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domingo 19 de febrero de 2012

EL TALLER DEL RESTAURADOR


Fui a buscar lo que se me había ofrecido, en un silencioso contacto de las pieles.

Llegué al taller, semanas mas tarde de haber sido invitada por uno de los mentores y artesanos de este espacio.

Una cena de amigos comunes nos había encontrado. Una charla de cómo la herramienta es la continuación de la mano del artista, del herrero, del jardinero o del restaurador de arte, comenzó a conectarnos. Una idea compartida de que la mano es la que pone en acción al pensamiento, desencadenó en una invitación mía a que él observara en  mi espalda, un tatuaje de flores que he elegido como marca. Su forma de mirar con las manos, fue el contacto que me dejó con ganas de conectar más. Como consecuencia de esta sucesión de hechos causales, decidí ir a encontrármelo.   

“Ya es tiempo de ir por esas caricias” pensé. Más tarde supe que él me estaba esperando, que me había visto lo guarro, que se quedó con el cuchillo entre los dientes en aquella cena. Y que los mensajes que yo creí sutiles e inconcientes, habían sido premeditados.

Fue un típico sábado porteño, cálido y denso por la humedad del ambiente. Sabía que el lugar cerraba a las 19hs, sin embargo le mandé un mensaje de texto, preguntándole a que hora cerraban y que quería ir a visitarlo. No tuve respuesta, sin embargo fui. Llegué a las 18.50hs. En la vitrina se apreciaban antigüedades, marcos, cuadros y objetos antiguos en grandes cantidades, una oficinita en el fondo y al lado una puerta blanca. Toqué el timbre, sin saber con que iba a encontrarme. Una mujer rubia extranjera salió a abrirme y me informó que él no estaba. Se veía hacia adentro que se continuaba un inmenso taller montado en un galpón.

“Bueno me quedo mirando, vine a conocer el lugar” fue mi respuesta, pensando que las cosas por algo pasan, que a pesar de mi determinación y mi deseo, si él no estaba, era lo que debía ocurrir.
Había cosas interesantes, lámparas antiguas, cosas de hierro, espejos inmensos enmarcados en madera, muebles con pana, cuadros con predominio de imágenes de flores, paisajes y mujeres desnudas posando para sus pintores. Sentí que estaba en el lugar en donde quería estar. Todo eso también tenía que ver conmigo y con mis gustos.
Un momento más tarde, entró al local un hombre que también lo buscaba, éste, al saber que no estaba, solicitó que lo llamaran y le pidieran que vuelva del mercado de pulgas que se encontraba a unas cuadras. Nos invitaron a pasar al fondo. Volví a sentir que las cosas por algo pasan. El haber llegado tarde, el saber esperar, el adaptarme a los cambios. Minutos mas tarde, llegó en bicicleta ingresando por la puertita de chapa de la persiana del galpón. Algo transpirado pero con ese rubor del ejercicio que me hizo tomar conciencia del torrente de sangre que podía correr por su venas, todas ellas, y de la tonicidad de sus pantorrillas. Pantorrillas de ciclista, pequeño fetiche que debo confesar, ya que al verlas siempre acuden a mi mente imágenes de mí montada en esos músculos masturbándome por la fricción contra esos tónicos gemelos.

Como decía, entró y me saludó muy alegre y cortésmente, luego atendió al proveedor que le traía unas revistas y lo despachó, más tarde me invitó a recorrer el galpón mientras resolvía otros asuntos. El fondo era también muy atractivo, pero cuando me quedé a solas, mientras el despedía a sus 2 empleados (la chica extranjera y a otro muchacho) observé una mesa de trabajo, muy amplia y sucia que capturó mi atención. Cepillos de alambre, gubias, cuchillos sin mango afilados una y mil veces, espátulas, yesos endurecidos en potes plásticos que fraguaron hacia su muerte antes de ser utilizados y transformados. También había, marcos rotos, clavos y alambres, todo brillando bajo la luz fría del tubo incandescente que colgaba a metros del techo. Me apoyé en la mesa, la sacudí para ver si era firme, y me reí feliz al ver mi reflejo en otro gran espejo. Estaba apoyado en la pared, entre vidrios, cartones y paspartú, apuntando justo, ese lugar del taller que yo había elegido como cama para fusionarme con este intenso hombre que peina canas como yo.

Habiendo despedido a todos, me ofreció agua fresca, yo consulté si tenía compromisos de horarios y una vez más las no casualidades hicieron que el pudiera quedarse. Nos sentamos en unas banquetas cerca de la mesa de trabajo (claro que él no sabía con qué claridad yo premeditaba utilizar ese espacio) y nos pusimos a charlar.
Abrí a través de la palabra, las puertas de algunas áreas de mi intimidad, de mi pasar y me pesar por la vida, de mi deseo de transformar y de sanar, de mi determinación a no morir como el yeso en un tarrito de plástico amarillo sin haber cumplido mi tarea en esta vida y él también se mostró. Fue una conversación de alto impacto. Me encontré con una persona que de algún modo había transitado caminos similares pero desde la otra cara de la misma moneda. Fue imposible no notar la intensidad de lo expuesto, fue innegable el deseo de consumar el contacto, la conexión profunda también de las pieles. Fue necesaria la fusión momentánea de lenguas, lenguas adentrándose en las bocas, en mi vagina, en los cuellos mutuos.  Penetración de espíritus, corporizados en un pene latiendo y una vulva húmeda y receptiva aguardando.

Nuestra cama, como yo anhelaba fue esa mesa. Corrí los paspartús que tapaban una parte del espejo mientras él barría los clavitos y cositas pinchudas de la mesa con un cepillo de pelos de metal.  La sábana fue un rollo que cartón corrugado, que acolchó nuestro encuentro y absorbió hasta donde fue capaz, nuestro sudor, mi squirt y su semen.


Además del sentido del tacto que estaba invadido, varias imágenes se tallaron en mi mente.

Un abrazo en el comienzo, con la piel desnuda de ambos exponiendo el contraste de su hermosa blancura y de mi tentadora morochez. Yo sentada en la mesa con las piernas abiertas conteniéndolo entre mis extremidades, él con su pija al borde de la mesa, estirándose sola para contactar con la complementariedad de mis genitales.  Leves movimientos del cuerpo que hacían que nuestros músculos se contrajeran, haciendo que en su espalda, sus glúteos o la longitud de nuestras piernas, se intercalaran tensiones abultadas y relajos con sutiles depresiones en la piel. Texturas exaltadas por la tajante luz fría. Calor en abundancia, humedad en ascenso, el clima de 

Bs. As. sintetizado en la expresión densa de nuestros cuerpos.


Más tarde su boca, su lengua y sus ojos, juntos deleitándose en mi concha, sus dedos sumándose a la fiesta. Yo quería que me metiera el mayor y el índice con la palma hacia arriba para estimular mi punto G, quería un orgasmo con el que lo pudiera bañar, ahí parado en el suelo entre los clavos caídos de la mesa, ahí de espaldas al espejo en el que yo nos observaba a ambos, en particular a él, como si acabara de nacer de entre mis piernas, enganchándose con la lengua para no desaferrarse de mi ser.  Pero me metió el dedo gordo, con su palma hacia abajo, y obtuve tanto o más de lo que deseaba porque con sus dedos, índice y anular acarició mi clítoris estimulándome así por dentro y por fuera. (…Y su primavera me hacía temblar…, recitaba una canción). Más bien, sus dedos caminaban sobre mí, deslizándose en la ubicación justa entre mi monte de venus y mis labios menores. Como esquiando alegremente en un manto de piel, lubricación y saliva, sus dedos viriles, largos fuertes, temperamentales y a la vez cuidadosos, me regalaban placer mezclado con lamidas.  No llegué a acabar, tuve que interrumpir e incorporarme para besarlo. Creo que las bocas conectan más que los mismísimos genitales. Fue un momento de esos en donde querés tener al menos tres bocas, una para los besos, otra para chupar su sexo, otra para lamerle la espalda, los tobillos y todos los surcos. 

En algún momento se subió a la mesa, (con forro de por medio porque la salud también es placer) y anunció que ya era hora de cogerme un poquito. Toda la previa preparando este momento, un instante tan solo para concretar la dichosa fusión. Como en la pintura de Miguel Angel en la creación de Adan (capilla Sixtina) los dedos de Dios y de Adán  casi se tocan. Cómo antes de siquiera besarnos, su mano se abrió bajo y entre mis piernas y el gimió, de solo en pensar en como sería tocarme. Dos imanes atrayéndose en un curso inalterable. Tensión y espera. Deseo y abordaje. Coito y orgasmo desatado. Squirt delicioso y abundante estallando caudaloso desde mi vagina. Brillo de mi agua con miel amarga iluminando el taller, salpicando sus brazos, estallando en su pubis y luego en sus manos.

Sucesión de eventos, ahora en el sexo, caricias, besos, calentura, dulce ardor genital, narinas aleteando, gemidos liberándose, tocadas invadiéndose. Los roles invirtiéndose, mi costado masculino emergiendo. Él recostado boca abajo, receptivo, a mi abrazo tierno, al contacto de mi pecho en su espalda, a mi lamida provocadora, a mis palabras amenazando con un baño de squirt que iba a escurrirse entre sus nalgas. Mis manos envolviendo sus hombros, como apresándolo, mi lengua inundando los recovecos de sus orejas, mi pubis fregándose contra sus glúteos, abriéndole la carne con la fricción, sintiendo el deseo de tener con qué penetrarlo. La vulva hinchada, los labios mayores tensos, mis glándulas cargadas otra vez, listas para disparar.

 Me monté sobre su nuca en cuclillas, y seguí masturbándome pero con mis propias manos, solté unas gotitas de mi agüita en su nuca, otras más en su espalda alta, después dejé una piletita en la curva de su cintura en la espalda y finalmente montada sobre sus caderas, le largué un par de chorritos sobre sus huevos y entre la raya de su culo. “Cómo te gusta eyacular” fue su comentario, y macho interior, excitado y orgulloso, quiso regarlo también por el frente. Mágica su pija dura al penetrarme me devolvió a mi lugar de mujer, de agujero llenándose, de libro abriéndose. Se sentó quedando su cuerpo en ángulo de noventa grados y yo en el medio, me dejaba coger y hamacar por la fuerza de sus brazos. “Ahí la tenés toda, bien adentro” me siguió diciendo, y tuve que acabarme o más bien acabarle otra vez.

Más tarde fueron nuevos besos y chupadas, de todas las recibidas, la imagen que detona aún mi mente, fue la de su cara embadurnada de humedad, de jugos, de saliva y de esos hilos de lubricación, que unen como puentes a los amantes.

Cerrando esta comunión fue su paja, incentivada por mí, observada con detenimiento. “Cada persona es tan particular como lo son sus propias pajas”, le dije.  La de él tenía la particularidad, de acompañar su glande, mientras subía y bajaba, con su dedo gordo, erguido también como un tutor o un mástil en paralelo. Los cuatro dedos restantes envolviendo no muy fuerte el tronco, mas cerca de la punta que de los huevos, la cabecita descubierta, la velocidad media y constante.  Me encantaba verlo, yo todavía estaba bajo los efectos de mi anterior orgasmo, con el dique abierto que me deja fluir y repetir. Me pajée otra vez sobre él, gritándole bajito que me diera su leche, que ya no podía esperarla más, que me por favor ya me la entregara, que me gratificara con su baño caliente, lo mojé de nuevo y me desplomé sobre su cuerpo. Ambos acostados, él boca arriba, yo tendida a su lado, con mis piernas envolviéndole su muslo izquierdo, con todos mis músculos aún convulsionándome, con mis ojos enrojecidos mirando desde lejos la proximidad de su orgasmo. Con mi mano y mi pierna derecha, que estaban más libres, me arrimaba para recibir su semen.  Las bocas encontrándose de a ratos. El ambiente erotizándome con su inmensidad, sus aromas y sus rarezas. El sudor escurriéndose de cuerpo a cuerpo sin saber con certeza quien era su dueño. Al final, la liberación, el baño tibio, su pecho lleno, su miembro vacío y un generoso y cálido baño de leche repartido entre abdómenes, muslos y antebrazos, fue el cierre.

Un hermoso taller de objetos antiguos, dos soñadores jugando a los artesanos del placer, y un encuentro para enmarcar.



lunes 6 de febrero de 2012

A DOS MANOS


   
(Nota: “a dos manos” es una expresión que usamos en Bs. As. Argentina que equivale a “con todo”, “a full”, “a pleno”, “a tope”, “al máximo posible”, etc.)

No hay duda, te gusta hacerme gozar a dos manos, pero nunca tan literal como esa vez.
Que al sabor y grosor de tu verga se le iba a sumar la tu amigo, era probable y hasta predecible, pero como se desarrollaría el encuentro era un misterio. Nuestra fiestita de tres, que tenía pocas pautas pre acordadas, estaba por comenzar.

Después de conocer a tu amigo, después de la cena y de romper el hielo, después de las chupadas y las penetraciones, después de intercambiar posiciones, después de alguno de mis orgasmos y del primero tuyo, tu amigo se duchaba para tomar una pausa y relajarse. Me mandaste a bañar con él, (en realidad me lo sugeriste, pero me gusta más recordarlo como si fuera una orden a la cual acaté) y así fui.

“¿Puedo?” le pregunté, y acto seguido me metí bajo el agua y nos empezamos a besar. Inmediatamente y como si me enjabonara, pero sin el jabón, tu amigo me tocó todo el cuerpo. Sabés que todos los caminos conducen a Roma, y Roma en mi mapa, está en el nacimiento de mis piernas  (no en el medio de la bota, como en las cartas geográficas). Mi vulva todavía estaba caliente, algo hinchada y deseosa de más placer. Me puse de espaldas, dejando que el agua se escurriera por mi espalda hasta desembocar entre mis nalgas y él desde atrás me volvió a tocar, por fuera y por dentro, entrando y saliendo, masturbándome con una y dos manos.

Comencé a gemir, apoyando con fuerza mis manos contra los azulejos, arqueando la espalda, levantando los glúteos y vos llegaste, con cara de tipo que pasa por casualidad, a mear por el baño. Hiciste lo tuyo, sin desconcentrarte de tu trámite, te sonreíste y te pusiste a mirarnos.
“¿Pasa algo?” Me preguntaste, y yo esforzando la vista detrás de mis ojos achinados por el placer, te respondí:
 “Tu amigo me está tocando muy lindo”.
“Ah ¿sí?”, fue tu respuesta con cara de fresco y te quedaste paradito unos minutos para mirarnos.
Yo me giré de frente a vos, abrí la cortina para que vieras todo y quedé parada de costado a tu amigo. Levanté mi pie derecho apoyándolo en el borde de la bañera para darle más lugar a sus manos. Con la izquierda tocaba mi clítoris y se metía en mi vagina; con la derecha, me acariciaba la espalda y apretaba mis glúteos. Yo me agarraba de las canillas con la mano derecha y recargaba parte de mi peso contra la pared, para compensar la flojera de las piernas, que anunciaban un orgasmo una vez más. Con mi mano libre me sostenía del hombro o de la nuca de él.
“¿Qué pasa?” seguías preguntando. Maestro de la ironía, ya que pocas personas saben como vos, con tanta certeza, cuando me estoy por venir.
Yo me aguantaba, y después me entregaba al goce que me estaba ofreciendo tan generosamente tu amigo y soltaba algún polvo para relajar. Mi acabada se fusionaba con el agua y se iba diluida por el drenaje. Estaba muy caliente, con sus manos, con tu mirada, pero quería más.
“Quiero las dos manos”, te pedí. Vos te arrimaste un poquito y me tocaste al pasar, después te fuiste al comedor, donde nuestra fiesta (mi fiesta) había empezado. Nos dejaste a solas, sabiendo que yo tenía bastante agüita más para soltar y dejando la imagen te llevaste solamente los sonidos. No está de más decirlo, acabé como tres veces antes de salir de la ducha a secarme. Cuando llegamos el comedor, te encontré sentado, tomando algo fresco en el mismo lugar donde hacía una hora atrás estabas vestido y cenando. Me sonreí porque recordé un pensamiento que había tenido al llegar, y sabiendo que era una noche para cumplir las fantasías le pedí a tu amigo que se sentara también en el que fuera su lugar de comensal. Me prendí un pucho, pedí que me alcanzaran mi copa de vino, y desde el patio, parada contra la celosía, me puse a observar disfrutando del cigarrillo y de la concreción de la escena. La fantasía era simple, les comenté que al poco rato de llegar, había imaginado ese instante, yo fumando, los tres desnudos, así charlando. “¿Y porqué no te sacaste la ropa antes?” fue tu pregunta. No dije mucho, no hacían falta tampoco muchas respuestas.

Un rato más tarde, me integré a la mesa y en algún momento (cuya cronología exacta hoy no recuerdo) él estaba tocándome otra vez, desde atrás, casi repitiendo lo secuencia de la ducha. Esta vez yo no estaba dispuesta a perderme tu mirada, así que recliné mi cuerpo sobre la mesa, con mi cola casi a la altura de tu cara y levanté mi rodilla derecha sobre la mesa, para quedar bien abierta para las manos de él y los ojos tuyos.
“¡Mirá como me toca!” Prácticamente te grité.
 La mano de tu amigo, me masturbaba vigorosamente desde atrás, tal vez porque ya me había agarrado el ritmo, o tal vez porque yo le pedía que me diera así, más fuerte, más rápido, más, y más. Tenía mis manos contra la mesa sin mantel, con los codos doblados, como haciendo flexiones de brazos y giraba mi cabeza para el lado derecho para poderte observar. Además del calor de mi concha cargándose de squirt, lista para mojar, me quemaba tu expresión, tu pija levantándose durísima, con su piercing brillando y señalando el techo. Me incineraba la bocha toda la escena, todo ese placer, propio y compartido, toda esa libertad. Esta vez, estaba dispuesta a permitirte ser un simple espectador, y un futuro receptor de mi lluvia de fuego y agua. Pero vos, ya estabas subido a nuestra moto y metiste tu mano derecha en el pequeño espacio que había entre la mesa y mi clítoris, entre mis labios vaginales y los dedos de tu amigo que me penetraban y me empezaste a pajear.

¡Ahhh! Era justo lo que necesitaba.  Esas dos manos, con sus ritmos diferentes, de dueños distintos, de grosores desiguales. Una que me conoce en detalle y otra que me estaba conociendo. Esas que se complotaban para no dejar nada de mi concha sin estimular. Saber que cuando apretabas mi clítoris, la carne quedaba atrapada contra los dedos de tu amigo, haciendo de mi botoncito más sensorial un micro sanguchito, era fascinante. Sus dedos finos y largos, metidos de a pares en mi interior, estimulando hasta lo más profundo; tus dedos, gordos, gruesos, y firmes encontrando en la parte externa el milímetro puntual en donde al tocarme no hay retorno a la calma hasta no liberar el orgasmo.  Todo lo que quería lo tenía ahí, entonces una explosión desbordada estalló desde el corazón de mi vagina. Te bañé por completo. Te mojé el pecho, la panza y la verga. Yo gritaba, gemía, golpeaba suavecito la mesa, y entro los dos, me seguían tocando y  me hicieron volver a acabar. Tu cara dichosa, satisfecha por el baño de squirt, satisfecha porque te gusta tanto hacerme gozar, fue el moño de este regalo.
Mis piernas chorreadas, un nuevo charco en el piso y sus manos, las tuyas y las de tu amigo, acariciándome la cara interna de los muslos y el culo con mi propia acabada, fueron el cierre de este round. La contienda duró unos cuantos más. Pero este, en particular, está grabado en mi memoria.

viernes 13 de enero de 2012

EN EL BAUL




TOC TOC TOC, el sonido del golpe que sacudió la puerta, me sacó del sueño profundo y reparador en el que estaba inmersa.
Saltamos de un susto en la cama los dos, y él preguntó que pasaba en tono grave. El pibe que tocaba simplemente respondío:
- Venimos a hacer el chek out, señor. Ya son las seis.

La puta madre, como es posible que una dormidita post polvo nos haya fundido de semejante manera. De 10 minutitos a una hora y media, ¿Qué pasó? ¿Y el último chapuzon, el baño, los bolsos, la despedida?
Bueno, tal vez fue la pileta, el asado, los paseos y el polvazo en la bañera del día anterior. Culpables del cansancio, fueron esas cogidas bien merecidas, festejando el encuentro después de atravesar una vez más los 300Km que nos separan. Tal vez, era el acumulado del sol asesino  con sus 30°C del verano. Aunque es más posible que fuera causa del acumulado de calenturas exorcizadas, una y otra vez en el sillón, en la cama, en el piso y en la mesada.  Tal vez, era la fuerza de nuestro primer trío la noche anterior, aunque es más probable que me haya impactado más, la manera intensa en la que hicimos el amor al volver.

Sea cual fuere el motivo, se acabó la reserva, y tuvimos que armar los bolsos y retirar nuestras provisiones a las corridas y salir volando. Metimos todo en el coche de él, apenas hubo tiempo para llenar un termito para el mate. Me llevó frente a un laguito, donde charlamos, recordamos algunas de las perlitas del finde y entre cebadas de mate y mimos en los pies descalzos, nos fuimos despidiendo, pero sin prisa.

Yo tenía por delante el regreso a Bs. As., la recarga de nafta, sacar el coche de su cochera, trasladar mis cosas y volver. Irme cuando todavía tenía ganas de quedarme. Él tenía que bajar las provisiones que sobraron en su casa, y una cena con amigos en el Centro de Rosario. Despedirse de mí cuando aún tenía placeres para regalarme.

Terminados los detalles operativos, cerré el baúl después de guardar mi bolso y le pedí que abriera las otras hojas de la puerta del garaje para salir rumbo a casa.  Tenía que rajar, antes de que las ganas de anclarme a su lado me hicieran perder el sano juicio y olvidar que el lunes, tanto en Santa Fé como en Buenos Aires se trabaja. Le di un besito de adiós o más bien de hasta pronto y él me dijo:
- No te voy a dejar ir así.
- ¿Me vas a dar una cogidita de despedida?- Pregunté entre besos, perdiendo mis labios entre tu barbita gris, y sintiendo el calor de su lengua invadiendo mi boca.
- Claro que sí, dulce.
- ¿Y dónde va a ser?
- Vení acá atrás, abrí la tapa del baúl y sentate en el borde.- Me indicó.
Cerró la puerta y acto seguido, sin dudarlo un segundo me desnudé, sabía que en el encierro, en el arrebato del encuentro y la abundancia de mi orgasmo el riesgo de mojar la ropa de viaje era alto. Él también se sacó todo, y me fregaba en la pierna su pija que, estaba endureciéndose y calentándose a toda velocidad. Caliente, muy caliente como siempre estaba su verga. Yo, mojada, como un acto reflejo cada vez que su voz se suaviza, cuando baja el volumen para ofrecerme un poquito más de su fervoroso sexo.

Doblé un toallón en el filo del baúl para no lastimarme y me recosté hacia atrás, este finde le tocaba el estreno a mi auto, el capot de del de él ya había tenido su estreno quince días atrás. Abrí mis piernas, las levanté tocando con los pies el borde superior de la puerta trasera del coche, él se paró entre medio y con su mano, agarro su pija y me la metió. Unos minutos atrás estaba por irme de viaje y en ese momento estaba por irme también, pero a mi climax. Invadida mi carne con la suya, invadidos mis sentidos con su presencia. Él la sacaba y la volvía a meter agarrándola con su mano. Después agarró mis pies y los colgó en sus hombros, y volcándome todo el peso de su cuerpo empezó a cogerme tan profundo y tan intenso que yo ya no podía aguantar más.
- Estoy por acabarte.- Le susurré entre gemidos, para evitar que los vecinos nos escuchen.
- Dame todo.- Me dijo. Y con esa precisión que lo caracteriza, me sacó la pija en el instante justo en que mi squirt explotó. Un chorro fuerte, de alta presión se disparó de mi vagina sobre sus genitales. Me la volvió a meter. Me dio otro tanto y otra vez, mi concha se contrajo con tal furia que el agua brotó en un segundo chorro, más ruidoso, más placentero, más distante que el anterior. Yo gemía, ya no sé si con el resguardo de no ser oída. Él gemía también, anunciando su orgasmo.

-Todavía tengo uno más.- Le dije. Aunque no era necesario, por lo bien que conoce mi cuerpo, mis sonidos, mi forma de contraerme, de retorcerme, de hablarle y de pedirle.
- Dame tu leche cuando te de la mía.- Fue lo que pensé en mi mente, tal vez sin llegar a pronunciarlo.
Me cogió un poquito más, y cuando por tercera vez, mi explosión mojada brotó de mí, su explosión de semen me respondió.

Fusión de deseos, de orgasmos, de disfrute. Fusión de leche y squirt. Fusión de hombre y de mujer. En el garaje de su casa, en el baúl de mi auto, en el pequeño y ardiente cofrecito de mi cuerpo.
Qué suerte que, como dice Fito Paez, Rosario siempre estuvo cerca. 

lunes 9 de enero de 2012

NO TAN DISTINTAS


        
Dos amigas.
Una es gorda y robusta, algo retacona, sin ser petiza. Por su carácter, sin embargo, se destaca en una fiesta sobresaliendo de entre sus acompañantes. Debe ser por sus alhajas en plata y negro.
La otra es más delgada, y algo cabezona. Una personalidad no tan avasalladora, al menos en el primer momento, cuando se presenta por primera vez. No por ello menos importante, su presencia se suma compatiblemente a la de la primera.
Ambas, forman un equipo excelente. Cuando bailan el mismo vals, sus compases son perfectos, y se las ingenian armoniosamente para que su vai-ven encaje aún en lugares pequeños.

La primera, no conoce la timidez, está siempre bien dispuesta. Podría decirse que es bastante verborrágica, porque escupe todo aquello que se le cruza por la cabeza, una y otra vez. Se viste de colores contrastantes y a la vez combinados. Sus zapatos son casi negros, bien oscuros, de cuero grueso con textura rugosa, como de cuero de vaca, pero de capellada, sin pelos.
Su amiga, en cambio, usa unos zapatitos sobre pies más pequeños, que tienen un divertido matiz de pelos oscuros y blancos, como de zebra.
Las dos, tienen en su fisionomía, esa característica de los deportistas: una musculatura tensa, colmada de venas que irrigan torrentosas la demanda de oxígeno de sus usuarios de alto rendimiento.

La peticita coqueta, es de tez bastante morena, y habitúa combinar su sombrero en la gama de los tostados con algún tinte morado.
La flaca en cambio, cuando sale de paseo, usa un sombrero rojo y brillante como el charol.
Ambas se sonrojan y acaloran frente a estímulos similares. Lo que pasa es que comparten intereses afines, son muy buenas amigas. Yo lo supe muy bien, cuando esa noche, después de comer unas pizzas con sidra, me invitaron a bailar con ellas.  Tomarlas de la mano es un acto cálido y agradable.

Perfumadas, con lo mejor de sí, y vestidas de fiesta, o más bien desnudas, peladas y húmedas, estas dos fantásticas vergas, me agasajaron a mí.


***
El bancario es el dueño de la primera pija, y el proveedor de pistachos y frutas secas,  es el portador de la segunda.

¿Cómo llegamos al vai-ven de sus dos pijas al mismo tiempo en mi boca? ¿Cómo lograron ese copás perfecto en pequeño y carnoso espacio entre mis labios? Prometo intentar contar el paso a paso, pero es que cuando me acuerdo, se me bloquea el cerebro y el recuerdo de la boca llena, con las comisuras rozando los laterales duros y venosos de esas ricas vergas me distrae. La suavidad de los glandes patinozos y lubricados, chocando contra mi lengua que, dentro de la cavidad de mi boca, rebotaba de lado a lado como pelota de ping pong, para acariciar y saborear a sus dos visitantes, me excita tanto que me cuesta mantener la atención. Además, estando tan cerca, el aromita de ambas me embriagaba. A pesar de ello, mantenía el equilibrio en cuclillas, esquivando el charco en el piso que yo misma dejé antes, cuando el bancario me cogía la concha sentado a mis espaldas y el vende nueces me daba su pija para chupar a fondo. Charco consecuencia de mi orgasmo, que derramé sobre sus voluminosos huevos negros rasurados, chorreando la silla y el suelo y por supuesto saborizándole la verga que, después, como contaba me chupé acompañada de su amiga, la otra verga.

Repito, intentaré contar el paso a paso, ¡Ah sí! ya me acuerdo, me estaba cogiendo el vende nueces, yo de pie, inclinada hacia adelante comiéndola la pija al bancario, y el parado por detrás agarrándome las caderas y haciendo que con su movimiento mi boca se hundiera más y más hasta chocar a fondo con la base de la pija del bancario. Qué bueno ver sus alhajas de cerca, un piercing en el frenillo, que segundos después rasparía mi punto G, poniéndome a estallar y a acabar mojándome toda. Claro, ya me acuerdo cómo empezó todo, el anfitrión de la casa (el pistachero vende nueces de poronga colorada y huevos peludos y canosos) fue por el helado a la cocina. En el comedor me quedé con el bancario, me paré, me acerqué a su oído dejando mis busto a la altura de su boca, le dije que tenía calor y sin titubear, bajó mi blusa strapless y me empezó a besar las tetas, a chupar los pezones, que estaban duritos y puntiagudos como queriendo escaparse.

 Me puso bien caliente, en eso escuchamos llegar al otro con el helado, pero seguimos en la nuestra, el vende nueces volvió silencioso a la cocina a dejar el sambayón en el freezer, para volver con las manos vacías y libres para la acción. El bancario me bajó el shortcito, dejando a la vista mi culo, la colaless se perdía entre mis nalgas, y luego la pija parada del pistachero también, porque cuando volvió se sacó toda la ropa de toque y me vino a apoyar desde atrás, a besarme el cuello, a tocarme las tetas que el otro me chupaba. La ropa de todos voló a la mierda de toque.

Qué genial. Pero que difícil escribir este relato, que cegado por la calentura es mas bien a lo Memento, sin respetar el orden cronológico de los sucesos.  Abusando del  caos literario, debo decir que me asalta en este instante, otro delicioso recuerdo, de una paja  A DOS MANOS, que tendré que detallar minuciosamente en un próximo cuento.

Ah claro, como decía, antes de la doble chupada, me cogía el vende nueces mientras  yo chupaba al bancario en la silla , y antes de empezar a acabar, quería invertirme de lado, para cogerme el bancario en la silla de espaldas a él y chuparle la pija al vende nueces. Quería sentir como cambiaba el movimiento. Si bien el piestachero seguía cogíendome, ya no era la concha sino la boca. Sus embestidas se proyectaban en el resto de mi cuerpo. Mientras  yo seguía cabalgando al de abajo, como a los saltos, incrustando mi cajeta en esa verga retacona. Así, así fue, como con un orgasmos que había empezado a gotear en la verga del vende nueces, terminó de estallar en la poronga del bancario, regándole todo.

Así fue también, que habiéndome dado el gusto de cogerme a uno y chupar al otro y viceversa, quería completar mi fantasía y comerme al unísono las dos vergas.
Ufff, y qué ricas estaban.  Primero me salí de mi montura luego de acabar furiosamente, y me puse de cuclillas. Agarré esas dos pijas duras, lubricadas per sé y humedecidas extra por mí. Ya lo dije, qué cálido es tomarlas con la mano, qué duras ambas se deslizaban entre mis dedos. Se escondían en el hueco de la palma para volver a salir y mostrar sus sombreros. Sin lastimar, tiré un poquito de la del vende nueces que seguía de pie, para que se acercara al bancario que seguía sentado. Cuando estaban bastante cerca, además de pajearlos a ambos, chupé un poquito a uno y después un poquito al otro. Paja a la izquierda, boca a la derecha, de arriba abajo sobre esa verga en vertical cuyos huevos reposaban en la silla. Paja a la derecha, boca a la izquierda de adelante para atrás, comiéndome hasta los pelos de los huevos del que estaba de pie a mí costado. Así y viceversa, y bis de la viceversa.

“Vení mas cerca” pedí al que estaba a la izquierda, “parate” pedí al que estaba a mi derecha, “quiero las dos juntas por favor”, fue lo último que puede decir.  Instantes más tarde, mi lengua ya no tenía más lugar que para moverse y relamer a las visitas que llegaron profundas y de golpe al albergarse dentro de la cavidad de mis fauces. El bancario se movia, y su arito del frenillo pasaba por mi labio inferior y después chocaba suavecito contra mis dientes haciendo un ruidito metálico. El vende nueces, estaba quieto, con la cabecita dentro de mi boca, limitado el borde de su glande por mis labios y mi comisura izquierda, y disfrutando el movimiento de mi mano que lo pajeaba. Pero yo quería que los dos me cogieran la boca, que sus cabecitas atraparan a mi lengua entre medio, que si el tabique de carne de mi baboso órgano se corría dejando de separlas, sus pijas se frotaran dentro mío y a escondidas de ellos, me regalaran en secreto un momento de placer gay entre estos dos tipazos heterosexuales, por cierto. Como no podía hablar, por lo obvio de lo expuesto y porque es de mala educación hablar con la boca llena, agarré de un glúteo al de la izquierda y lo empecé a mover adelante y atrás para que también me cogiera la boca.

Ahhh! La dicha de una fantasía cumplida.
Ahhh! La libertad de hacer lo que se me dé la gana.
Qué desquicio de pijas desfigurándome la cara, que inyección de sangre en las vergas y en mis ojos, que se entrecerraban de calientes, hasta el límite de casi no dejarme ver. Mi pelo oscuro sacudiéndose, la nuca transpirada. Los huevos cargándose de sémen.
Qué sabrosa toda esa carne, esa masculinidad en extremo, toda para mí.
Ahhh! También la anarquía de este cuento, que si quisiera cerrar ya, demandaría un final muy blanco y fluido.

Introducción, nudo y desenlace. Por ejemplo, un final que describa en detalle, como sus leches se derramaron en mi boca y chorrearon por mis tetas, haciendo pausa en el ombligo para después recorrer mis ingles hasta mi concha, mojando los labios externos e internos de mi vulva. Pero no, eso no puedo decirlo, porque no pasó. La noche duró mucho, yo acabé como diez veces, y me aseguré de llevarme dos lechazos de cada uno de ellos. El bancario que es mi pareja me los dio a pelo, uno en la concha y otro en la boca, el vende nueces que es su amigo, se descargó uno en un forro dentro de mi concha y otro en mi mano, después de que me lo montara de espaldas, mientras él reposaba en un silloncito, dejándome servidos sus genitales entre los míos, los cuales pajeé haciendo chocar mi mano y su verga contra mi concha, para sacarme otro polvo y chorreárselo también en los huevos como al otro.

Equilibrio, dos para cada uno. Abundancia, todo para mí.
O como dice mi pareja: putita y golosa, porque me lleve toda la leche que tenían para darme.



sábado 24 de diciembre de 2011

NOCHE BUENA, MUY BUENA


De todas las cosas que se anhelan para la navidad, creo que el regalo, y la sorpresa, se sacó de la lista para Papá Noel de los adultos hace rato. Tal vez desde que nos enteramos que no existía, por causa de la declaración de verdades mal intencionada de algún hermano mayor. Por suerte, todavía quedamos unos cuantos con la capacidad de sorprendernos, de alegrarnos con lo básico como una buena parrillada en una esquina, un pan con chimichurri o salsa criolla,  después de una muestra de arte en Palermo y por qué no también, de un inesperado y sabroso pijazo navideño.

Hacía días, creo que como diez, que me sentía como una gata en celo, con ganas de encontrar el momento y a la persona arriesgada, calentona y liberal capaz de raptarme un rato de mi trajín cotidiano para darme un poco de sexo y exprimirme algún orgasmo a fuerza de potentes y desenfrenados porongazos. Ya lo sé, suena un poco brusco, tal vez algo grotesco, pero no puedo mentirme, era así.

Llega el fin de año y las ofertas a brindis y paseos rondan en el aire. Estas épocas del año generan un agite general en la gente, y digamos que, entre los que se embriagan hasta el coma, los que se disparan agobiados de tantos gorros rojos con pompones blancos y los que gozan de las pequeñas alegrías, me gusta estar entre los últimos. Un gran amigo, que me conecta con lo artístico, me invitó a la fiesta de fin de año en su local de arte y allí fui. Escultura en movimiento de hielo, Daikiri congelado derritiéndose bajo un chorro caliente de ron para beber con pajita en un copón comunitario, pinturas, vitreaux, dibujos, lámparas de vidrios de colores y otras bellezas para los ojos, el gusto y el tacto se exhibían ahí.

Los ojos y el tacto, sobre esto fue la charla entablé con uno de los expositores, tal vez sin premeditarlo, la punta del ovillo que nos condujo a enroscarnos después. Hubo un momento en que me agarró de los hombros arrastrándome a un costado de la sala. Fue un acto impulsivo que me hizo pensar que era capaz de besarme y tal vez de cogerme ahí mismo, en medio de la gente, en ese instante. “Es que veo algo lindo, y no puedo evitar tocarlo. Es que aunque me atrape su color, me llama la atención la textura” dije.  Ahora que repaso nuestra conversación, veo con claridad como esto era una invitación al placer, al menos para alguien, que también como yo, es desinhibido y no duda en expresar aquello que quiere. Minutos más tarde me pidió que le convide de mi gaseosa y yo le pasé la botellita. El sugirió que no soltara la pajita, y sosteniendo mi mano entre la suya y el envase de la bebida, agarró la punta del sorbete con su lengua lamiendo alevosamente mis dedos.  Me hizo reír, con su descaro y frescura, se inclinó sobre mí poniendo su oreja muy cerca de mi boca. Recuerdo que dije algo, mas por ganas de rozarlo con mis labios que por el contenido en si mismo de la frase. El respondió: “Así es más rico, ¿no?” y volvió a tomar metiéndome otro lengüetazo entre los dedos, más caliente y provocador que el anterior. Un segundo después me dijo “Vení, esto es ahora”.  Nos cruzamos en frente, atrás de una gran camioneta que nos escondía de la mirada de los otros festejantes, no así del inmenso ventanal del gimnasio de al lado, donde unos flacos practicaban artes marciales. Cuando pregunté si estar en vidriera de esa gente no lo inhibía, me beso, me tocó el culo, me apretó contra él haciéndome apoyarlo con mis tetas y me dijo que tenía su auto ahí nomás.  Yo había dejado mi cartera y me teléfono en el local, pero como el momento era ese, me subí a su coche sin poner demasiadas excusas.

El camino era corto, y el coche con los vidrios nada polarizados fue el habitáculo donde se desarrolló la previa. Unas tocadas bajo la pollera, una chupada de pija durante el manejo, unas chupadas de tetas en un semáforo y el dedo mayor de él que se metió en mi argolla, forzado por mi mano. Todo esto me puso en la puerta de un orgasmo. Un orgasmo que evité porque no quería mojar su tapizado.

Llegamos a su estudio y después de un pis de ambos y de la respectiva lavada de partes, seguimos con su mamada inconclusa. Yo todavía sentada en el inodoro y él frente a mí con las bermudas en los tobillos y la remera levantada. El bañito era pequeño y yo quería jugar en el amplio espacio de su estudio. Me saqué la ropa en el camino, el hizo lo propio y me subí a una tarima para que me comiera la concha después de sus tan prometedoras lamidas y tocadas.  Después de chuparme un poquito dijo: “Bajate, vamos al sillón”.  Allá en el fondo, en uno de los varios sillones del lugar, me sorprendió con su entrega. Se puso de espaldas e inclinándose hacia adelante, me ofreció su rico y pomposo culo. Unas nalgas redondas, muy redondas y abultadas, casi como dos borlas navideñas, enmarcaban su culito depilado y semiabierto que clamaba por mi lengua. No lo dudé, me arrodillé en el piso y me aboqué a lamerlo mientras me masturbaba. Él se pajeaba también, y yo de a ratos pasaba mi mano libre para el frente de su cuerpo para masturbarlo también mientras le comía su sabroso culito. Acabé un poquito y mi agüita salpicó sutilmente el suelo. Él me observaba entre sus piernas y viendo mi eyaculación mojar el piso me dijo: “Te estás acabando todo, hija de puta”.

Esa escena me mató, me partió el cerebro, pero su pija que ahora estaba terriblemente dura, era una textura que además de tocar quería hundir en mi boca. “Sentate de frente” le indiqué. Cuando lo tuve ahí, me monté sobre su pantorrilla izquierda, y me pajeé contra el hueso de su pierna mientras lo chupaba. No dejé de lado sus huevos, también depilados, ni su orto. Mi dedo ensalivado se metía en él, regalándome con cada penetración una verga más parada y rica. Sentir el poder de las yemas mis dedos dentro suyo me calentó tanto que volví a acabar, esta vez más abundante, regándole sin frenos su pierna. “Ahora sí te estoy acabando todo” le dije.  La cosa fluía de 10, él tenía el forro a punto para ponérselo, pero yo lo quería chupar un ratito más. Me sentía alegre y deportiva, así que le pedí que se quedara así sentado y me subí al sillón, poniéndome cabeza abajo, como haciendo una vertical, sosteniéndome con una mano en el piso entre sus pies y la otra anclándome entre su espalda y el respaldo del sillón. Con mi cabeza colgando entre sus piernas, tenía más a tiro sus huevos y mi concha estaba muy cerca de su rostro como en un 69. Él subió su brazo entre mis gambas para tocarme, y no se con cuál ni con cuántos de sus dedos, se metió en mi orto de modo tal que al mover su mano, su palma chocaba ruidosa contra mi vulva duplicando el placer.

Después de un rato, ya no dábamos más y nos fuimos a una escalerita caracol para que por fin me cogiera. Me arrodillé en uno de los escalones quedando en cuatro, siguiendo su pedido y me agarré de las columnas de la baranda para sostenerme. Me la puso de una, otra vez el sonido sumándose a la experiencia, le pedí más. Más fuerte, más ruidoso, más profundo. Mientras satisfacía mis demandas, mi concha se empezó a apretar una vez más, con tal fuerza que mis músculos lo empujaban hacia afuera. Con tal fuerza que mi orgasmo nos mojó una vez más.  Me siguió dando, muy caliente, y le pedí que me metiera un dedo en el orto, que se tocara la pija a través de mi carne, y así fue. Una gota de saliva cayó desde su boca hasta mi ano y atrás le siguió uno de sus dedos.

A metros, estaba el lugar cerca del baño donde había comenzado la acción. Me la sacó, se sacó el forro y nos fuimos hacia allá. Yo me senté en le piso, con la espalda reclinada y la cabeza contra la pared  el vino de frente a darme su pija, para que se la terminara de chupar. Le di dos lamidas pero lo pedí que se volviera a poner de espaldas, quería volver a la escena del comienzo, quería otra vez hundirle yo mi carne, la de mi lengua, para hacerlo acabar. “Date vuelta, dame ese culito, vení acá”, todo me lo concedió. Saqué mi lengua con fuerza, para abrirme paso entre la dureza de sus glúteos tan perfectos. Me colgué con mi mano izquierda de su muslo para no caerme, me pajeé con mi mano derecha, para volver a acabar. “Ahora tenés el show de frente, mírame bien porque este es el último y va a ser fatal”. Yo  me chorreaba en el piso mientras el gemía, me cogía la lengua con su delicioso culito y se pajeaba vigoroso hasta llegar al final. Yo intercalaba entre su culo y su pija; estaba chupándole los huevos cuando su leche se empezó a derramar. Bañó todo mi cuello, mi pecho y mi pansa.

La imagen era fantástica, toda la tensión de sus músculos, la línea de la raya de su culo que se extendía a través de su espalda hasta su nuca, sus testículos colgando y la firmeza de su poronga aún sin amainar. Sus piernas abiertas, sus muslos contraídos, sus pantorrillas como columnas y sus pies enmarcando mis piernas abiertas y extendidas en el suelo. El brillo de su leche en mi piel, decorando mi torso y el brillo de mi leche en el piso, decorando el estudio. Un beso carnoso para cerrar tanta euforia, un poco de limpieza de las zonas inertes de la sala y una ducha rápida de las zonas aún latientes de nuestros cuerpos. Muy alegres y satisfechos nos vestimos.  

Cerramos el estudio, subimos al auto y volvimos a la fiesta. Después ya saben, fotos grupales, brindis, parrillada en una esquinita de Palermo, buena charla, linda gente y una noche pre navideña para recordar.

Felicidades.

domingo 4 de diciembre de 2011

AL PIE DE LA LETRA


Todo lo fantaseado lo convertiste en realidad.

Guardaba una imagen en mi mente, un fragmento de una película, que esperaba ahí, desde la pubertad o tal vez antes.
En el film, viajaban personas muy hacinadas en un colectivo, tal vez mexicano, con gente sentada en el suelo, llevando gallos enjaulados y otros bichos que ya no identifico.
Los recuerdos tienen esas cosas, a veces se conservan incompletos. Algunos algo incomprensibles, posiblemente por la falta de sentido que tenía el sexo para mí en aquellos años de casi niñez. Veía las imágenes, percibía su carga erótica, pero no entendía porque aquella mujer, se dejaba tocar así, por aquel desconocido.

La escena era corta, entre toda la gente, había una mujer con pollera sentada en el piso, en frente dos hombres, un juego de miradas. Ella con sus rodillas levantadas, sus pies en  el piso separados, con los talones cerca de sus glúteos. Uno de los tipos, se saca un zapato con una suela despegada y muy gastada, sospecho que su pie de campesino, no tenía medias y estaba bastante sucio, tal vez con tierra.  Él deslizaba su pie, y con su dedo gordo jugaba en los genitales de ella. ¿Tenía bombacha, o no? Lo desconozco, trato de saberlo al reconstruir la imagen. ¿Llegó ella al orgasmo? Mi inexperiencia de aquel entonces, no me permite saberlo siquiera hoy día. Pero recuerdo, que al parar el colectivo, en el medio del desierto, los hombres se bajaron y fueron a la parte de atrás del vehículo. Supuse que iban a hacer pis, cuando desabrocharon su pantalón. La imagen mostraba sólo sus torsos por encima del ombligo. Finalmente no mearon, pero sus brazos sacudiéndose, enérgicos y agitando algo que no se mostraba y que yo desconocía les daba mucho placer. Sólo con el tiempo entendí que se hacían la paja, una terrible y necesaria paja. Recuerdo mi excitación. Allá entonces, lo identificaba más bien como curiosidad, como un cosquilleo ansioso por mis zonas bajas, esas mismas que la mujer sentada se dejaba tocar valla uno a saber por qué.

¿Qué trajo al presente estas memorias dormidas? Sin duda vos y tu mente sin prejuicios y la siguiente escena filmándose en mi memoria emotiva y visual.

Estábamos los dos sentados al frente de la cabaña de fin de semana, noche cálida, un pollito asándose crujiente en el chulengo, (no en una jaula). Dos reposeras enfrentadas, (no en el piso). Dos vasos de vino blanco de cosecha tardía, y los pies descalzos acariciando el césped, (no tan sucios). Los arbustos del frente del terreno escondían los rostros, dejando filtrar entre sus hojas las voces cercanas, de unos jóvenes que charlaban a escasos metros de nosotros en la plaza de enfrente (no viéndonos, pero casi). Yo con pollera y debajo la piel desnuda, sin bombacha, (no de modo incierto sino concreto). Un juego de miradas provocadoras (sí, esta vez como en el film).

Fue inevitable, tu pie se apoyó en mi pubis cuando me deslicé hacia el borde de la silla, para  ofrecerte mi vulva deliberadamente.
Como un gatito amasabas mi carne, la excitación y tus ojos ajustándose, me humedecieron para facilitarte el juego. Mi clítoris comenzó a inflamarse, compitiendo con la dureza de tu dedo gordo del pie. Mis pliegues se desplegaban abriéndose a las caricias de tus deditos más pequeños. Amasabas y amasabas, suave y fuerte. La actitud de tu cuerpo parecía inmune al accionar de tus extremidades más basales, excepto por la protuberancia marcada en tus bermudas, por causa de tu extremidad media latiente que permanecía oculta. Tu espalda recostada plácidamente contra el respaldo de la reposera, tu brazo izquierdo descansando en el posa brazo y el derecho proveyéndote de a sorbos el vino.

Sentí la necesidad de contarte sobre aquella película, para que supieras cuan ansiada, desde antaño, era para mí esta fantasía. No estábamos en México, pero el calor y la sed eran intensos como si el entorno fuera el mismísimo desierto.

Mi cuerpo, en contraposición al tuyo, acusaba recibo de todas tus acciones. Los muslos de pronto se contraían casi involuntariamente y los gemidos se desbordaban de mi boca, aunque intentaba taparlos mordiéndome los dedos. Mi pollera se había subido casi hasta las ingles por el meneo y toda mi vulva estaba brillando por la abundante lubricación. Mi otra mano, bajó para terminar de abrir las puerta de mi vagina, y tu dedo gordo sin dudarlo se metió dentro. Ibas y venías cumpliendo las demandas de mi concha que necesitaba cada vez un poco más de vos. Ya nada me importaba. Las risas de la plaza no dejaban de resonar, y la brisa aunque soplaba constante no alcanzaba para enfriar tanta calentura. Tu muslo se sumó al movimiento, haciendo que tu pie se sacudiera intenso dentro de mí. Movimiento por fuera y mucho más por dentro. Mi orgasmo en camino, mi eyaculación a punto de explotar. Quería otro poco y otro tanto más.  Agarré tu pie por el arco y como su fuera un consolador de carne lo manejé a mi antojo hasta llegar al final.

Exploté, con la mente y con mis glándulas, mojándote a chorros como tanto te gusta. Recuerdo que dijiste: “Veo cómo te chorreas a través de la reposera” y seguiste masturbándome hasta que dejé de mojar. Tu pie bañado de mí, de mi squirt, se sentía delicioso, así que con la misma mano que lo sostenía lo terminé de untar para hacerlo también brillar.

Al pie de la letra, tal vez fue una mentira, porque no fuiste a masturbarte atrás de ningún vehículo. Te levantaste sin decir palabra y dándome la mano como un caballero, me invitaste a la parte de atrás de la cabaña donde estacionamos el coche. Sobre el capó del auto (no el colectivo), me cogiste desde atrás, haciéndome dejar la marca de mis manos, de mi rostro y de mi torso sobre la chapa polvorienta. Orgasmos mutuos y uno más, que extrajiste esta vez con los dedos de tus manos, untándome de paso con tu acabada.
¿Y el pollito? Ah! Estaba delicioso, como todo lo que das a probar.



viernes 25 de noviembre de 2011

G TOY STORY


 El otro día fui con mi mejor y más antigua amiga, a un sex shop por primera vez.
Sabía perfectamente que quería, un vibrador para el punto G y un dilatador anal de bolitas.

Compré un vibrador violeta transparente, de esos con curvita en la punta que además tiene como unos puntitos que le dan rugosidad. El vendedor me ofreció una alternativa que parecía una lengua, por su forma, su color y su textura, pero yo le aclaré mi opinión: plástico es plástico y carne es carne.
Watter resistent, menos mal, porque  imaginate que pienso mojarlo muuucho con mi squirt. Hace algún tiempo había visto en una porno que una flaca, que también es squirt girl, que se sacaba unos chorros mortales con uno de esos. Una acabada tipo fuente explosiva, para arriba, muy llamativa y hasta divertida, y me quedé flashenado que yo también quería poder manejar así la furia de mi lluvia genital.

El aparatito vibra, y se pone más intenso si girás su rosca un poco más.
El tema, fue que el primer día tenía sueño y llegue a casa muy cansada después de cenar en lo de mi amiga,  para colmo al otro día tenía que arrancar temprano.  Pero como sabía que no iba a poder dormir sabiendo que tenía uno de mis 2 chiches tan deseados sin estrenar me metí al baño y sentadita en el bidet,  fui directo a su uso.
Estuvo copado, un chorro loco muy potente para cerrar, bien, muy bien... pero muy básico. 10 minutos, nada de previa, ni auto precalentamiento, nada de tocarme las tetas y los muslos antes como para anhelar el momento de la penetración plástica. Si fuera una peli, eso fue como la pre vieu, el preestreno.

En cambio, hoy me acosté en la camita y con mi gel lubricante efecto caliente empecé a jugar por afuerita, vibraciones bajas, en los labios mayores, el clítoris, el perineo. Seguí así durante un ratito hasta que me dieron ganas de hacerlo entrar. Obviamente la carne estaba inchada, la sangre acudía con latidos galopantes y a la lubricación del gel se le sumaba la mía.
Voy a resumir el primero de esta tanda, sé que querés todos los detalles, pero la fiesta vino al final.

El primer orgasmo, surgió durante una pajota rica, que cuando se puso buena, me sacó de mi pose de acostada, forzándome a ponerme de rodillas. Con al consolador entre la piernas, apoyado contra el colchón, sobre las toallas ubicadas previsoramente debajo, me pajeaba fuerte el clítoris mientras me montaba mi juguetito. Apretando los glúteos y los muslos para subir y bajar, para hundirlo y volverlo a expulsar. Acabé un poquito soltando apenas unos chorritos que se deslizaban desde mi vagina recorriendo el consolador y cayendo finalmente sobre las toallitas que había preparado.
Tenía una sensación rara en las piernas, por mi malestar físico general acumulado durante el día, una mezcla de dolor articular con calentura suprema, sin ganas de parar, pero aturdida y algo más cansada.

Me acosté, dejé pasar 3 minutos y volví a empezar. Esta vez sí, fue un verdadero estreno., Más gel lubricante, más potente la vibración. Mi vagina estaba algo apretada, al meterlo dentro lo sentí pasar, abrirme. Lo giré dentro mío, para sentir la punta arqueada rotando dentro de mi carne. No es muy grueso, o al menos es menos ancho que tu verga, calculo que tiene unos 3 cm de diámetro, pero su punta arqueada es pronunciada y al ponerlo paralelo a mi hueso púbico dentro de la vagina y hacerlo entrar y salir, se siente como un dedo que  rasca el punto G y lo tira hacia sí.
Sólo por jugar, sin apuro, conociendo la fuerza de mis músculos vaginales, sostenía con 2 dedos la punta del aparatito y con la contracción voluntaria de mi concha, lo empujaba hacia afuera y al aflojarme, empujaba con la mano de nuevo para volver a empezar.
En una situación como esa, es fácil pensar en un hombre habilidoso haciéndome la paja o en una linda pija, con piercing como la tuya, cogiéndome desde atrás y fregándome el arito de su frenillo, ahí donde tanto me gusta.

La cosa es que se sentía bien, pero es distinto a la paja manual. Banca un segundo, lo mejor todavía no llega, si estás por terminar tu paja, aguantala un poquito para mí, ¿dale?
El asunto fue que en  un instante, sentí el aviso, como la picazón por llamarla de algún modo, previa de los orgasmos y además de eso, se acumulaba como esas ganas de mear, que no son, y que avisan que además de la contracción viene la eyaculación.

Ahí me acorde de vos, de cómo me mirabas la concha, de cómo la ibas reconociendo con los ojos y después con la verga, la primera vez que nos vimos. Pensaba en ese polvazo triple que me sacaste arrodillada en el sillón, de cómo supiste sin que yo hable, casi mejor que yo misma, el instante justo de sacar tu pija para hacérmela saltar. Esa agua de chorros calientes que tanto te gusta. Recordaba eso y me clavaba adentro y afuera el vibrador, a full. Sentía que me estaba por venir, pero con todo. Pensé, lo juro, si él puede saber el instante justo, yo también... jaja, ¡después de todo es mi cuerpo!¿no?

Ahí, entró y salió un par de veces más y cuando salió la última vez, un chorro feroz y descontrolado saltó de mi concha al sacar el vibrador. Una lluvia explosiva, una cascada contra la gravedad, emanando caliente desde mi entrepierna, que llegó más allá de mis pies. Tan lejos que casi  moja el espejo gigante que tengo allá en la pared frente a la cama. Unas gotas llegaron a centímetros tan solo, salpicando el piso. Un disparo de casi 2 metros de distancia. También me sorprendió su alcance tan ancho, se salpicaron mis muslos, mis rodillas, las pantorrillas y parte de mis pies.
Me empecé a reír, con un supremo estado de satisfacción orgásmica y a su vez, un doloroso calambre en mi pantorrilla derecha que se me puso como piedra. Bañar la cama salpicando toda la cubrecama no era el plan, pero puedo garantizarte, que fue genial.

Ahora sí, termina esa paja hermosa que te estás haciendo mientras te cuento y dame tu leche para terminar.
¿El otro chiche? Ah, ese lo llevo para cuando nos juntemos, que necesito tu mano y tu mente para poderlo estrenar.

lunes 21 de noviembre de 2011

BAUTISMO CON SQUIRT



Te voy a bañar todo pendejo.
No te lo voy a dar en la boca, te voy a sentar en el baño y en lugar de chuparte la verga arrodillada (ya que tanto me gusta el piso como vos bien sabés) te voy a "bautizar" como hacemos los católicos, pero con el agua bendita de mi squirt.
Ja ja ja. Andá averiguando si eso es traición para el judaísmo.

Te voy a chorrear desde la frente, salpicando esos pelos locos y tu coronilla y vas a tener q cerrar los ojos para no enceguecer. Aunque tus cejas intenten protegerte, dudo que alcancen para frenar este manantial.
A diferencia de un niño, sé que no vas a temerle a mis aguas, y que más que mojarte van a encenderte.

Mi eyaculación va a bajar por tu pecho, luego de recorrer tu rostro y gotear por tu barba.
Cuando me canse de mojarte a chorros y pueda parar de acabar voy a chupar desde tus ingles mis propios jugos.
Te voy a comer la verga a fondo y no va a quedar ni una gotita de mi marca en tus huevos cuando los desaparezca en mi boca.

Con tu leche, ¿qué haré?
Pienso, que desde la estética de la imagen, adoro la simetría....
¿Vos cómo lo ves? ¿Vos cómo me ves, bañada en semen desde la frente?

Tal vez quieras descargármela en la boca, sin desperdiciar ni una gota. Un orgasmo limpio, ordenado y asimétrico (según la estética de tu imagen). Pero yo me imagino igual, bañada toda de leche, solo que esta vez será blanca y no translúcida, pero ya la veo, y que bien se ve.

Si sale de tu pija, directa a mi pecho, bien. Pero si pasa por mis labios, será solo un pasamano, un peaje, donde se sumará la fluidez de mi saliva.
Desde adentro de mi boca, te la voy a devolver escupiéndola en tu verga y volviéndola a beber. Ahora sí, todita y sin derroche, excepto por el sabor y la patinocidad en la lengua.

¿Cómo sigue? Voy a subir a besarte, más precisamente, te voy a violar los labios y cuando abras tu boca, te voy a coger con mi lengua enlechada y te va a encantar.

Sucia, Sucia, Sucia.
¿Será porque en tu fantasía no me quisiste bautizar?





viernes 11 de noviembre de 2011

11.11.11 EL MUNDO SE ACABA


Vamos a acabar.
Con los silencios, 
los miedos,
la envidia, 
la represión, 
los recortes y, 
las inseguridades.

Terminemos.
Con las culpas,
las comparaciones,
las cuentas,
las deudas, 
los protocolos y, 
las inhibiciones.


Vamos a acabar, en un orgasmo universal.

Quiero explotar, sin reservas, sin mañana, entre tus brazos, bajo tu cuerpo, o mejor sobre él.
Quiero congelar, ese instante en que tus ojos se encienden, tu boca se entreabre y tu lengua se desborda cuando me venís a besar.
Quiero quemarme, con la estela ígnea de tu cometa, y ahogarlo en lo hondo de mi fosa de mar.

Quiero terminar, en una exhalación profunda, en un grito mudo, o mejor en uno ensordecedor.
Quiero llegar, una, dos, cinco y mil veces a derramarme hecha agua, en medio de temblores y frotaciones descontroladas.
Quiero sentir la sed en la garganta después que hayas saciado el hambre de mis entrañas, de mi corazón y de mis vísceras.

Quiero dormirme con o sin mañana, con la tibieza de tu pecho, con el roce frío de tus pies.
Quiero inundarme, en el tsunami de aromas de tu piel canela, áspero y dulce, cuando hunda mi nariz entre tus omóplatos.
Quiero deshilacharme, con tus caricias, para que con cada mimo te lleves una hebra de mí ser.

El mundo se acaba, vamos a acabar.