Llegué al taller, semanas mas tarde de haber sido
invitada por uno de los mentores y artesanos de este espacio.
Una cena de amigos comunes nos había encontrado. Una
charla de cómo la herramienta es la continuación de la mano del artista, del
herrero, del jardinero o del restaurador de arte, comenzó a conectarnos. Una
idea compartida de que la mano es la que pone en acción al pensamiento,
desencadenó en una invitación mía a que él observara en mi espalda, un tatuaje de flores que he
elegido como marca. Su forma de mirar con las manos, fue el contacto que me
dejó con ganas de conectar más. Como consecuencia de esta sucesión de hechos
causales, decidí ir a encontrármelo.
“Ya es tiempo de ir por esas caricias” pensé. Más tarde
supe que él me estaba esperando, que me había visto lo guarro, que se quedó con
el cuchillo entre los dientes en aquella cena. Y que los mensajes que yo creí
sutiles e inconcientes, habían sido premeditados.
Fue un típico sábado porteño, cálido y denso por la
humedad del ambiente. Sabía que el lugar cerraba a las 19hs, sin embargo le
mandé un mensaje de texto, preguntándole a que hora cerraban y que quería ir a
visitarlo. No tuve respuesta, sin embargo fui. Llegué a las 18.50hs. En la
vitrina se apreciaban antigüedades, marcos, cuadros y objetos antiguos en
grandes cantidades, una oficinita en el fondo y al lado una puerta blanca.
Toqué el timbre, sin saber con que iba a encontrarme. Una mujer rubia
extranjera salió a abrirme y me informó que él no estaba. Se veía hacia adentro
que se continuaba un inmenso taller montado en un galpón.
“Bueno me quedo mirando, vine a conocer el lugar” fue mi
respuesta, pensando que las cosas por algo pasan, que a pesar de mi
determinación y mi deseo, si él no estaba, era lo que debía ocurrir.
Había cosas interesantes, lámparas antiguas, cosas de
hierro, espejos inmensos enmarcados en madera, muebles con pana, cuadros con
predominio de imágenes de flores, paisajes y mujeres desnudas posando para sus
pintores. Sentí que estaba en el lugar en donde quería estar. Todo eso también
tenía que ver conmigo y con mis gustos.
Un momento más tarde, entró al local un hombre que
también lo buscaba, éste, al saber que no estaba, solicitó que lo llamaran y le
pidieran que vuelva del mercado de pulgas que se encontraba a unas cuadras. Nos
invitaron a pasar al fondo. Volví a sentir que las cosas por algo pasan. El
haber llegado tarde, el saber esperar, el adaptarme a los cambios. Minutos mas
tarde, llegó en bicicleta ingresando por la puertita de chapa de la persiana
del galpón. Algo transpirado pero con ese rubor del ejercicio que me hizo tomar
conciencia del torrente de sangre que podía correr por su venas, todas ellas, y
de la tonicidad de sus pantorrillas. Pantorrillas de ciclista, pequeño fetiche
que debo confesar, ya que al verlas siempre acuden a mi mente imágenes de mí montada
en esos músculos masturbándome por la fricción contra esos tónicos gemelos.
Como decía, entró y me saludó muy alegre y cortésmente,
luego atendió al proveedor que le traía unas revistas y lo despachó, más tarde me
invitó a recorrer el galpón mientras resolvía otros asuntos. El fondo era
también muy atractivo, pero cuando me quedé a solas, mientras el despedía a sus
2 empleados (la chica extranjera y a otro muchacho) observé una mesa de
trabajo, muy amplia y sucia que capturó mi atención. Cepillos de alambre,
gubias, cuchillos sin mango afilados una y mil veces, espátulas, yesos
endurecidos en potes plásticos que fraguaron hacia su muerte antes de ser
utilizados y transformados. También había, marcos rotos, clavos y alambres,
todo brillando bajo la luz fría del tubo incandescente que colgaba a metros del
techo. Me apoyé en la mesa, la sacudí para ver si era firme, y me reí feliz al
ver mi reflejo en otro gran espejo. Estaba apoyado en la pared, entre vidrios,
cartones y paspartú, apuntando justo, ese lugar del taller que yo había elegido
como cama para fusionarme con este intenso hombre que peina canas como yo.
Habiendo despedido a todos, me ofreció agua fresca, yo
consulté si tenía compromisos de horarios y una vez más las no casualidades
hicieron que el pudiera quedarse. Nos sentamos en unas banquetas cerca de la
mesa de trabajo (claro que él no sabía con qué claridad yo premeditaba utilizar
ese espacio) y nos pusimos a charlar.
Abrí a través de la palabra, las puertas de algunas áreas
de mi intimidad, de mi pasar y me pesar por la vida, de mi deseo de transformar
y de sanar, de mi determinación a no morir como el yeso en un tarrito de
plástico amarillo sin haber cumplido mi tarea en esta vida y él también se
mostró. Fue una conversación de alto impacto. Me encontré con una persona que
de algún modo había transitado caminos similares pero desde la otra cara de la
misma moneda. Fue imposible no notar la intensidad de lo expuesto, fue
innegable el deseo de consumar el contacto, la conexión profunda también de las
pieles. Fue necesaria la fusión momentánea de lenguas, lenguas adentrándose en
las bocas, en mi vagina, en los cuellos mutuos. Penetración de espíritus, corporizados en un
pene latiendo y una vulva húmeda y receptiva aguardando.
Nuestra cama, como yo anhelaba fue esa mesa. Corrí los
paspartús que tapaban una parte del espejo mientras él barría los clavitos y
cositas pinchudas de la mesa con un cepillo de pelos de metal. La sábana fue un rollo que cartón corrugado,
que acolchó nuestro encuentro y absorbió hasta donde fue capaz, nuestro sudor,
mi squirt y su semen.
Además del sentido del tacto que estaba invadido, varias imágenes
se tallaron en mi mente.
Un abrazo en el comienzo, con la piel desnuda de ambos
exponiendo el contraste de su hermosa blancura y de mi tentadora morochez. Yo
sentada en la mesa con las piernas abiertas conteniéndolo entre mis extremidades,
él con su pija al borde de la mesa, estirándose sola para contactar con la
complementariedad de mis genitales.
Leves movimientos del cuerpo que hacían que nuestros músculos se
contrajeran, haciendo que en su espalda, sus glúteos o la longitud de nuestras
piernas, se intercalaran tensiones abultadas y relajos con sutiles depresiones
en la piel. Texturas exaltadas por la tajante luz fría. Calor en abundancia,
humedad en ascenso, el clima de
Bs. As. sintetizado en la expresión densa de nuestros cuerpos.
Más tarde su boca, su lengua y sus ojos, juntos deleitándose
en mi concha, sus dedos sumándose a la fiesta. Yo quería que me metiera el
mayor y el índice con la palma hacia arriba para estimular mi punto G, quería
un orgasmo con el que lo pudiera bañar, ahí parado en el suelo entre los clavos
caídos de la mesa, ahí de espaldas al espejo en el que yo nos observaba a
ambos, en particular a él, como si acabara de nacer de entre mis piernas,
enganchándose con la lengua para no desaferrarse de mi ser. Pero me metió el dedo gordo, con su palma
hacia abajo, y obtuve tanto o más de lo que deseaba porque con sus dedos,
índice y anular acarició mi clítoris estimulándome así por dentro y por fuera.
(…Y su primavera me hacía temblar…, recitaba una canción). Más bien, sus dedos
caminaban sobre mí, deslizándose en la ubicación justa entre mi monte de venus
y mis labios menores. Como esquiando alegremente en un manto de piel,
lubricación y saliva, sus dedos viriles, largos fuertes, temperamentales y a la
vez cuidadosos, me regalaban placer mezclado con lamidas. No llegué a acabar, tuve que interrumpir e
incorporarme para besarlo. Creo que las bocas conectan más que los mismísimos
genitales. Fue un momento de esos en donde querés tener al menos tres bocas,
una para los besos, otra para chupar su sexo, otra para lamerle la espalda, los
tobillos y todos los surcos.
En algún momento se subió a la mesa, (con forro de por medio
porque la salud también es placer) y anunció que ya era hora de cogerme un
poquito. Toda la previa preparando este momento, un instante tan solo para
concretar la dichosa fusión. Como en la pintura de Miguel Angel en la creación
de Adan (capilla Sixtina) los dedos de Dios y de Adán casi se tocan. Cómo antes de siquiera
besarnos, su mano se abrió bajo y entre mis piernas y el gimió, de solo en
pensar en como sería tocarme. Dos imanes atrayéndose en un curso inalterable.
Tensión y espera. Deseo y abordaje. Coito y orgasmo desatado. Squirt delicioso
y abundante estallando caudaloso desde mi vagina. Brillo de mi agua con miel
amarga iluminando el taller, salpicando sus brazos, estallando en su pubis y
luego en sus manos.
Sucesión de eventos, ahora en el sexo, caricias, besos,
calentura, dulce ardor genital, narinas aleteando, gemidos liberándose, tocadas
invadiéndose. Los roles invirtiéndose, mi costado masculino emergiendo. Él
recostado boca abajo, receptivo, a mi abrazo tierno, al contacto de mi pecho en
su espalda, a mi lamida provocadora, a mis palabras amenazando con un baño de
squirt que iba a escurrirse entre sus nalgas. Mis manos envolviendo sus hombros,
como apresándolo, mi lengua inundando los recovecos de sus orejas, mi pubis
fregándose contra sus glúteos, abriéndole la carne con la fricción, sintiendo
el deseo de tener con qué penetrarlo. La vulva hinchada, los labios mayores
tensos, mis glándulas cargadas otra vez, listas para disparar.
Me monté sobre su
nuca en cuclillas, y seguí masturbándome pero con mis propias manos, solté unas
gotitas de mi agüita en su nuca, otras más en su espalda alta, después dejé una
piletita en la curva de su cintura en la espalda y finalmente montada sobre sus
caderas, le largué un par de chorritos sobre sus huevos y entre la raya de su
culo. “Cómo te gusta eyacular” fue su comentario, y macho interior, excitado y
orgulloso, quiso regarlo también por el frente. Mágica su pija dura al
penetrarme me devolvió a mi lugar de mujer, de agujero llenándose, de libro
abriéndose. Se sentó quedando su cuerpo en ángulo de noventa grados y yo en el
medio, me dejaba coger y hamacar por la fuerza de sus brazos. “Ahí la tenés
toda, bien adentro” me siguió diciendo, y tuve que acabarme o más bien acabarle
otra vez.
Más tarde fueron nuevos besos y chupadas, de todas las
recibidas, la imagen que detona aún mi mente, fue la de su cara embadurnada de
humedad, de jugos, de saliva y de esos hilos de lubricación, que unen como
puentes a los amantes.
Cerrando esta comunión fue su paja, incentivada por mí,
observada con detenimiento. “Cada persona es tan particular como lo son sus
propias pajas”, le dije. La de él tenía
la particularidad, de acompañar su glande, mientras subía y bajaba, con su dedo
gordo, erguido también como un tutor o un mástil en paralelo. Los cuatro dedos
restantes envolviendo no muy fuerte el tronco, mas cerca de la punta que de los
huevos, la cabecita descubierta, la velocidad media y constante. Me encantaba verlo, yo todavía estaba bajo los
efectos de mi anterior orgasmo, con el dique abierto que me deja fluir y
repetir. Me pajée otra vez sobre él, gritándole bajito que me diera su leche,
que ya no podía esperarla más, que me por favor ya me la entregara, que me
gratificara con su baño caliente, lo mojé de nuevo y me desplomé sobre su
cuerpo. Ambos acostados, él boca arriba, yo tendida a su lado, con mis piernas
envolviéndole su muslo izquierdo, con todos mis músculos aún convulsionándome, con
mis ojos enrojecidos mirando desde lejos la proximidad de su orgasmo. Con mi
mano y mi pierna derecha, que estaban más libres, me arrimaba para recibir su
semen. Las bocas encontrándose de a
ratos. El ambiente erotizándome con su inmensidad, sus aromas y sus rarezas. El
sudor escurriéndose de cuerpo a cuerpo sin saber con certeza quien era su
dueño. Al final, la liberación, el baño tibio, su pecho lleno, su miembro vacío
y un generoso y cálido baño de leche repartido entre abdómenes, muslos y
antebrazos, fue el cierre.
Un hermoso taller de objetos antiguos, dos soñadores
jugando a los artesanos del placer, y un encuentro para enmarcar.








