…Déjala correr.
Así dice un refrán que usamos en Argentina. Los dichos populares son tan ciertos que sorprenden. Lo que no es de sorprender fue lo bizarro del final, después de analizar el comienzo.
FOTO: RICARDO READ http://www.flickr.com/photos/ricardoread/5337997414/in/photostream Nuestros encuentros, son tan esporádicos que a veces es difícil estimar en que mes fue la última vez que nos vimos. El formato de nuestras citas, suele estar definido por la escasez de tiempo con la que nos vemos. Esta cuestión del reloj, de su apuro y de mis ganas nos llevó a nuestra cita.
La propuesta era clara, me dijo: “Tengo tiempo para tomar algo, o para ir al telo. Elegí vos.”Yo repondí: “Un trago entonces”. Sabiendo, que a pesar de lo verdadero de su proposición íbamos a tener nuestro momento de sexo.
Desde el vamos, el encuentro fue en la calle. Yo iba desde mi casa en el oeste del Gran Buenos Aires y él desde un Barrio porteño, ambos desplazándonos por la Avenida Beiró. Ni siquiera teníamos un punto fijo de encuentro, tan sólo la estimación de que en algún punto nos cruzaríamos.
Él cambia de auto a cada rato, con lo cual, yo no podía reconocerlo. Dicho y hecho fui yo la reconocida. Sus bocinazos llamaron mi atención. Me detuve en un costadito de la avenida, lo vi por mi retrovisor hacer una vuelta en “U” (indebida, como casi todo lo que hace) y acercarse hasta mi coche. Yo por supuesto llevaba pollera, de amplio evasé aunque larga hasta las rodillas, y una tanguita debajo muy cómoda y elástica también. Tenía un escote moderado, porque creo que es más atractivo la insinuación que mostrar todo, pero además el conoce mi figura al detalle.
Cuando vi que él terminó de estacionarse, abrí mi puerta y dejé asomar primero mis dos piernas. Las pantorrillas libres de incómodas medias de nylon remataban su largo en unos zapatitos negros de taco con tobillera. El resto de mi cuerpo salió al exterior y exageré mi andar cuando me acercaba a su auto, para hacer honor al bamboleo de las caderas latinas.
Él bajó también, con las mismas alevosas intenciones de mostrarse. Su cuerpo delgado y atlético, se delineaban debajo de su buen vestir. Me sorprendió ver el nuevo estilo más familiar y menos deportivo de su coche, después de habernos paseado en su Bora y en su Honda Civic. Esta vez el coche, recién salido de la agencia era un Fox cinco puertas color bordó, que aún tenía puestas las fundas plásticas de fábrica en el asiento trasero. El olor a nuevo inconfundible me hizo pensar cuán importante sería controlar ciertos fluidos.
Resumiendo, me subí con él después de besarnos un la calle y nos fuimos a un bar frente a la plaza Arenales en el barrio de Devoto. Buscamos una mesita aislada en el primer piso. Lo mejor que conseguimos, muy lejos de ser privado, fue al final de la escalera por donde subían las mosas y los clientes al toilette. Desde el ventanal vidriado a nuestro lateral se veían las mesas de la vereda de la heladería de enfrente “Monte Oliva”. Seguramente los que estaban allí sentados, también podrían venos si levantaban los ojos.
Pidió una cerveza y un daiquiri. El tiempo nos jugaba en contra, asique mientras la mosa bajaba por nuestro pedido, yo me crucé al silloncito de la pared junto a él y mientras nos besábamos dejé caer mi mano en su entrepierna.
Él replicó: “¡Che, vinimos a tomar algo!”. Sin sacar mi mano, me sonreí y lo seguí besando. Al toque interrumpimos porque la mosa volvió con nuestras bebidas. Sólo para estar más cómoda me crucé al asiento de enfrente de espaldas a la escalera. No me preocupaba demasiado que no vieran, salvo por el hecho de que si nos íbamos de mambo, nos pudieran echar del lugar.
Mientras charlábamos y nos reíamos de algunas anécdotas, como quien no quiere la cosa me agaché para desabrochar mi sandalia y me la saqué. Volví a mi posición de sentada y levantando la rodilla dejé escurrir mi piecito desnudo sobre sus muslos, cuando llegué a la botonera del jean choqué con su inconfundible y amplia dureza. Él dijo: “Está así desde que te vi bajar del coche”.
Simplemente sonreí y luego señalando con la mirada mi copa, incliné mi cabeza en busca del sorbete y tomé un poquito de mi trago con la pajita apenas aprisionada en mis labios. El mensaje visual era inconfundible, quería en la boca lo que tenía aprisionado con mi pie. Él también mantuvo el silencio y respondió agarrando mi patita y apretándomela contra su pubis mientras tomaba su cerveza. La mosa subió para alcanzarnos más maní.
Dada la interrupción, decidí que era más precavido si yo estaba sentada a su par, para poder tener la escalerita de frente y anticipar al menos con algunos segundos que nos pescaran. A unos metros nuestros había otra pareja de unos cincuenta años que se veían con más ganas de charlar que de toquetearse como nosotros. Así que, decidí copiar con mímica los ademanes de la señora, para dar aspecto de conversadora mientras mi cita deslizaba su mano bajo mi pollerita negra.
La elasticidad de las prendas junto con su decisión de calentarme, ayudaron mucho al encuentro de la yema de su dedo con mi punto G. Si fuera otra persona, u otra escena, criticaría firmemente esta forma poco sutil de abordarme. Si no fuera él con sus modales caballerosos tapando a un sátiro fogoso que me pone de la nuca de caliente, no me dejaría tocar así sin preámbulos en otras zonas. Debo reconocer además que yo deseaba el reencuentro de mi cuerpo con sus manos, o bien con cualquiera de las partes a las que pudiera tener acceso, aún antes de encontrarlo esa noche.
Todos estos pensamientos, duraron una milésima de segundo. Todas las sensaciones golpearon desde mi vagina atolondrando mis neuronas. Él es más que un diablo lascivo con manos hábiles, tiene la memoria de un elefante (y la trompa también aunque no viene al caso). Leí mil veces que el punto G requiere de mucho más estímulo que el clítoris para que se active la circulación, aumentando su sensibilidad y que se exprese así su textura rugosa. Parece que él no necesita mapas de texturas ni termodinámicos, me lo encuentra en una sola y asestada punción.
Me esforcé por no gemir, pero mi jueguito de imitar a la señora conversadora moviendo mis manos cesó por completo. Mis ojos se entrecerraron del placer y no pude evitar mordisquear mis labios. Él me pregunto irónico: “¿Pasa algo? ¿Era por acá?”, antes de yo pudiera atisbar a darle una respuesta, picó y picó con la punta de su dedo en gancho esa deliciosa zona de mi cuerpo. Apoyé mi antebrazo izquierdo en la mesa como si pudiera sostenerme para no caer en ese camino de tentación y con la mano derecha incrusté mis dedos en su antebrazo, ése cuyos dedos se metían en mí.
Seguíamos sentados del lado de la pared mirándonos de semiperfil, él de espaldas al ventanal y yo de espaldas a los baños. Mis rodillas estaban los más separadas posibles, la izquierda debajo de la mesa y la derecha haciendo tope contra el respaldo del silloncito. Me moría de ganas de besarlo, pero parte del juego era disimular lo que ocurría oculto a la mirada de los otros debajo de la mesa.
Así que prosiguió con sus toques. No se limitó sólo a mi punto G, sino que con su pulgar atendió también a mi clítoris. Con la propia humedad que emanaba de mi interior, lubricó mis labios externos acariciándolos con su mano. Yo pude moderar mis expresiones y con mis ojos bien abiertos me puse a mirar por el ventanal a la calle. Fue así que descubrí que en la vereda de enfrente disfrutando de unos helados en cucurucho había cuatro flacos que claramente podían ver lo que ocurría en nuestra mesa, más precisamente debajo de esta.
Creemos que no nos vieron, pero como las bebidas se acabaron y el bar estaba por cerrar decidimos irnos.
Subidos al coche nos alejamos de la Avenida metiéndonos en las calles desoladas del barrio y bajo la copa de un árbol que tapaba la luz del farol de la calle nos estacionamos. Por fin pudimos besarnos como se debe en estos casos tan apasionados, mordiéndonos los labios, hundiéndonos y chupándonos las lenguas, respirándonos el aliento, pausando las bocas antes del próximo acercamiento.
“¿Estás seguro que no tenés tiempo para ir al telo?” le pregunté; “Sabías cuáles eran las condiciones antes de venir y elegiste tomar algo. Igual no te preocupes, no pienso soltarte sin hacerte acabar.” Respondió. Sabemos los dos que yo siempre me llevo mi parte, aunque a veces él no tenga su contrapartida, sin duda también lo disfruta.
Siguieron los besos. Pude tocarlo, desnudar sus partes, sus enormes, largas y enrojecidas partes. Quise chuparlo, siempre es un gusto y un desafió ver si esa vez lograré meter un pedacito más de su pija en mi boca, pero no me dejó. “No hay tiempo” dijo a la vez que me hizo girar. Dándole la espalda, sus dos manos podían operar sobre mí. Todo mi cuerpo se regocijaba con su tacto, mis muslos, mis ingles, mi vulva, mi abdomen, mis tetas. En mi cuello sentía el cálido y mojado trazo de su lengua. Contra mis glúteos latía su víbora de lucifer.
En mi vagina y clítoris, nuevamente la certeza de sus dedos y la palma de la mano abrieron las puertas de placer. Más que las puertas, las compuertas de un dique comenzaban a desbloquearse. En mis glándulas el squirt se estaba acumulando, haciendo presión en la pared superior de mi vagina. Mi cerebro al borde del delirio pero con un dejo de cordura, refrescado por el olor a nuevo del auto, me recordaba que no debía descargarme ahí. La conciencia de que si soltaba las aguas caudalosas de mi orgasmo, el enchastre iba a ser fatal, me hacían contenerme y esta demora aumentaba mi excitación. Él por mi espalda, desenfrenado agitaba sus dedos con un vigor al borde del desgarro mientras me gritaba: “No me ensuciés el auto hija de puta”, sin parar de sacudirme. “Si tuviera lugar me bajaría a tomármelo”, fue la frase que sentenció el final inminente.
Con la concha y la cabeza al borde de explotar, abrí la puerta del auto, me senté sobre la chapa al costadito del asiento. Apoyé mis talones en el adoquín del cordón de la vereda y dejé lugar a sus manos con mis piernas entre abiertas. El cantero del árbol tenía una rejita con unas plantas que tapaban parte de la visual y la otra parte la cubría la puerta abierta. Él se había puesto detrás de mí y seguía masturbándome. Fueron unos segundos, el pequeño margen de tiempo que tomó mi squirt en presentarse desde que llegué a ese extraño lugar del coche.
“¡Dáme esos chorros caliente, guacha!” me pedía él y entre sus palabras y sacudones, lo empecé a largar. Un chorro saltó furioso cuando el hizo lugar con sus dedos sacándolos un instante de mi cuerpo. Éste pegó contra el canto del adoquín y se escurrió hasta la zanja por donde corría ya de antes un fino hilo de agua. Otros chorritos saltaron después, cuando el volvió a meterse y a hacerme vibrar. Él sacó su mano otra vez, cargada de mis jugos, y la chirleó contra mi clítoris salpicando mis piernas. Yo bajé mi mano derecha a mi clítoris aturdido e hinchado mientras él seguía estimulándome desde adentro. Con su mano izquierda me agarraba las tetas y la panza. Con mi mano izquierda yo fregaba la cara interna de mi muslo y también sus peludos antebrazos. Con su mano derecha volvió a meterse y a salirse una y otra vez. Con sus movimientos me sacaba más y más aguas. Todo chorreaba por mi vulva, mi ano, su mano y la mía, la chapa externa del auto se salpicaba y el destino final de este río fue la acequia.
Mezclándose con el sutil caudal de la calle, se fue corriendo mi squirt. Agua que no has de beber…
Después de acomodarnos, también nos fuimos corriendo nosotros, una vez más el tiempo corto se había acabado.

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