*Bombón de chocolate para rellenar. UNO
*Crema de leche. CANTIDAD ABUNDANTE
*Manga. UNA
*Saliva. CANTIDAD NECESARIA
Sugerencias del chef:
*El chocolate, cuando levanta temperatura se hace más maleable.
*Es conveniente que si desea rellenar doblemente, primero se preparen dos agujeritos.
*Facilita la colocación de la crema dentro de estos orificios la utilización de una manga.
*Un cocinero experto manipulará la manga usando sus manos para racionar la dosis justa en el lugar apropiado.
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Tal vez piensen que esta historia va a tratarse de algún encuentro hot en la cocina de alguien. O bien de cuerpos bañados en chocolate, endulzados para ser lamidos.
Lo siento, no hay nada culinario en este relato, no habrá merodeos ni suposiciones. Es que este tipo, me pone tan caliente, que sólo podré remitirme a los hechos.
El público susceptible a lo explícito, retírese a tiempo, esto se va a poner sucio.
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Apenas llegamos al estacionamiento, al pie de las escaleras de nuestra habitación, abrí la ventanilla, bajé mis pantalones y mi tanga y me asomé para afuera, quedando en cuatro patas sobre el amplio asiento de la camioneta. Sé que él, adora cosechar imágenes de mí en su chata, porque estas vuelven a su retina cuando se sube cada mañana para ir a trabajar, a pesar de mi ausencia.
Este hombre contemporáneo, me ha dado en este último tiempo, el mejor sexo oral que haya deseado. No importa en qué posición me encuentre, el encuentra la manera de incrustarse en mi vulva, de llegar con sus labios y su lengua hasta mi clítoris, de recorrer mis labios vaginales, mis ingles, las pequeñas curvas y mi perineo con un ritmo y una dedicación incansables.
Esta vez, además de sus técnicas de siempre, aceptó la totalidad de la oferta de mi posición de gato, y también relamió mi ano. Su lengua recorrió mis glúteos, y antes de que llegara más profundo, mi conchita ya estaba echando miel. Su lengua, fuerte, caliente y mojada, se hundía en mí mientras con su mano estimulaba mi clítoris. Aunque la cosa se ponía cada vez más intensa, me convenció de vestirnos y subir al cuarto.
Llegamos a la habitación, con bastante demora a pesar del corto trayecto, porque no distraíamos con tocadas en el camino. También me entretuvo su pija BRILLOSA la cual tuve que comerme porque se me hacía agua la boca. Pero en algún momento ya sin ropa ambos, volví a ponerme en cuatro patas y retomamos nuestros trámites pendientes.
Los espejos crean un siempre un ambiente alucinante, donde los estímulos visuales nunca se acaban. En esa oportunidad, al levantar mi cabeza, podía verlo a él, perdido entre las lomas de mis nalgas y volviendo a emerger luego de deslizarme su lengua ancha por todas mis ranuras. Como lamida de perro, cuando llega al final de su plato de comida y raspa el fondo para sacar todo el sabor, así me hurgaba él.
Esta vez, el estímulo y el placer en mi cola era tal, que no lo necesitaba en ningún otro lado. Ni siquiera tuvo que usar sus dedos para prepararme y abrirme despacito. Su lengua, sus ganas y mis ratones habían hecho todo el trabajo. Sentía como mi pequeño agujerito, perdía su condición de estrecho, para abrirle paso. “Este culito quiere más”, me dijo él, “Me lo está pidiendo, se abre solito, ¿no?”.
Confío en su palabra y conozco mi cuerpo, no había duda de que así era. Me llevó hasta el borde de la cama, y parado en el suelo detrás de mí, se agarró la pija con la mano derecha, con la otro me separó mi nalga izquierda para abrirse paso. Movía su verga contra mi culo, empastándome con su lubricación, y luego arrastraba desde mi concha mi lubricación mezclándola con la suya. Todo eso lo untaba con su glande en mi ano.
Yo sentía los latidos de mi cuerpo concentrados en este recóndito lugar, haciéndolo más sensible y también los de él que tenía la verga como un poste embadurnado listo para enterrar. Le pedí saliva, no porque hiciera falta, sino porque quería sentir el peso de su gota de baba golpeándome la puerta para que se abra más. Él me escupió una vez, y frente a mi gemido caliente, volvió a repetirlo dejando esta vez caer un chorro más cargado.
La punta de su pija, diseñada por naturaleza como una herramienta penetrante, se apoyó con algo de fuerza, con calma pero con mucha decisión, ahí, justito en la entrada. Yo respiré hondo y contuve un poquito la respiración. Reservé sin pensarlo todos mis gemidos, para que nada me distrajera de ese instante tan esperado de sentirlo entrar. Estaba en silencio, como si pudiera oír la fricción de su poronga adentrándose en las ajustadas paredes de mi cola.
Me sentía como quien aguarda en una estación de subte la llegada del tren, y ve a lo lejos, más allá de la curva del camino, las luces de la máquina anunciando su llegada. Como quien percibe el sonido del bamboleo, un chirrido contra las vías, unos chispazos, y el viento arrastrado por los vagones, sacudiendo las prendas y avientando la cara. Así de ansiosa lo esperaba yo. Su cabecita se metió entonces, primero la puntita, después otro poco. El borde de su glande se introdujo en mí, dejando afuera solo el tronco. El preguntó: “¿Va bien?” y la ausencia de dolor, producto de mi altísima excitación me llevó a romper el silencio y pedirle en un grito: “¡Dámela toda!”.
Se enterró hasta el fondo, sus huevos hicieron tope contra mi vulva, mis manos estrujaron las sábanas de la cama. La piel se me puso toda de gallina, y con cada movimiento de él, mis vellos se erguían cada vez más notorios, casi como si quisieran escaparse de mi cuerpo. Escuchaba sus palabras, sus gemidos y todo me ponía cada vez más candente. Empecé a masturbar mi clítoris que estaba terriblemente lubricado, y le pedí: “Quiero que me tires la leche en el borde, dame un poquito adentro y otro poquito afuera. Quiero que la leche que caiga en mi cola, la untes con tu verga hasta rellanarme de todo lo que se chorrea. Quiero que veas como tu pija se escurre en mi culo. Quiero que lo dejes blanco por fuera y lleno por dentro”.
Él gemía cada vez más intenso, y como si lo que yo le pedía fuera también su deseo, se agarró otra vez la pija con la mano y la empezó a mover en la puerta de mi ano. Enganchando el bordecito con la puntita, tironeaba hacia arriba, como si destapara una cerveza. La leche empezó a salir, sus gritos también. Yo llegaba también a mi orgasmo a costa de mi paja y cuando mi squirt goteaba su verga se me hundió en la concha, con el último chorro de leche que guardaba en su interior. La abundancia de ser el primer polvo para él lo permitió. Tenía crema en el orto y en la concha. Tenía salpicados los glúteos de semen y los muslos de squirt. Solté mi clítoris para extender más mis dedos y acariciar mi vulva con su regalo.
“No seas chancho, mirá cómo me dejaste sucia”, le dije. Entonces él, con sus manos ya libres, empezó a juntar todo ese regadero de wasca para meterlo dentro de mí. Ahora sí, como un cocinero que no quiere desperdiciar su salsa, barrió mi piel con su mano cual espátula y con la punta de sus dedos, guardó cada gotita dentro de mi bomboncito chocolatado.




negra alada, este cuento a sido sublime y caliente,gracias por todo lo que la lectura de este cuent ha conllevado y conllevara,un beso
ResponderSuprimirNacar, y mi comentario que te hice de este fabuloso cuento? jooo desaparecido? borrado? me cago...
ResponderSuprimirPero que impaciente!!! =P
ResponderSuprimirSólo es que están moderados y su publicación no es inmediata!
Gracias por comentar y disfrutar, este y los demás cuentos.
Un besito argentino.
NACAR
Aysss sorry,si a veces me impacienot mucho... es que me gusto tanto y ver que n slaia mi comment, espero mas besitos argentinos
ResponderSuprimirEres grande, ya está.
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