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martes, 8 de febrero de 2011

VIBRANDO


Cuánto me gustás. Todavía laten mis labios con la energía que dejaron impregnados tus besos en ellos.

Soy un campanario. Mi orgasmo explota una y otra vez con el sonido profundo y temerario de las campanas que hacés vibrar en mí. Cada campanada es distinta y su sonido dura mas allá del silencio en el que quedo inmersa después del estruendo que producís en mi cuerpo con tus acciones.
Los sonidos graves y agudos de mis membranas vibrando, levantan en vuelo un centenar de palomas, un revoloteo disperso pero aunado de sensaciones de libertad, de escape de ganas de volver, de espirales en el cielo, ese que se abre en la habitación cuando nos juntamos.
Campanas que al sonar, agitan la respiración o cortan el aliento, detienen el tiempo a la vez que lo marcan. Campanas de festejo, sonidos de anhelo y de redención de vino hecho sangre, de carne hecha alimento.

Soy un campanario, y la fuerza del orgasmo que robás en mí, ese que buscas hasta el final, hasta el cansancio, hasta el agua, hace que me quede temblando hasta los cimientos. Sacudís mis muros, agrietás mi suelo, estremecés mi piel, dejándome al borde del derrumbe. Tu abrazo me sostiene y me reconstruye. Tus besos me ensamblan para volver a desarmarme.

Soy un aljibe, vos sos el peregrino sediento que viene a beber de mí, a saciar la sed, a buscar la paz después de atravesar un desierto endemoniado de deseos tan ardientes que te queman.
Las plantas de tus pies están en llagas, el camino que nos separa es muy largo, pero igual lo atravesás sabiendo que el oasis de placeres que se dibuja en el horizonte, no es espejismo, sino mi tangible cuerpo.
Soy un campo de algodón, soy tu cosecha. Las yemas de tus dedos están ampolladas, pero tus dedos de campo no se detienen ante el cansancio, ni se asustan con las espinas, hurgás mi fruto hasta obtener el capullo de algodón que arrancás de mi cuerpo, una y otra vez.

Soy la brasa, la llama, el fuego, que jamás se hace ceniza en tu presencia, porque sos la brisa que me aviva, el soplido que me enciende, el viento que me invade y me enloquece. Sos mi oxígeno, mi alimento, mi chispa. No puedo arder de este modo en tu ausencia.

Soy un mar tan salado que podés nadar en mí sin esfuerzos. Sos un manantial sabroso, puro y cristalino del que puedo beber incansablemente. Nuestras aguas convergen y se mezclan en un delta. Nuestra unión baña nuestras pieles de arenas curtidas por el sol.

No hay principio, no hay final, sólo encuentro. Mi vida comienza cuando muero en tu boca. Quiero matar tu deseo ahogándote en mis labios, pero inundás mi garganta con tu esencia de vida. Resucitamos a cada instante e indefectiblemente nos despedimos aún latiendo.

Somos disfrute, placer, deseo, acción, besos, carne, espíritu y cuerpo.
Somos vibración. Por eso cada vez que te vas tiemblo.

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