Creía que mi visita a ese pueblo del interior sólo perseguía un fin comercial, la compra de un tractor corta césped para la nueva casa quinta de unos primos.
Había revisado muchos avisos clasificados del producto, y visto algunos en capital pero no me cerraban en costo / beneficio.
Una vieja conocida, actualmente paisajista, me comentó de un antiguo empleado suyo que ahora vivía en la provincia que quería liquidar una máquina. Me pasó su celular para que me contactar con él, yo recordaba haber visto a sus colaboradores en alguna oportunidad y justamente ese morocho rapado con barba chiva me había llamado la atención.
Hacía unas semanas que tenía ganas de darme una escapada al campo, a disfrutar del sol y el aire libre y además me había comprometido con mis parientes de encargarme de esa gestión. La locación estaba a unos 200Km, de modo que todo cerraba perfectamente. Salí temprano, pasé a conocer un pueblito que me habían recomendado, almorcé en un restorán antiguo muy pintoresco. A la tarde, casi en el ocaso, me dispuse a ir a mi destino, apenas a unos 30Km más de ruta.
Al llegar al pueblo, como no tenía la dirección exacta pregunté en la estación de servicio dónde quedaban los viveros de la zona. El playero me dio dos direcciones posibles y me dirigí a la primera a probar suerte. El cartel del lugar me confirmó que estaba en donde debía, pero estaba cerrado. Me preocupó que el vendedor su hubiera ido más temprano y haber viajado al pedo. Le mandé un mensaje de texto al celular. Él me informó que estaba demorado en una plantación que por favor lo esperara media hora, que el comercio estaba cerrado pero que igualmente él tenía el tractor en un galpón, que no me preocupara.
Ya estaba ahí, así que me fui a la esquina donde había un lindo bar a tomar un café con leche (de vaca, pensé). Estaba molesta, me di cuenta que había fantaseado con que el morocho me tenía vista a mí también, y que ansiaba con verme. Su demora mi hizo caer en la realidad de que sólo se trataría de una transacción comercial, con algún contratiempo menor. Para colmo, ni siquiera me iba a recibir en su local, dándome tiempo de charlar y ver qué onda, sino en el galpón y a las apuradas, supuse.
Al ratito, recibí un llamado suyo, me decía que a metros del bar, en la misma cuadra estaba el galpón, que estaba pasando justo con su camioneta y que la iba a guardar mientras yo terminaba mi merienda. Me pareció atento, pero tan concreto que seguí pensando es su desinterés para otros asuntos más candentes. Pedí la cuenta, me puse mis camperas, hacía mucho frío, menos de 5°C. Mientras salía recibí un mensajito de texto que decía: “Estoy adentro, está la puertita abierta, pasá al fondo”.
Caminé unos metros, era cierto, la “puertita” del lugar, que parecía más bien un garaje, era pequeña y angosta, había que agacharse para entrar. Pude ver que el predio estaba vacío y que al fondo había un galpón con la puerta entre abierta y la camioneta adentro. Supuse que estaba atrás, pero al traspasar la puertita, esta se cerró a mis espaldas como si estuviera embrujada. Desde atrás apareció él, camuflado entre las sombras, vestido de negro, se recortaban solo sus ojos contra la oscura noche que ya había caído. Lo sentí como un lobo al asecho, fue inevitable que todos los ratones volvieran a estallar en mi cabeza, y que el deseo de ser su presa me invadiera.
“Por allá”, dijo él señalando el camino. Al avanzar sentí sus ojos en mi espalda atravesándome la ropa, desnudando mis formas sin permiso. Entramos, y cuando cerró la puerta grande corrediza del galpón, a la luz de los tubos fluorescentes puede ver su rostro hambriento, aullando en silencio. Sus ojos estaban consumiéndome y su boca se entreabrió en una exhalación que sonaba como a suspiro y gemido. Yo no era una clienta en su galpón, sino una ovejita indefensa atrapada en el corral con un lobo negro y feroz dispuesto a destrozarme entre sus fauces.
Se me acercó sigiloso, creí que iba a morderme, en cambio su labios se apoyaron suaves contra los míos y me respiró profundo, como metiéndose mi aroma por las fosas nasales. Su lengua me recorrió los labios, mientras sus manos se deslizaban por mi espalda, mi cintura y mi cola. Yo estaba entregada, terriblemente deseosa y le pedí: “Apretame un poco”, él me abrazó, me sostuvo de la nuca y del culo y me besó muy profundo. Me iba a arrojar sobre la camioneta, pero su lado humano y caballeroso, observó las salpicaduras de barro y antes de aplastarme contra la chapa, bajó la tapa de atrás para que no me ensuciara la ropa.
Esta maniobra dejó como una tarima, de cobertura plástica y ranurada a la altura de mi cadera. Hice una breve pausa y dejé ahí mi cartera, mi campera y mientras pensaba si debía desnudarme o esperar, él se me acercó desde atrás, besándome nuevamente, acariciando mis tetas por encima y por debajo de la ropa también. Me desabrochó el pantalón. Tiró para abajo, arrastrando mi tanga y en cuclillas detrás de mí comenzó a lamerme los genitales. Yo me recosté hacia adelante, sobre el colchoncito de prendas recién armado y disfruté sus chupadas.
“Estás tan rica negra, mirá que caliente me tenés”, dijo mientras se ponía de pie con su verga dura y venosa asomándose de su bragueta. “Dame de comer”, fue lo único que atiné a responderle. Dejó caer sus pantalones y se sacó todo lo que tenía arriba. Ahora era yo la que estaba de cuclillas, sacándome mi swetter y remera para que él pudiera tocarme las tetas mientras lo chupaba. “¿Así que te tomaste un café con leche? Dentro de un ratito vas a tener más. Ahora me toca a mí”, me hizo levantar, me recostó sobre la tapa de la camio, yo me saqué los pantalones, dejándome el calzado para no pisar el piso helado y me abrí de piernas para él. Esta vez, no era solo un recorrido de placer de su boca contra mi vulva, era un camino con un destino final que era mi orgasmo. Se relamía y me untaba toda su barbilla, con tales ganas que de verlo la excitación me volaba los sesos. “Bésame con ese gusto a concha”, le pedí y el sólo por complacerme se desprendió de mí entrepierna unos segundos y luego de besarme volvió a su trabajo.
Estaba tan caliente, increíblemente, hacía apenas 10 minutos atrás yo estaba en el bar. Ahora estaba ahí viendo como entre mis piernas además de su lengua, él metía sus manos, me miraba tan concentrado la conchita, hundía los dedos, tan como si supiera que apretando mi punto G podía hacerme explotar. Estaba parado bien de frente a mí, de modo que al expulsar mi squirt iba a mojar todo su abdomen y ropa. “Correte porque voy a salpicar tus pantalones, me mojo a chorros”, le advertí, él se corrió como amparándose por el lateral de la camioneta y comenzó a sacudir sus dedos, con más ganas, con más fuerza, con más lujuria. “Te voy a sacar toda el agüita”, me susurró.
Fue imposible no gritar, no explotar, no chorrearme explotando varias veces para él. Mis piernas abiertas, la derecha apoyada contra el costadito de la camioneta y la izquierda en el aire apuntando al techo de chapa lleno de telas de araña. El suave olor a nafta mezclado con el dulce picante de mi acabada. Lo rustico, me hacía hervir la mente y la concha en medio de la noche recién caída sobre este galpón lleno de máquinas y de pasto recién cortado. Mis ojos volvieron a mi amante lobo y ahí seguía él sacudiéndome en una paja tan certera que mis glándulas se recargaron por cuarta vez. “¡Ahí vá con todo!” le grité, y empujando su antebrazo para que su mano saliera de mí dejándome lugar, un chorro violento se disparó lejano, chocando contra un bidón de 50 litros que estaba contra la pared. El ruido del golpe sonó como un chorro de soda cayendo sobre plástico. Ambos sonreímos. Mi cabeza se debatía entre mirar todo eso o seguir escaneando el lugar.
Él se puso de frente a mí, y se aseguró de sacarme un poquito más de squirt, pero como gotitas. Un poquito había caído sobre su brazo derecho cuando me masturbaba y él quería que bañara su pija y su pubis. Así lo hizo y después me la metió. Iban 20 minutos desde mi llegada, y parecía que habíamos esperado una eternidad para que por fin me cogiera. Con la cabeza levantada, lo veía meterse y salir de mí en ese delicioso vai-ven sexual. Por estar semierguida, apoyada en mis codos, pude ver que en un rincón había unas bolsas de tierra apiladas formando una torre. Los ratones no dejaban de masticar mis neuronas a pesar de los orgasmos recientes. “Cogeme en cuatro allá”, le pedí. Me la sacó, me bajé de la camio, y me subí al montículo de bolsas pisando unas más bajas que estaban dispuestas en forma escalonadas sirviendo de escalera.
Otra vez, ovejita en cuatro patas, a merced de su asechador. Yo en el borde, él parado un nivel más abajo quedando a la altura justa. Me dio por atrás un momento, me volteó para darme otro poco de frente también. Yo estaba casi lista otra vez. “Por favor chupámela”, me pidió, este equilibrio entre lo brutal y lo dulce me descontrola. Me bajé a su nivel, otra vez en cuchillas chupándosela, pero esta vez con gusto a mí. Pensé en la segunda merienda que él me había prometido y sabía que me la estaba por dar. Chupé y lamí, haciendo caso a su pedido de que no usara las manos, sino solo la boca. Me ubiqué para que su pantorrilla se calzara en mi entrepierna y para que su tibia se apretara contra mi clítoris. Chupé y lamí, otro poco más. Cuando él me levantó el rostro para que lo mirara, ensanché mi lengua para sentirla pasar. Su pija se contrajo y latió. Su leche atravesaba sus conductos para llegar por fin a mi garganta, después de deslizarse por mi lengua en el interior secreto de mi boca cerrada, de labios apretados envolviendo el tronco de su verga.
“Quiero volver a acabarte ya”, le dije, casi como una súplica. Mientras aún sentía en mi boca las últimas gotas de semen drenando de su miembro, él se acomodó para llegar con sus manos a mí. Con las comisuras de la boca aún blanquecinas, me recosté un poco hacia atrás y él me tocó por dentro con la misma entrega que al comenzar. Yo me tocaba también, apretando mi clítoris entre mis dedos y los suyos y la potencia del orgasmo otra vez empezó a estallar. “¿Te gusta el barro?” pregunté irónica entre sonrisas, inmediatamente mi eyaculación brotó una vez más desde mi interior. Yo me retorcía y escuchaba que él me decía que tenga cuidado, que no fuera a caerme. Pero mi cuerpo se convulsionada espontáneamente para acompañar el vigor arrebatador de ese placer tan intenso. Mi squirt se derramó, como un pequeño río entre las bolsas de tierra, escurriéndose hasta el piso.
“Abrazame”, fue mi último pedido. Él se volcó sobre mí, su pecho estaba cálido y su espalda congelada, recordé que estábamos en esta noche fría de invierno. Allá en la otra punta, el tractor de cortar pasto que fui a comprar. Allá al frente, el portón de chapa sacudiéndose con el viento. Allá a 200Km mi casa, y acá, este lobo furtivo y esta oveja vistiéndonos.


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