
Casi que su brillo me enceguece y todavía ni te pruebo. No es culpa de mi saliva aunque ya puedo verla bañada por esos trazos de plata. Tampoco es por esa gota de rocío que se posa en su punta, nacida de tu propio ser.
Simplemente está tensa y ardiendo. Late a centímetros de mi rostro. Sabés que la deseo, que se me hace agua la boca, pero mirarla también me da tanto placer que espero. Verla erguirse con tanta firmeza para mí ya me provoca.
El tiempo se congela en ese instante mínimo y eterno previo a la degustación. Me acerco y puedo ver el detalle de las venas principales, hinchadas bombeando su torrente de sangre y de ardor.
Apenas me relamo, para recibirte con labios húmedos. Apenas te lamo, para comparar nuestras temperaturas intentando descubrir cuál de los cuerpos es el literalmente más caliente. No hay modo de diferenciarlo cuando estas partes se funden. Lo que sobresalía orgulloso de tu cuerpo está desapareciendo en mi boca.
Me decís: “Basta, vamos arriba, después te doy más”, y la guardás. Yo me quedo con la boca entre abierta y vacía pero sonriendo porque sé que te gusta tanto lo que te hago y verme disfrutar. Te replico: “Por favor, sólo dámela un momentito más.”
Qué suerte que ninguno se resiste, que tu ropa interior se baja, que tu cierre sigue abierto.
Qué bueno estar sentada en la escalera, a la altura de eso que tanto quiero, viéndote ahí de pie.
Qué sabroso, saber que cuando vuelvas a mis labios vas a querer dármelo todo y no parar.
Qué sacudida provocadora le das con tus manos contra mis dientes.
Qué golpes ruidosos le pegás contra mi lengua que sale amplia a recibirla.
Qué juguetona pintando mis labios con sus mieles.
Qué bien se siente mi pelo cuando lo enroscás con tus manos.
Qué profunda e intensa tu manera de penetrarme.
Qué abundantes sus chorros directo en mi garganta.
Qué caliente su descarga.
Qué rico sos, hasta la última gota.

pura poesia nacar
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