéndome señas de que el de hombres estaba vacío también,
y de que lo siguiera y se fue para adentro. Lo seguí, tratando de ni mirar
hacia la mesa que estaba cerca, para ni enterarme si aún estaba llena y si corría
el riesgo de que nos descubrieran.
El
baño de hombres tenía un lavatorio, tres migitorios y un solo cuartito con
inodoro. Nos metimos de una y cerramos con la traba. Apoyé en el suelo, en un
lugar seco y limpio mi cartera y el bolso de mi net y antes de que siquiera nos
besáramos, levantó mi ropa y me lamió el pezón izquierdo. Con su mano izquierda
acariciaba mi espalda y mi cola y con su mano derecha fue directo a mi
entrepierna que tanto lo esperaba, el calor brotaba de nuestros cuerpos, me
friccionó unas veces y después se metió dentro de mi calza y debajo de mi
tanga. Yo estaba re húmeda. El empezó a desabrocharse los pantalones y yo le
dije “sí, dame eso, dámelo”, terminé con él de abrir su ropa y una verga larga
todavía en proceso de erección salió a la luz fría de tubo incandescente del
baño. “Mostrame todo”, le dije. Al
levantar su ropa, apareció un cuerpo tan fibroso y delgado como el que yo había
vislumbrado y esperaba encontrarme. Él no dejaba de masturbarme, mi pantalones
y tanga estaban a la altura de mis tobillos, y mi mano envolviéndole la verga.
-“Tengo
un forro en la cartera, ¿me querés coger?”
-“Qué
previsora”,
-“Es
que me gusta disfrutar sin preocupaciones”
Rescaté
un preservativo, lo abrí, y cuando volví a ver su verga en detalle, con su gran
vena verdosa remarcada en el centro y su cabecita enrojecida, voluminosa, notoriamente
más grande que el tronco, que de por sí ya tenía un ancho muy atractivo, demoré
la colocación del preservativo, para no arruinar el sabor de su pija con el
latex y poderla saborear.
Él
estaba con las patas a los lados del inodoro que tenía la tapa baja, medio
reclinado para atrás, sosteniéndose con las manos en la pared de atrás. Yo me
agaché frente a él y con su pija frente al rostro a centímetros de la nariz, lo
miré. “Cométela un poquito, está limpita” dijo, y no había duda de que eso iba
a ocurrir. Devolví la gentileza de su lamida en mi pezón, humedeciendo su
glande con la punta de mi lengua. Después lamí el tronco, deslizándome
específicamente sobre esa gran vena. Segundos más tarde sus huevos. Teníamos
poco tiempo, pero mi lengua fue también en busca de sus fibrosas ingles, de su
abdomen hundido, de su ombligo escondido bajo la tira de su riñonera. Me metí
un instante, todo el glande en la boca y
levanté mis ojos. Soltó un gemido, yo le hice seña de que hiciera silencio. Su
sonrisa, su frente transpirada, sus ojos de placer mezclada con incredulidad me
encantaron. Puse el forro, me paré y me
puse de espaldas, me la metió un poquito, se sentía tan bien, pero el lugar no
me dajaba agacharme lo suficiente para acomodar nuestras alturas o nuestros movimientos
y después de un par de penetraciones mal llevadas, nos separamos, cada vez más
calientes y volvimos a tocarnos mutuamente.
-“Te
quiero hacer acabar así, ¿me dejás?” me pregutntó.
-“Quiero,
pero me mojo mucho”, le expliqué casi apenada, sin saber si él sabría que
algunas mujeres acabamos con voluminoso squirt.
-”Chorreate
toda, quiero ver cómo te mojás”, fue su respuesta como si supiera perfectamente
cuan efusivo podía ser mi orgasmo.
Estábamos
en la pose original, yo contra la pared lateral, él con el inodoro entre las
piernas y su mano derecha apretándome la vulva. Yo lo pajeaba con mi derecha
también y con la izquierda le tocaba la panza, y después le tironeaba del
cierre de su campera para traerlo hacia mí y poder besarlo mientras mi orgasmo
venía decididamente en camino. Hacía un rato habían entrado 2 flacos que
mientras meaban no dejaban de charlar casi a los gritos, eso fue ideal, porque
los ruidos tapaban los gemidos. Yo le buscaba la boca, pero cuando empecé a
acabar, sabía que mantenerme en silencio iba a ser prácticamente imposible, así
que hundí la trompa contra su nuca, apretándolo con los labios, sintiendo el
calor que emanaba su cuerpo.
“Chorreate,
quiero verte” volvió a decirme.
¡Cuánto
me excita que me lo pidan! me libera, me dan ganas de soltar todo. Traté de
controlar el caos arrimando un tacho de papeles, para que atajara mis aguas,
pero la bolsa de residuos había quedado mordida y atrapada entre la puerta y su
marco en un rincón y no pude moverlo. “No te preocupes, después yo limpio”
volvió a tranquilizarme y a autorizarme a disfrutar sin temor. Me dejé caer un
poquito deslizándome sobre la pared, mis muslos temblaban, y mi vagina se
contraía soltando su squirt, deliciosa agüita mojando sus dedos que seguían moviéndose
y dándome placer. “Ahhh”, sonó mi gemidito ahogado en su nuca. Su verga, que
nunca solté se había endurecido con todo, seguía con el forro puesto de modo
que le pedí que aprovecháramos esa dureza y me la pusiera un poquito más.
“Después yo también te la saco con la mano” dije mientras volvía a mi posición
de espaldas. A pesar de la aún presente contracción de mi vagina, el abrió la
estrechez y se metió hasta la mitad. Me estaba cogiendo a este tan interesante
tipo, con la concha todavía mojada por mi squirt y tuve un pequeño plus
orgásmico, a pesar de la incomodidad de la pose. Me salí, me di vuelta, le
arranqué el forro y lo tiré en el tacho de la esquina, lo empecé a pajear de
frente, pero tenía ganas de verlo todo, de tocarlo todo.
“Quiero
verte todo” volví a decirle, mientras él se levantaba la pilcha, yo lo traje
hacia adelante mío, y desde sus espaldas (viendo ese maravilloso y fibroso culito)
lo pajée desde atrás. Era lampiño, y su piel era muy suave. Lo sentí rozando
contra mi Monte de Venus, fue una escena bastante masculina (al entendimiento
cultural general del cual yo reniego), pero debo admitir que me sentía
responsable de ese levante, y me excitaba tenerlo desnudo, con sus nalgas
apretadas contra mi pubis. Lo habría chupado por horas, pero no había tiempo,
así que apenas pude relamer su pubis mientras lo pajeaba, poniéndome en su
costado e inclinándome un poco. Ahora él estaba contra la pared y yo le daba
murra a su pija con la mano derecha.
-“Qué
bien me la estás haciendo” fue la primer
frase anticipando el final,
-“También
va a saltar toda” fue la segunda frase,
-“Me
gusta así, fuerte, fuerte” Fue la tercera y la vencida.
No
llegué a preguntarle si quería con la cabecita afuera o adentro, su leche
saltó, tal como lo había prometido, sus pies chapoteaban en mi charquito y el
segundo disparo de leche lo hicimos caer estratégicamente en el tacho.
Nos
miramos, nos reímos. Él tenía el rostro colorado y húmedo y calculo que yo me
vería igual de caliente y bien cogida. Contra la pared, lo besé de despedida y
nos abrazamos un poco.
-“¿Cuál
era tu apellido?”, pregunté.
-“Preferiría
que te olvides”, se negó.
-“No
te preocupes, he aprendido a disfrutar también de los encuentros fugaces y
únicos”
-“La
pasé muy bien”
-“Yo
también” le confirmé sin dudarlo.
-“Gracias”
fue su última palabra desde la semidesnudez.
Siempre
llama mi atención cuando en un intercambio de placeres, de obsequios mutuos, de
caricias, de calentura compartida alguien dice gracias. Sin duda, la respuesta
cortés y apropiada no es “de nada”, así que sólo recibí su agradecimiento, de
di otro beso, acaricié su cara, volví a decirle que me parecía un tipo muy
interesante. Subimos nuestras ropas, yo me escapé. Supongo que él se quedó
limpiando, me escurrí al baño de damas. Otro pis, sólo por rellenar el tiempo,
me lavé las manos, salí. La mesa frente al ante baño estaba vacía, sentí
alivio. Me dirigí a la puerta, saludé a la gente con la que habíamos compartido
mesas, música y charla, lo saludé a él también, como a uno más, solo que llena
de saberes privados que guardaré con recelo y me fui.
“…de
aquel amor, de música ligera, nada nos libra, nada más queda…”


Aunque no hubieses ganado el Juan Rulfo, podremos disfrutar de tus cuentos picantes. Un saludo.
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