


Llegó la noche, cubriéndose de nubes grises y pesadas de tormenta.
Igual de repentino y sin preámbulo, al momento de encontrarnos nos sacamos la ropa y comimos desnudos en la cama, para acariciarnos los ojos con la piel descubierta del otro, mientras el apetito del estómago se saciaba con la pizza con albahaca de tu huerta.
Me estiré un poquito dándote la espalda pícaramente en cuatro patas, para dejar los platos al borde de la cama y tal como lo esperaba te me abalanzaste. Estabas duro, desde antes de que usara tus caderas de respaldo, lo único que impedía tu entrada era ese vestigio de ropa interior que aún nos cubría. Me pareció muy caliente la idea de que me la metas de una, bastó con decírtelo para que bajaras el elástico de tu bóxer, corrieras mi tanguita para un costado y me la empezaras a clavar. En apenas unos segundos la lubricación se hizo presente para facilitar nuestro encuentro. En los siguientes minutos, nos habíamos girado y nos mirábamos de frente.
Recostada en la cama podía ver los árboles sacudiéndose con el tormentoso viento mientras vos de rodillas, entre mis mulsos, deslizabas tu pene dentro de mí. El viento se embolsaba entrando espasmódico por la ventana, mientras vos de tanto en tanto te frenabas y volvías a embestir sorprendiéndome con tus caderazos y pausas inesperadas.
La punta de tu pija es una cabeza roja y latiente, que parece arder cuando sale de mi vagina y roza mi vulva. Casi que me quema y no sé si es tu calor, o el que se genera en la fricción, o es por causa de la hoguera que creás en mi ser.
La cabeza de tu pija es una de tus herramientas más obedientes. Sabés que me enloquece cuando voluntariamente bombeás sangre en ella, haciendo que su diámetro se ensanche notablemente. He visto pocos hombres capaces de convertir su cabecita en un champignon de carne latiente como un corazón a punto de explotar. Me excita cuando lo hacés mientras te la chupo porque siento la sangre abriéndose paso por las venas de tu pija y ésta a su vez presionando contra mis labios. Un torrente que puja por abrirse camino contra la presión de mis labios. Más me caliento cuando hacés lo mismo mientras me cogés. Esa noche, tu pija se convirtió en un martillo que percutió directo en mi Punto G al entrar, y al salir, fueron los bordes redondeados y prominentes de tu coronada poronga, los que amasaron mis glándulas productoras de squirt.
La electricidad que destellaban tus movimientos en mi vagina, los acompañaba el cielo con rayos que iluminaban la noche. Sin duda mi rostro también se iluminaba anunciado la lluvia.
La tormenta estaba a punto de desatarse. Seguíamos de frente, vos de rodillas sentado sobre tus talones, con el torso erguido, hacías que tu pene apuntara bien arriba a esa parte rugosa y sensitiva de mi vagina. Yo con la espalda recostada sobre el colchón y mis caderas sostenidas por tus gigantescos muslos junté mis pies apoyándolos en tu abdomen. Las piernas estaban como en posición de loto, pero con los glúteos despegados del colchón, para que nuestros genitales quedaran a la altura necesaria. Los talones quedaron muy cerca de mi pubis, pero con espacio suficiente para dejarme ver como entrabas y salías. Mis rodillas abiertas sobresalían de los límites de tu torso, tus manos se aferraron de ellas y las empezaste a agitar. Cada vez que te metías en mí, abrías con la fuerza de tus brazos mis piernas más y más. Me tenías aleteando como a una mariposa con alas de cuádriceps y gemelos.
Los truenos sonaban haciendo un trío de voces con tus gemidos y los míos. Sentía que ya no podría retener mi orgasmo y mi squirt por mucho tiempo más. El cielo soltó su agua justo cuando unas gotas de tu sudor mojaron mi pancita al caer de tu frente.
Estaba tan caliente viendo tu mirada, tu lengua retorcerse, tu impulso por bajarte a comerme la boca y tu resistencia por no inclinarte para seguir dándome el máximo de placer vaginal, tus manos casi incrustarse en mis rótulas, mis piernas tensarse cada vez que las abrías, mi labios menores hundirse cada vez que te metías.
Estaba tan caliente que tuve que usar mi mano izquierda para sostener mis pies desde los dedos gordos y agarrarlos con fuerza para que no se separaran.
Estaba tan caliente que tuve que usar mi mano derecha para tocar mi clítoris un poquito. Sólo un poquito, porque mi punto G estaba capturando la mayoría del placer.
Estaba tan caliente viendo tu mirada, tu lengua retorcerse, tu impulso por bajarte a comerme la boca y tu resistencia por no inclinarte para seguir dándome el máximo de placer vaginal, tus manos casi incrustarse en mis rótulas, mis piernas tensarse cada vez que las abrías, mi labios menores hundirse cada vez que te metías.
Estaba tan caliente que tuve que usar mi mano izquierda para sostener mis pies desde los dedos gordos y agarrarlos con fuerza para que no se separaran.
Estaba tan caliente que tuve que usar mi mano derecha para tocar mi clítoris un poquito. Sólo un poquito, porque mi punto G estaba capturando la mayoría del placer.
La lluvia se convirtió en chaparrón y el cielo empezó a caerse justo cuando te grité: “¡Me vas a hacer explotar!”.
Tengo un leve recuerdo de vos intentando advertirme en medio de la confusión que si seguía retorciéndome te iba a sacar.
Tengo la clara imagen de tu pija descorchándose de mí, y del torrente de líquido proyectándose desde mi vagina hacia tu pubis.
Todavía me escucho diciéndote con torpeza: “Volvé a meterla, rápido, hay más, tengo más, sacámelo todo.”
Todavía tengo la sensación de descarga brutal y reiterada.
Todavía escucho la potencia del agua golpeando las paredes, las ventanas y el suelo.
Todavía veo la cascada de mi orgasmo bañando tu pija, destiñiéndole el rojo, extrayéndole el blanco.
Tengo un leve recuerdo de vos intentando advertirme en medio de la confusión que si seguía retorciéndome te iba a sacar.
Tengo la clara imagen de tu pija descorchándose de mí, y del torrente de líquido proyectándose desde mi vagina hacia tu pubis.
Todavía me escucho diciéndote con torpeza: “Volvé a meterla, rápido, hay más, tengo más, sacámelo todo.”
Todavía tengo la sensación de descarga brutal y reiterada.
Todavía escucho la potencia del agua golpeando las paredes, las ventanas y el suelo.
Todavía veo la cascada de mi orgasmo bañando tu pija, destiñiéndole el rojo, extrayéndole el blanco.
Todavía pienso que el cielo nos copió, porque le gusta lo que hacemos.

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